Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/11/2017
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Sol Gómez Arteaga
11/05/2016

Escribir (I)

 “Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma”. 

Francois Truffaut

 

Lo mismo que cada persona es un mundo cada escritor también lo es y tiene una particular forma de enfrentarse al folio en blanco. En mi caso partiendo de una idea escribo a mano un borrador, y cual alfarero o ebanista voy puliendo, moldeando, desbastando, hasta acercarme, o intentarlo, al resultado preconcebido. Escribir es reescribir, corregir, se trata de un proceso artesanal que se va haciendo día a día, de la misma forma que ocurre con cualquier disciplina o trabajo. Escribir, como pequeño parto que es, a veces duele un poco, pues algunas historias que nos importan se resisten a ser contadas y a veces ciertos personajes díscolos, renuentes, esquinados, se rebelan a ser mostrados, pero si finalmente el texto llega a buen puerto y se produce el alumbramiento, uno se olvida de ese pequeño sufrimiento que toda creación lleva inherente. En este proceso de pulir y pulir cabe preguntarse cuando damos el texto por acabado. Yo creo que cuando no da más de sí, cuando no admite más cambios. Aunque también puede pasar que una versión inicial dé sensación de mayor frescura que versiones finales o más elaboradas. Afortunadamente esto ocurre raras veces y, en general, el texto gana cuando se trabaja.

 

Escribir es un acto de comunicación que va de un yo a un tú, aunque el que cuenta, salvo que se trate de un escritor autobiográfico, no es el yo persona, sino una presencia, un sujeto de ficción vivo que habla y se muestra desde una determinada posición: el protagonista de “El Principito” lo hace desde la búsqueda inocente, el de “El extranjero” de Camus desde el nihilismo y la ausencia de valores, el Quijote desde la burla triste, “La mujer rota” de Simone de Beauvoir desde el despecho o desagravio. En ese acto de comunicación importa tanto lo que se cuenta como lo que no se cuenta, lo que se dice como lo que se sugiere u omite, siendo importante dejar un espacio en la escritura para que el lector interprete, imagine, recree, participe activamente y, en definitiva, haga suya la historia que se pone ante sus ojos. En este sentido hay tantos libros como lectores hay. 

 

Escribir es encantar. Para ello es necesario que aquello que nos cuente el escritor, sea lo que sea, le toque, le traspase, le atrape, le invada, le impregne, le posea, le obsesione, pues si eso no ocurre difícilmente va a conseguir dicho efecto en los lectores. Heiner Müller decía al respecto: “Cuando careces de locura, de obsesión, solo puedes escribir cháchara. Eso es mortalmente aburrido. Por eso la obsesión (…) la necesitas”. El escritor está casi siempre en proceso de búsqueda, en alerta continua, capturando aquellos elementos de la realidad -una nube que se le antoja un carro de combate, una colegiala con minifalda escocesa que espera en el semáforo, la mujer que apoyada en la barra del metro acude a una cita a ciegas- que hacen contacto con la historia que en ese momento tiene en mente. En ese sentido conviene llevar una libreta en el bolso para tomar nota de aquellos hallazgos, ideas, imágenes, frases, que parece que casualmente, pero no, nos salen al paso y que si no registras en el momento es posible que se pierdan en las brumas vaporosas del olvido para siempre.  

 

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