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Redacción
8/03/2016

La corrupción y el paro, en la primera carta pastoral del obispo

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La corrupción, las crisis ecológica y económica, el paro y la despoblación de las áreas rurales transitan por la primera carta pastoral del obispo de Astorga, Juan Antonio Menéndez, titulada 'Nos basta su misericordia'. En este escrito dirigido a los diocesanos, el prelado reflexiona en el año Jubilar de la Misericordia sobre la necesidad de recordar las debilidades y el pecado, sobre las manifestaciones del poder de Dios a través del perdón y la misericordia, así como sobre las obras de misericordia que los fieles pueden practicar y la Virgen como Madre de misericordia.

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Texto íntegro de la presentación de la Carta Pastoral por parte del obispo

 

“Nos basta su misericordia” es mi primera carta pastoral a la diócesis de Astorga. En el momento de escribirla, quería dejar constancia de mi agradecimiento por la acogida que sacerdotes, religiosos y laicos me han dispensado: he vivido el comienzo de mi ministerio episcopal como una experiencia de fraternidad eclesial.


El tema de la carta ha venido determinado por la celebración del AÑO Jubilar de la Misericordia convocado por el Papa Francisco. De esta forma he querido destacar que mi magisterio episcopal, como no puede ser de otra manera, está en el sentir con el Santo Padre y con toda la Iglesia universal. Mi misión de obispo es servir a la comunión de la Iglesia.


En el título de la carta, “Nos basta su misericordia”, resuena los ecos del Año Teresiano recién clausurado. Santa Teresa decía: Sólo Dios basta. Recientemente el Papa ha escrito el libro “el nombre de Dios es misericordia”. El Dios que nos basta es el Dios Misericordia, el Dios Amor. También resuena en este título la frase de san Pablo: “te basta mi gracia” (2Co 12,9). Por eso el título de la carta quiere fijar la atención en Dios, en su infinita ternura, en la inmerecida misericordia que tiene con nosotros. Y hacerlo en primera persona como comunidad: nos basta, a nosotros. Sería mi deseo que el título moviese a los lectores de la carta a sentirse unidos a mí para juntos, como diócesis, poder exclamar: “Nos basta su misericordia”.


La carta se articula en cuatro capítulos. He querido dedicar el primer capítulo a nuestra debilidad, a nuestro barro. Sin este primer acercamiento no se puede entender en su justa medida la acción misericordiosa de Dios que todo lo restaura y sana. Son muchas nuestras fragilidades. Por la fe sabemos que tienen su origen en el pecado, en el alejamiento de Dios. El pecado es siempre personal, acto libre del hombre. Pero el pecado personal tiene consecuencias sociales, crea situaciones desordenadas. Así lo hemos dicho los obispos españoles en el documento La Iglesia servidora de los pobres. Hay una crisis de Dios y de fe. Pero esa crisis afecta a la concepción del hombre que olvidado de la trascendencia se ve abocado a una oferta consumista que lo aísla en sí mismo. Afecta a la ética que, olvidando la búsqueda del bien moral en aras a libertad absoluta, cae en el relativismo, en el “todo vale”, en el “depende”. Afecta a la familia con el debilitamiento de la institución del matrimonio, con la ambigüedad en la relación de autoridad entre padres e hijos, con las dificultades en la transmisión de valores. Afecta a la sociedad con la lacra de la corrupción, ese mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse luego en escándalos públicos. Afecta incluso al planeta, pidiendo de nosotros una conversión ecológica.


La crisis tiene dos manifestaciones bien concretas entre nosotros: el desempleo y el despoblamiento. La precariedad e inestabilidad laboral es una realidad cada vez más frecuente. El declive del sector minero, la caída de la actividad agraria y el cierre de empresas privan del derecho al trabajo. El paro es generador de pobreza, inestabilidad social y enormes desigualdades y provoca frustración. Junto con ello, vemos También el despoblamiento de muchas de nuestras comunidades y el envejecimiento de la población.


En el fondo de toda situación de pecado hallamos siempre personas pecadoras. Por eso, todas nuestras debilidades son una llamada a reconocer el propio pecado personal y social, es más, reconocernos pecadores.
Es de este mundo con debilidades y fragilidades del cual Dios tiene misericordia. Por eso he dedicado el segundo capítulo de la carta pastoral a reflexionar sobre su acción misericordiosa. Dios, en las páginas de la Biblia, se ros revela como misericordioso, entrañable. En la plenitud de los tiempos envió a su Hijo Jesús. “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”, dice el Papa Francisco. Jesús es comprensivo, solidario, se le conmueven las entrañas ante las necesidades y desgracias humanas. Él anuncia y concede el perdón de Dios a los hombres. Ese perdón de Dios nos cura las heridas y restaura nuestro ser, fortaleciendo la voluntad y reorientando la existencia por el camino recto, haciéndonos capaces de ser misericordiosos como el Padre.

La Iglesia vive de esa misericordia divina. En ella están los sacramentos como auténticos tesoros que nos ayudan y fortalecen: el bautismo que hizo hijos de Dios, el Sacramento de la Penitencia por el que, siempre pecadores, podemos reconciliarnos con Dios y la Eucaristía como alimento de fuerza para los débiles. Y en ella recibimos la indulgencia, concedida por el Papa en la Bula del Jubileo, como misericordia que restaña las consecuencias que el pecado deja en nosotros.


Toda la Iglesia, que recibe la misericordia de Dios, está llamada a hacerse portadora de esa gracia que recibe. En el tercer capítulo de la carta pastoral he querido escribir sobre ello. Estamos llamados a salir de nosotros mismos en una doble dirección. Por una parte, salir al encuentro de la indulgencia divina. A este fin, hemos abierto la “puerta de la misericordia” en cuatro templos jubilares, uno en cada zona pastoral: en la Catedral y además en la Basílica de Nuestra Señora de la Encina en la zona pastoral del Bierzo, en el Santuario de la Virgen de la Carballeda en la zona pastoral de Zamora y en el Santuario de las Ermitas en la zona pastoral de Galicia.


Y, por otra parte, salir al encuentro del hermano necesitado. Siguiendo la propuesta del Papa Francisco, meditar las obras de misericordia que nos ha dejado la tradición de la Iglesia, resumidas en siete corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir a los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos; y siete espirituales que afectan más directamente a nuestra condición de pecadores: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia a las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y los difuntos. Junto a estas obras tradicionales, he querido proponer algunas para el momento presente: ayudar a descubrir la fe en Dios a quien no la tiene o la ha perdido, ayudar a mantener la unidad y la fidelidad en la familia, mostrar a los jóvenes el verdadero camino del bien moral que conduce a la felicidad auténtica, procurar empleo a quien no lo tiene, respetar y proteger la vida humana en todos los tramos de su existencia y colaborar por la consecución de una sociedad más unida, más justa y más fraterna.


Al tomar conciencia de nuestra debilidad personal y comunitariamente y hacer resonar el anuncio gozoso de que Dios ha tenido misericordia de nosotros, esperamos como fruto de la celebración del Jubileo una mayor conversión de nuestra diócesis para ser la Iglesia que el mundo actual necesita.


No quise concluir la Carta Pastoral sin dedicar una mirada a la Virgen María. A ella se dedica el cuarto capítulo. Los cristianos la hemos llamado siempre “Reina y Madre de Misericordia”. En las páginas del Evangelio la encontramos llena de gracia, preocupada por las necesidades de los demás en acciones concretas, llena de perdón. Muchos cristianos han experimentado rezando a María en sus santuarios la ternura de Dios. Los cuatro templo jubilares de la diócesis están dedicados a María en sus advocaciones de la Majestad, la Encina, las Ermitas y la Carballeda. Esas casas de María han sido y son hogares de misericordia.


Expreso finalmente mi deseo de que la Carta Pastoral sea una ayuda para la celebración de este Año Jubilar de la Misericordia.

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