Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 26/06/2017
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Tomás Valle Villalibre
6/04/2016

Crisis

La expresión “nunca hubiera imaginado que esto podía pasarme a mí”, se viene diciendo desde hace tiempo por una buena parte de la población que bracea nerviosa con el agua al cuello mientras la marea sigue avanzando.

 

Manuel hace dos años que ingresó en el nuevo "club de los pobres". Asfixiado por las deudas y sin apenas alternativas para el recambio profesional, su historia es una más de las miles de historias desgraciadas a las que el paro crónico les abre un panorama de conflictos familiares y donde los gobernantes de turno no son capaces  de poner remedio, excusándose en estudios macroeconómicos  que se alejan sobradamente de la realidad. Trabajó en una fábrica de muebles donde ganaba 1.600 euros que sumados a los 750 que sacaba su mujer trabajando en un supermercado, les animaron a embarcarse en un crédito para la adquisición de una vivienda. Tiene 43 años y es padre de dos niñas de cuatro y seis.

 

La crisis los dejó sin trabajo y hoy sale con los ojos enrojecidos de las oficinas municipales de Asuntos Sociales, desde donde pretenden parar la orden de desahucio que él anteriormente intentó con el banco, donde el director le había indicado que sus problemas personales no le interesaban. Todas las mañanas tiene que hacer un gran esfuerzo entre la exasperación y la vergüenza, para no derrumbarse ante su mujer y sus dos hijas, a las  que adora y por las que lucha pidiendo ayuda sin ningún tipo de complejos y olvidando su orgullo. No se siente religioso, pero profesa un fervor incondicional a los voluntarios de Cáritas en su diócesis, de los que enfatiza diciendo que  le han salvado la vida a él y a su familia dándoles  comida cuando apenas tenían  una barra de pan para comer los cuatro y porque los han tratado con mucha dignidad, algo que han echado en falta en otras instituciones.

 

Hasta que la crisis acabó con sus sueños, se ganaba  muy bien la vida e incluso miraba a la gente que duerme en los bancos de la calle o en los portales como si fueran marcianos, ahora los comprende perfectamente porque la distancia que les separa cada vez es más corta y ya han compartido en varias ocasiones los comedores sociales.

 

Desde el Gobierno de la Nación nos envían mensajes inciertos en los que aseguran la superación de la crisis, pero si nos sumergimos con seriedad en el problema, intentamos tomarle la temperatura a la angustia de familias como la de Manuel, palpar la densidad de la devastación que sigue provocando la falta de empleo o ponerle cara  a la estadística, nos exponemos a escuchar testimonios sobrecogedores, por mucho que se pretenda huir de los casos más espeluznantes.

 

En su versión más cruel, la crisis no ha tocado fondo ante  las colas para recoger los alimentos que reparte Cáritas, tampoco en las oficinas municipales de servicios sociales, en los comedores sociales y en los albergues. Lo mismo ocurre en las asambleas de parados y en las reuniones de afectados por los embargos. Lo que se encuentra en esos circuitos son, sobre todo, gentes que no hacen pie. Algunos aceptan contarlo; otros muchos se niegan, porque el infortunio se oculta y camufla frecuentemente, y el orgullo y la vergüenza impiden, a menudo, pedir auxilio. Algunos informes que analizan la situación con seriedad  advierten que la crisis no se ha acabado, que un porcentaje muy alto de  hogares están amenazados en mayor o menor grado por ella y del riesgo  que el hambre se instale en hogares de familias con hijos menores.

 

Desde Cáritas han levantado la voz en varias ocasiones y pienso que con mucha razón, acusando a la Administración Pública de “cederles” responsabilidades en este asunto tan importante, declarándose desbordados e incapaces de sustituir una labor que pertenece al Estado. Si desde el Gobierno de la Nación y el resto de la sociedad se pretende ayudar de verdad a la gente que como Manuel lo están pasando muy mal por culpa de esta crisis, se debe optar por una solidaridad que vaya más allá de la beneficencia y de los comedores sociales, y preguntarnos sobre el desastre burocrático de la ayudas, la falta de coordinación entre Administraciones y la bajísima dotación de recursos, lo que significaría una reorganización eficaz de los sistemas de protección social que hagan efectiva la ayuda a quien, como Manuel, de verdad la necesita.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress