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Contexto global - DESDE LA ALTURA DE LA EDAD / ANTONIO COLINAS CUMPLE 70 AÑOS
Andrés Martínez Oria
7/02/2016

Colinas, desde la edad

El escritor astorgano Andrés Martínez Oria recorre la obra del poeta bañezano, evidenciando que en su evolución poética se dirige hacia una simplificación y mayor armonía en resonancia con las místicas orientales y occidentales.

 

 

                                              Me creí en el deber de escribir sobre ti

                                              sin saber que es el tiempo quien escribe

                                                A. Colinas, 'Carta a Boris  Pasternak'

 

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En el destino de una vida tiene mucho que ver sin duda la vocación y no poco el azar, que en la elección de Antonio Colinas vino quizá determinado por aquellos Poemas de la tierra y la sangre premiados en León por un jurado presidido por Antonio Pereira. Era 1968, Colinas tenía veintidós años, y el importe del premio le dio para un par de meses en el París de Baudelaire, Rimbaud, Lautréamont y Sain-John Perse, origen de Truenos y flautas en un templo, título tan magnífico como el verso que lo sugirió. Muchos años después, evocaría aquellas vivencias en 'De repente, aquel 68', de Tiempo y abismo. Pero Vicente Aleixandre ya le había abierto las puertas de su reino de Velintonia y había escrito para entonces Preludios a una noche total, un libro juvenil y maduro a la vez; sugerente y misterioso canto a un amor quizá más soñado que vivido, en una atmósfera de vago romanticismo sostenido en sensaciones más que en sentimientos. Ese hilo amoroso que lo vertebra se evoca y desvela parcialmente en 'Veinte años después' de Jardín de Orfeo. ¿Qué había de verdad y qué de ensoñación poética en ese amor adolescente capaz de pervivir a lo largo de los años y los libros, aunque solo sea en el recuerdo? Esperamos las Memorias que iluminen pasajes ocultos de la biografía latente en el arte.

 

La sentimentalidad de Preludios daba paso a un culturalismo incipiente en Truenos y flautas, deslumbrante en Sepulcro en Tarquinia, fruto de la estancia en Italia y de la vivencia de la tierra natal. Se va configurando así un horizonte poético, donde lo vivido y lo imaginado van a la par. Y tras Italia, Ibiza; el signo de Orfeo, cuya clave es la exaltación y a la vez la armonía. Astrolabio venía presidido por un lema significativo de Pessoa, “Yo no tengo filosofía, tengo sentidos”. A los motivos que siguen fluyendo de Italia y también del noroeste, viene a añadirse ahora otro mundo esencial, la isla, que aporta emoción, intensidad y pureza, hasta la cumbre de Noche más allá de la noche. Guardo para mí de esa etapa poemas como 'Tras la lectura de unos versos' o 'Motivo para una Vita Nuova'. Es la fusión de sentido y pensamiento, por un lado, y armonía y exaltación por otro, con todo el mundo poético personal y sus símbolos, en una poesía que representa el anhelo de ir más allá de lo visible en un itinerario cuasi místico a través de sus propios hitos vitales y creativos, para penetrar en los secretos últimos del mundo y la existencia del hombre.

 

 

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La culminación es la 'poética de la mansedumbre' que fructifica en Los silencios del fuego, de 1992, y los libros posteriores. El verso se desnuda de lo más superficial del culturalismo, no así de profundas vivencias 'culturalistas', se decanta la expresión, se abandona el hermetismo en busca de una claridad no siempre más fácil y se adentra en esos territorios solitarios de la experiencia poético-mística simbolizada en el desprendimiento, la luz y la ascensión, que cuaja en la prosa de Tres tratados de armonía; “entre los libros míos que prefiero”, según confiesa el poeta, para quien la vida se ha ido haciendo escritura y la escritura vida, de tal manera que una de sus aspiraciones es “la por mí siempre tan perseguida fusión entre escritura y vida”. Es decir, escritura no como adorno, sino como testimonio de lo vivido. La escritura como destilación de la vida. He vivido, y esto permanece de mi experiencia vital. Y hay todavía alguna confesión significativa; en esos textos se contiene una visión del mundo nacida de la piedad y la aceptación. Pura vivencia mística, por tanto, en un fluir que es la aspiración de toda obra importante: afán de superación, de perfección y aspiración al sitio donde vuela el pájaro solitario. El destino gozoso y doloroso a la vez de la escritura auténtica se manifiesta a fin, sin diferencia de géneros, tanto en prosa como en verso. “La mayoría de los textos de esta obra nacieron en un profundo valle, entre los pinos de una isla del Mediterráneo, Ibiza. A lo largo de treinta años fueron surgiendo con lentitud, pero con seguridad”, dice en el preliminar de los Tratados. El Mediterráneo de Italia e Ibiza se completa con el noroeste natal y se extiende a América y Oriente. Porque ha vuelto de aquel valle de pinos mediterráneos a estas encinas de sus antepasados, y entonces puede escribir, “Estos dos valles no son, en el fondo, sino un mismo valle: el de la vida. En él es donde se da ese viaje decisivo –ineludible para el que desee vivir en la consciencia– a nosotros mismos: el viaje interior”.

 

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Colinas alcanza así, como en aquellos versos que dedicó a V. Aleixandre, la “plena serenidad del que lo sabe todo/ y deja su mirada posada en el paisaje”.

 

 

 

 

 

 

 

 

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