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Contexto global - DESDE LA ALTURA DE LA EDAD / ANTONIO COLINAS CUMPLE 70 AÑOS
José Enrique Martínez
31/01/2016

La emoción artística de Antonio Colinas

José Enrique Martínez ha preparado para Cátedra la edición de tres de los libros fundamentales de la poesía de Antonio Colinas bajo el título de 'En la luz respirada'

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Personalmente no concibo la poesía sin emoción, y entiendo que la emoción debe tener carácter transitivo, fluyendo desde el poema hacia el lector. No se trata de que el poema exhiba impúdicamente los sentimientos del poeta o del yo, como apreciamos en los poemas más fogosos de Espronceda; hablo de una emoción pacífica como la que impregna las Rimas de Bécquer, que huía de escribir en los momentos de apasionamiento en favor del momento posterior, cuando apaciguado el ánimo, se recuerda la fuerte emoción sentida.

 

Machado lo expresó en verso: "Tarde tranquila, casi / con placidez de alma, para ser joven, para haberlo sido / cuando Dios quiso, para / tener algunas alegrías... lejos, / y poder dulcemente recordarlas". Pacificado el impulso emotivo, el poeta da cauce al recuerdo y con él al sentimiento al que va asociado. Quizá nadie como Antonio Colinas haya sido capaz de identificar con tanta impresión  de verdad emoción y poesía. Los lectores de Colinas sabemos bien que su palabra tensa e intensa hace vibrar vivamente las cuerdas del sentimiento, sin renunciar a la expresión poética de una idea. Así que la poesía de Colinas es, en cierto modo, la expresión de una idea emocionada y emocionante. Pero la emoción puede ser íntima, y ante ella nos sentimos tocados por la gracia de la palabra poética, o puede manifestarse explícitamente. Y a estos dos modos de expresión emotiva quiero referirme, tomando como ejes respectivos dos poemas en los que Colinas poetiza su experiencia del museo como espacio en el que la imagen y la palabra conviven armoniosamente, en un diálogo artístico al que dieron voz en libros enteros poetas como Manuel Machado y Alberti, por poner aquí dos ejemplos señeros.

 

A Colinas le merecen especial atención los pintores y cuadros que representan las virtudes que él valora en la poesía en general y en la suya en particular: un mensaje de equilibrio y armonía, capacidad para revelar lo oculto de las cosas y trascender la realidad, los espacios fundacionales y simbólicos, la concepción órfico-pitagórica del mundo, presencia de la naturaleza, la lección de las ruinas, etc. Por esas y otras cualidades escribió poemas o prosas, o ambas cosas, sobre Botticelli, Tiziano, Poussin y Ramón Gaya. Para el caso que nos ocupa, el poeta, esencialmente contemplativo y degustador del arte, muestra en los dos poemas anunciados la emoción del museo; y si en el primero, el titulado ‘En el museo’, de Los silencios de fuego (1992), es la emoción de un sujeto en primera persona, trasunto del propio poeta, en el segundo, ‘Clara en los Uffizi’, de El laberinto invisible (2011), incluido después en Canciones para una música silente (2014), es la emoción de otro visitante lo que poetiza, la emoción ante el cuadro de una mujer, participando el poeta de esa emoción, emocionándose con la emoción ostensible de otro ser. 

 

 

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‘En el museo’ poetiza Colinas la fusión entre arte y vida, la identificación entre el contemplador y el cuadro contemplado: “Quisiera penetrar en ese cuadro, / ser en su leve espacio forma leve, / aroma de su atmósfera madura”. Como escribe el poeta, “en esta idea de fusión con la obra que contemplamos radica uno de los más hermosos dones –si no el que más- que el Arte nos proporciona: el de hacernos compartir su duración, su permanencia; la cual, por supuesto, es mucho más prolongada que la del artista, el ser que la creó”. El poema se organiza sobre varias dualidades opuestas: ‘dentro’ y  ‘fuera’, que ponen en contraste el deseo de fusión y u imposibilidad; ‘existir’ y ‘no existir’ oponen realidad (el contemplador, nosotros) y ficción (cuadro); por fin, la dualidad ‘tiempo’ y ‘duración’ oponen la realidad humana temporal a la realidad artística imperecedera o, al menos, durable. La fusión, es decir, la eliminación de las dualidades opuestas, supondría vencer humanamente el tiempo, cualidad que tradicionalmente se le ha asignado al arte; lo resume el epifonema “¡Fundirse en arte para no morir!”, deseo supremo de duración, de eternidad. 

Cuando la contemplación recreada en el poema cesa, las dualidades vuelven.

La vida no es, al fin, arte. La ficción y realidad se fusionan sólo en el deseo.

Elegía al fin, como suele ser la poesía ecfrástica o versión verbal de los objetos artísticos, expresión de la imposibilidad de apresar el cuadro, la realidad, como imposibilidad era la deseada fusión poetizada por Colinas. 

 

El otro poema, ‘Clara en los Uffizi’ comienza: "Ibas despreocupada paseando / por las salas del museo de los Uffizi..."; pero esa actitud de ‘flâneur’ se ve de pronto sorprendida por ‘La Primavera’, el célebre cuadro de Botticelli. La mudez y las lágrimas de la contempladora exteriorizan la emoción ante la belleza y la verdad del lienzo.

 

Este poema expresa también la experiencia del museo. La diferencia reside en el hecho de que en el primero, ‘En el museo’, el yo enunciativo es un sujeto al cual trasvasa el poeta -nada nos impide pensarlo- ideas, deseos y sentimientos propios. En cambio, en el segundo poema, más que el yo enunciador, nos interesa el destinatario intrínseco. El nombre propio de la protagonista no es algo neutro ni banal. De hecho, forma parte del título, verdadera puerta de entrada a la lectura del poema; pero en este caso concreto, el nombre propio del título, Clara, coincide con el de la hija del poeta, sobre la que versa el poema de modo indudable. Pero hay otro nombre propio de lugar: los Uffizi, un espacio concreto en un lugar concreto, Florencia, nombre de ciudad que también se concreta en el poema y a la que en su día dedicó Colinas un ensayo admirable; una de las salas de los Uffizi se dedica a Botticelli, cuyo cuadro más considerado es la ‘Alegoría de la primavera’. Los efectos emotivos de la contemplación de dicho cuadro son el verdadero tema del poema. De ahí que el poema no lleve el titulo del cuadro, como sucede en muchos poemas sobre pintura, sino el de quien lo contempla, aunque detrás de sus emociones, las de Clara, imaginemos las del yo, las del poeta, si damos al poema el contenido biográfico sobre el que se asienta. Colinas no sólo poetiza la emoción ante el arte, sino que hace del cuadro el símbolo de algo que él entiende con supremo valor o ‘ideal sublime’ del verdadero arte, sea pintura, música o poesía: la Verdad y la Belleza. Lo que importa, para concluir, es que aquel contraste de ‘En el museo’ entre vida mortal y duración se resuelve en ‘Clara en los Uffizi’ en unidad: la Verdad y la Belleza del arte en acorde con las lágrimas humanas de la contempladora. La contemplación gozosa, por otro lado, logra asimismo la armonía -palabra de tantas resonancias colinianas- entre el conocimiento (verdad) y el deleite (belleza), ideal artístico buscado con ahínco desde la Antigüedad clásica hasta el presente.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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