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Texto: Fernando Crespo / Ilustración: César Núñez
15/02/2016

Curso de cocina

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Este invierno, huyendo de la desidia, me he apuntado a un curso de 'Cocina Tradicional Revisada'. Así que durante dos horas diarias, tres días a la semana, me enfundo en un delantal negro. Me gustaría resaltar cómo una prenda, tan sencilla como un mandil, puede quedar tan bien a algunas personas mientras que a otras nos da un aspecto casi ridículo.


La mayoría de los asistentes al curso somos hombres, y las poquitas mujeres que asisten (más jóvenes que yo todas ellas) tienen en común, conmigo, su escasa o nula experiencia en las lides de la cocina.


El profesor, un cocinero de más que mediana edad, se llama Ramón, Ramón Gutiérrez. Guti para los amigos, Don Ramón para su alumnado. Es un tipo afable que durante el primer día de curso nos hizo llorar sin piedad. Nos tuvo las dos horas pelando y picando cebollas. Aquel día sentenció que el cocinero (o la cocinera) que no supiese llorar nunca encontraría el punto de sal en sus guisos. Y es que Don Ramón tenía curiosas teorías para lo que él llamaba “el correcto desarrollo de una buena cocina”.


Durante la primera semana no llegamos a cocinar nada, no hicimos otra cosa que pelar y cortar: patatas, berenjenas, zanahorias, nabos, calabazas, ajos, puerros y un largo etc.. Tanto corte nos llenó los dedos de las manos de tiritas y otros apósitos menos ortodoxos


La segunda semana la iniciamos ansiosos de poner en práctica nuestra dilatada experiencia en el corta y pela. Recibimos a Don Ramón con nuestros mecheros encendidos, nerviosos por incendiar los fogones, por sumergirnos en la alquimia de la buena cocina de Don Ramón. Pero él tenía otros planes para nosotros, así que nuestra llama se extinguió entre ensaladas, ensaladillas y platos fríos. En total fueron otras seis horas sin fuego. El cocinero volvió a sentenciar:  - Encender un fuego es cosa de simples, mantenerlo es cuestión de templanza, saber cuándo apagarlo … eso es talento.


Así que empezamos la tercera semana con poco entusiasmo, no confiábamos en que los mecheros saliesen de nuestros bolsillos. Así fue, durante los próximos tres días nos enfrentaríamos a las masas, la masa sin fronteras. Frente a mí tenía distintas harinas que me miraban aburridas. Decepcionado, comencé a mezclar harina de maíz con agua y sal. No contaba con la astucia del profesor, quien consiguió convertir aquella tarde en una de las más divertidas y sucias del curso. Acabamos todos polvorientos y enmasados sin que nadie se sintiese molesto por ello. Parecíamos niños en el jardín de infancia experimentando con texturas y sabores. Mientras nos dedicábamos a limpiar nuestro desenfadado desaguisado observé que todas las chicas, menos una, tenían marcadas la huella de una mano pequeña en zonas muy concretas de su cuerpo, en la parte alta de su delantal y en la parte trasera de su pantalón (falda o vestido). No pude evitar investigar el caso y buscar al culpable de tan artera acción. Tras comprobar que los hombres gastábamos grandes manos no me resultó difícil deducir que la única responsable era la mujer que no ostentaba huella alguna sobre su cuerpo. No dije nada, me lo guardé para mí, sería nuestro secreto. El resto de la semana lo pasamos amasando mansa y alegremente. Don Ramón sentenció sobre la importancia de no crear masas aburridas, pesadas de digerir, e imprimir una energía positiva y alegre que les diese la firmeza y ligereza necesarias.
Por fin encendimos nuestros fuegos durante la cuarta semana. Nos dedicamos en cuerpo y alma al vasto mundo de las sopas, caldos, purés y consomés. Se puede hacer un caldo con cualquier cosa, diría que hasta con un zapato sin cordones. Otra cosa es el resultado. Sabor, olor y textura son lo esencial. Una simple sopa puede ser una fuente de placer para casi todos los sentidos, ésta fue la enseñanza semanal de nuestro maestro.


La quinta semana está resultando la del aturdimiento. Don Ramón se nos ha vuelto vegano, eso ha dicho él, así, de repente, sin avisar. Lo primero que ha hecho ha sido advertirnos que, durante las semanas que quedan para finalizar el curso, sólo prepararemos comida vegana.


Yo no sabía qué era eso, nunca había oído hablar de ello.


No sé qué hacer, yo únicamente quería aprender a cocinar, y no sólo por comer sano y barato sino también por tener ocasión de quedar bien con alguna amiga que se dejase invitar a cenar. Es cierto que con lo ejercitado hasta ahora no moriré de hambre, pero lamento no haber aprendido a guisar unos callos, a estofar una lengua, a asar un cordero o un cochinillo. Tendré que sobrevivir a base de sopas, entremeses, salpicones, ensaladas, ensaladillas y empanadillas (menú muchísimo más variado que el que venía ingiriendo estos últimos años).


Podría seguir en el curso, pero ¿si aprendo cocina vegana me convertiré en vegano? Siempre he sido muy heterosexual y ciertos cambios me inquietan. Aunque pensándolo bien, creo recordar que había un lema publicitario de una bebida alcohólica que decía algo así como que uno puede arrepentirse de lo que no ha hecho, pero nunca de lo que sí ha hecho.


Así que voy a seguir cocinando, total, por probar no creo que pase nada. ¿O sí?

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