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Sol Gómez Arteaga
14/06/2016

De las emociones

La emoción se define como una alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática.

 

Las emociones son muchas y variadas, algunas tienen el efecto de brisas corazón que al rozarnos acarician nuestro espíritu, mientras que otras nos atenazan, oprimen, producen dolor, por eso lo mejor que podemos hacer con las últimas cuando las oteamos desde la ventana es cerrarles la puerta.

 

Emociones positivas son la alegría, o sentimiento grato y vivo que se  manifiesta con palabras, gestos o actos de júbilo; la empatía, o identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro; el cariño, que es la inclinación de amor o buen afecto que se siente hacia alguien o algo, también el esmero o afición con que se hace una labor o se trata una cosa; la felicidad o estado de ánimo satisfactorio, grato, contento; la gratitud o sentimiento que nos obliga a estimar el beneficio o favor que se nos ha hecho y a corresponder a él de alguna manera; el respeto, o veneración, miramiento, consideración, atención, deferencia hacia alguien; la paciencia, o capacidad de saber esperar cuando algo se desea mucho; la simpatía, o inclinación afectiva de sentimientos entre personas, generalmente espontánea y mutua; la confianza, o seguridad que se tiene de alguien o algo, también hacia uno mismo; la esperanza, o estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos; la libertad, o facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y también, claro está, de no obrar.

 

Entre las emociones negativas están el miedo o perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario; el enfado, o movimiento de ánimo que suscita ira; la culpa o imputación a alguien o autoimputación de una determinada acción; la timidez, o temerosidad, medrosidad, encogimiento, corteza de ánimo o miedo; la picajosa envidia, que es el pesar por el bien ajeno; la soberbia o altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros, también la satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás; el rencor o resentimiento arraigado y tenaz; la tristeza, o aflicción, pesadumbre, melancolía, bilis negra que nos hace ver todo del color de la noche; la mentira, que es la expresión contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa; la agresividad, o tendencia a responder violentamente; el egoísmo o excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidar (se) del de los demás; la pereza o negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados.

 

Conocer mejor nuestras emociones, lo que sentimos con cada estímulo que recibimos del mundo, nos ayuda a tener un mayor control de nosotros mismos y de nuestros actos, y a comprendernos mejor y comprender, como seres sociales que somos, a los demás. Conocer mejor nuestras emociones implica responsabilizarnos de ellas, regar las positivas como plantitas, y llevarlas todo el rato bajo el brazo y, a la menor oportunidad, airearlas. A las negativas, en cambio, hay que encerrarlas bajo siete llaves, y si a pesar de eso consiguen burlar nuestro control, aprovechar su salida para lanzarlas lejos, a lugares ignotos, -un pozo, un abismo, un precipicio- sin posibilidad alguna de retorno.    

 

Hay recetas más que recomendables para enriquecer las emociones. Algunas son antiguas, sabias, y se han ido transmitiendo oralmente de generación en generación, otras remiten a usos y costumbres de una etapa de nuestra vida, la infancia, que haríamos muy bien en intentar rescatar: caminar, antes de juzgar a alguien, varias lunas con sus zapatos, saludarse y sonreírse, -¡hola qué tal!-, frente al espejo sin preocuparse de las arrugas que indefectiblemente hacen más profundas nuestras comisuras, regalar bolsitas de popurrí con besos y caricias, medirse la nariz quincenalmente, mantener a raya la llama de la ira, bailar en la consulta del endocrino como si uno estuviera solo en el mundo, desear y hacer el bien sin mirar a quien, reírse de la sombra de uno, aprender a caer y a levantarse y a levantar y a caerse cada día, mirar las nubes sentados en un banco, darle las gracias el amanecer, y a la hierba, y a los bichos de la hierba, y al sol, y a que no haya sol, y a las gotas de lluvia gordas como guijarros en tardes densas de tormenta y de junio, son solo algunas.  

 

Es emocionante tener emociones, si son positivas mejor, pues sin ellas somos como árboles que se van pudriendo, como fuentes que se van secando, como pájaros enjaulados cuyo trino se va apagando hasta consumirse del todo. Frente a la locución latina de la lógica cartesiana “Cogito ergo sum”, pienso luego existo, yo apelo a la derivación sui géneris, “Sensum ergo sum”, siento luego existo. Emocionémonos, y alegrémonos, y empaticemos, y si acaso pongamos, de vez en cuando, un gramito de pereza o de enfado en el otro lado de la balanza emocional para que exista tensión o un cierto equilibrio, pero el caso es sentir, vivir.

 

 

 

 

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