Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 25/06/2017
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Bruno Marcos
17/05/2016

Humor y crueldad

En muchas ocasiones las cosas se disfrazan de lo contrario de lo que son para hacerse presentes con la misma, o mayor, contundencia. Así el humor o, incluso, la libertad de expresión se ejercen numerosas veces para hacer lo contrario a lo que deberían, es decir para entristecer o para acallar a los demás.

 

Dos casos he conocido al respecto estos últimos días. Un humorista nacional ha tenido que pedir disculpas, ante las miles de quejas, por la escena de uno de sus programas en la que un médico y un paciente regatean sobre el tanto por ciento de sinceridad que quiere el enfermo ante la incurabilidad de su dolencia que le llevará a la muerte en mes y medio. El sketch no era cómico, al menos a mí no me hizo reír, ni siquiera fue ingenioso, ni criticaba ninguna cosa mala de nuestra sociedad, más bien ponía a uno triste al mostrar esa fragilidad de quien se sabe desahuciado y prefiere no saber la verdad de su destino. Tendría gracia mostrar la flaqueza de la fuerza, pero no, como en este caso, la flaqueza de la flaqueza. Otro caso ha sido el de la portada de la revista satírica El Jueves, en ella un niño pregunta a su madre si los 'cabezas rapadas' padecen cáncer y la madre contesta: ‘Ojalá'.

 

Las personas que escribieron esos chistes son insensibles, muestran una desconexión enorme con la vida del día a día, lo cual constituye su mensaje en una estupidez despiadada. Reírse de enfermos, o introducir su sufrimiento como algo sin importancia, no tiene gracia.

 

No hace tanto que el humor era una especie de castigo a mayores que debían sufrir aquellos que tenían la mala fortuna de ser cojos, tuertos, chepudos, tartamudos, calvos, gordos, bajos, negros, chinos o, incluso, simplemente extranjeros. Humoristas como Arévalo lo hacían imitando a personas con síndrome de Down, gangosos u homosexuales. Muy pocos se preguntaban, por entonces, cómo se sentiría una persona, en su casa, al ver aquello frente a millones de espectadores siendo coja, tuerta, homosexual o tartamuda.

 

Nadie es quien para censurar nada pero sí podemos decir lo que no nos gusta, el humor que es pura crueldad. Lo hizo mucho tiempo y hasta hace bien poco Sardá, que mandaba a reporteros por España a encontrar pobres desdichados de quien reírse y, ahora, anda de tertulia en tertulia, opinando de lo más serio con un falso ascendiente moral que proviene de su popularidad, conseguida en el negocio de hacer reír a cualquier precio.

 

Pensar que hay libertad en el humor y que se puede decir cualquier cosa es una necedad, pues el humor es una construcción intelectual. En la actualidad se concibe, cada vez más, como artefacto con cualidades para ser consumido y, a medida que crece esta naturaleza suya, nos vamos encontrando con la fórmula antigua, reírnos del distinto, del débil, del raro, en definitiva del tonto del pueblo. Con ello perdemos la dimensión grande del humor, la que lo convierte en la última reserva para poder hacer frente a lo que se nos presenta inamovible, injusto o terco. Tenemos que buscar un humor que se ría, entre otras cosas, de ese humor despiadado, reírnos de Arévalo, reírnos de José Mota, de Sardá, de todos esos que hacen su carrera a expensas de los bajos instintos, diciéndonos lo que ya sabemos, que el enfermo tiene miedo a morir y que los distintos y que los raros tienen dificultades en el mundo para vivir.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress