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Bruno Marcos
29/05/2016

Fiésole, La Limonaia

El poeta Antonio Colinas acaba de convertirse en el ganador de la XXV edición del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, que convoca conjuntamente Patrimonio Nacional y la Universidad de Salamanca.

Dice Bruno Marcos que al saberlo pensó, con total sinceridad que siendo como es Colinas un clásico en vida, que ese premio ya lo tenía.

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Para un lector como yo, que ha vivido su infancia y primera adolescencia en la Transición, acceder a la poesía de Antonio Colinas en aquellos años supuso el descubrimiento de una dimensión distinta, móvil y estable al mismo tiempo. Aparecía ante mí un poeta capaz de dialogar con los tiempos desde la voz viva, capaz de hablar con las piedras, con la naturaleza y con el arte, con la literatura pasada, con el amor y las estrellas sin ser antiguo.


Los que despertábamos a la poesía a mediados de los años 80 tuvimos la suerte de disfrutar una libertad recién inaugurada, la cual presentaba la cultura como un lugar entusiasta en el que ampliar la experiencia de vivir que comenzábamos. La enseñanza reglada de la literatura fue muy meritoria. Los profesores de los institutos se apuraron a actualizar la mirada del país, paralizado durante toda la dictadura, poniéndonos en las manos lecturas necesarias y, a la vez, poesía del momento, poesía viva que acompañaba todo el renacer, todas las expectativas de un país de pronto joven que, quizá por privación, había mitificado lo que se le negaba. Mucho se habló del desencanto después, e incluso se acuñó aquella frase de “Contra Franco vivíamos mejor”. Hoy en día, cuando el mundo aquel optimista de la Transición se viene abajo por completo al comprobar cómo se corrompió hasta su último hueso, viene al recuerdo, el fulgor de la ilusión aquella que se depositó en la cultura con la inocente esperanza de que nos haría vivir con más intensidad. La pandemia de la corrupción minó todo y una revisión actual de la escena cultural de entonces nos revela una apuesta suicida por lo banal que fue incrementándose año tras año.


Aparece, sin embargo, la poesía de Antonio Colinas incorrupta, en la fecha que sea, anidada de lo que permanece, sobreviviendo a la estridencia y al exceso de silencio, al coloquialismo romo y a las riñas de las familias poéticas, porque su compromiso fue siempre nítido con la poesía y con el mundo, una forma especial de estar en el mundo.

 

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Hace tiempo me preguntó Luis Miguel Alonso, autor de una gran tesis sobre él, cuál era el poema que más me gustaba suyo. Me quedé paralizado unos instantes y apareció sin dudarlo, 'Fiésole, La Limonaia'. En ese poema Colinas mira la ciudad de Florencia desde arriba, desde ese lugar al atardecer, y ve cómo este deja su oro mejor desde los cipresales hasta las cúpulas del Arno mientras unos labios se abren para no decir nada y unas manos sostienen una caracola que habrá de sonar sobre la urbe. Hace pocos meses, al visitar esa ciudad, pensé mucho en ese oro y lo hallé finalmente al declinar el día en las piedras del Palacio Pitti, al cruzar los arcos sobre el Arno.

 

También me acompañó la poesía de Colinas hará casi un par de años en Venecia. Allí intenté localizar las señas que había leído en un poema, Fondamenta Cabalá, Ramo Corte Querina, adonde fue a ver a Ezra Pound cuando este ya no hablaba con nadie, en una calle con grandes charcos llenos de gatos negros y gaviotas, sin más salida que la muerte.


Ahora le llega este gran premio a nuestro poeta y he de confesar, con total sinceridad, que al saberlo pensé, teniendo su poesía en lo que la tengo, como la de un clásico en vida, que ese premio ya lo tenía.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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