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Bruno Marcos
11/07/2016

Contra los Toros

 

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Cuando yo era pequeño las corridas de toros solían retransmitirse por televisión con bastante asiduidad y me aburrían enormemente. Nadie en mi casa las veía pero a veces quedaban en la pantalla solitarias. Me parecían previsibles, lentas, repetitivas, sin mérito. Muchos años después, cuando tenía ya más de 25 años, sentí gran curiosidad por ellas y empecé a asistir a algunas en vivo. Me encontré entonces con la fiesta, todo el ambiente previo en las gradas que me hacía sentir en la Roma clásica.

 

Una cosa que me sorprendió fue la bravura del toro según salía de los toriles, la percibí como una fuerza de la naturaleza. Las veces que estuve más cerca de la barrera sentí el miedo real que da el toro y una gran admiración hacia esos hombres que se ponían ante él. Ver cómo esa bravura se le iba al animal mediante el dolor efectivamente era triste y hasta dramático. El público exigía que el picador cejase siempre, no sé si por compasión, para equilibrar el toreo o para que el espectáculo fuera más peligroso. Impresionaba también, por supuesto, la sangre del toro y finalmente contemplar el momento exacto de la muerte, cuando la vida que se ha visto minutos antes tan vigorosa abandona al cuerpo y los gritos celebrándolo resultan ancestrales, brutales y fascinantes. Yo creo que la primera vez que vi morir a un ser vivo fue en los toros.


Más tarde quise acudir a ver a José Tomás, justo cuando se convirtió en el mito que es. Lo vi dos veces y nada como él. Tuve la sensación esa que comentan los entendidos de no estar viendo toros sino arte, incluso diría que algo más que arte, algo que fusionaba arte y vida y muerte. Se quedaba parado como una estatua, mucho más cerca que nadie de ese trueno negro de pura vida que se puede llevar por delante la de otros, y convocaba un silencio espectacular en torno a esa cercanía con la muerte.

 

El cuerpo por delante del trapo muchas veces, un toreo cuerpo a cuerpo, el hombre y el toro. El aliento de la plaza toda quedaba suspendido en el viento que se enredaba entre la vida y la muerte del toro y del torero. Y en medio de todo eso José Tomás se paraba y se quedaba como de piedra, como si ahí, donde se abrían los abismos, fuera capaz de la introspección más pura, como si realmente ese fuera el momento perfecto para ella.


Otros toreros se jactan ante el toro moribundo y las cuadrillas agitan los capotes para marearlo sin embargo en la de Tomás hay quietud. Los de su cuadrilla permanecen inmóviles mirando al toro fijamente con el capote tieso en forma de triángulo delante fijado a la barbilla, como si estuvieran rezando.


Hará dos o tres años me puse a ver por televisión todos los encierros de San Fermín ya que se podía hacer en directo y a tiempo real. Un día un toro se quedó rezagado y al verse solo empezó a cornear con una fuerza que me sobrecogió. Al final atrapó a un joven australiano entre los dos pitones contra las tablas. Hubo un instante que todavía me da escalofríos. El muchacho, que tenía tan solo 21 años, le dijo al toro con la mano que parara, muy delicadamente, como si el toro fuera humano y pudiera comprender su fragilidad, su mensaje gestual. Aún dio dos cornadas contra las tablas que habrían partido el pecho de dos hombre puestos en fila. Antes uno de los pitones sin ser visto le había cortado, de arriba abajo, el muslo que se vio suelto por completo cuando, liberado, cayó al suelo. Desde aquel día me dije que no volvería a ver los Sanfermines.


La semana pasada ha muerto un joven torero de menos de 30 años, en lo mejor de la vida, y los antitaurinos no se dan cuenta de que el argumento perfecto para que los toros se acaben, aparte del maltrato al animal y el espectáculo cruel, es que no merece la pena algo que, por mucho arte que tenga, cuesta estas vidas humanas.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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