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Tomás Valle Villalibre
7/02/2016

La Estación del Oeste

A escasos mil metros de la Plaza Mayor, lucen palideciendo bajo un anochecer frío de viento y lluvia las bombillas, que sitúan un barrio olvidado, que huele a pobreza y por el que transitan indecisas las ratas. Es la antigua Estación del Oeste.  A medida que nos adentramos en él, una vez pasado el silo, la única calle con salida corre paralela a las antiguas vías del tren, es de tierra y está siempre intransitable, convirtiéndose en barrizal los días de lluvia y nieve.

 

De las entrañas de las viviendas surgen los fuegos de las chimeneas de leña. Javier y Lucinda nos invitan a pasar. La temperatura es bastante acogedora dentro del cuarto que hace las veces de cocina comedor, también de dormitorio y donde dos perros más bien pequeños dormitan plácidamente indiferentes a cualquier tipo de visita. En la habitación de al lado, la única de que dispone la casa, se distinguen dos bultos sobre una pequeña cama: son dos de sus cuatro hijos, los más pequeños. Los otros dos, un niño y una niña que no alcanzan los nueve años, nos observaban desde un sofá destartalado, mientras su madre nos pone un café de puchero que se había hecho entre las brasas de la chimenea. Hay un hecho que inquieta a Luis y es la marginación del colectivo que vive en la barriada. Las condiciones de salubridad son nefastas. Carecen de alcantarillado, aceras, farolas, las casas son pequeñas, húmedas y con goteras. Viven en un ambiente insano que con mucha frecuencia deriva en enfermedades infecciosas, ya sean de piel o respiratorias. Este verano cuando regresaron de las ferias en Galicia, las ratas se habían comido los pocos muebles que tenían y la ropa de las camas (lo vi personalmente). Sus hijos están escolarizados y asisten limpios a clase, aunque en ocasiones se les reprende por llevar el calzado con barro, ignorando que en el lugar donde viven nunca se ha echado una capa de asfalto.

 

El problema viene de lejos. Desde el Ayuntamiento hace mucho que no se hacen políticas de erradicación de este tipo de guetos y las políticas familiares que se han llevado a cabo desde el Gobierno Central o Autonómico no han sabido atajar este problema que con la crisis se ha visto agravado. Es urgente que  se tomen medidas serias en este sentido, apoyadas también desde la Asociación de Vecinos ya que el barrio no acaba donde termina el asfalto, que acaben con unas circunstancias que están entorpeciendo la inclusión social de estas familias y de manera especial el desarrollo cognitivo de la veintena larga de menores que viven en él. La demagogia y la falta de sensibilidad admiten esta situación  sin tener conocimiento de causa, llegando incluso a ser  justificada por parte de algunos ciudadanos. No hace mucho se me reprochó que reivindicara en otro artículo una solución para estas familias, diciéndome que eran como animales que no se adaptaban y solo sabían vivir entre la mierda. No creo que sea un argumento válido y me niego a admitirlo.

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