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Sol Gómez Arteaga
16/08/2016

Diógenes para el verano

 

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El trastorno del comportamiento llamado Síndrome de Diógenes debe su nombre al filósofo griego Diógenes de Sirope (Corinto 412-323 a. C.), quien bajo el convencimiento de que la felicidad solo se lograba deshaciéndose de lo superfluo, vivía austeramente en una tinaja rodeado de una jauría de perros. Cuentan que su fama llegó a oídos del ya dueño de Grecia Alejandro Magno, que en una visita a Corinto se acercó a conocerle. Al ver el estado de extrema pobreza en el que vivía, le preguntó si podía hacer algo por él. El filósofo respondió: “Sí, apártate, me estas tapando el sol”. El gran Alejandro lejos de enfadarse, se tomó a bien la contestación pues cuenta también la leyenda que dijo: “De no ser Alejando, yo habría deseado ser Diógenes”. Anécdotas aparte, resulta paradójico la atribución del nombre del filósofo a un trastorno del comportamiento cuyo patrón de conducta se caracteriza no por desprenderse de objetos y cosas materiales sino por acumular grandes cantidades de ellos, unido al abandono personal y de relaciones sociales que desembocan en un gran aislamiento. 


   
Hace unos días terminé de leer la novela de los hermanos Collyer titulada “Homer y Langley” de E.L. Doctorow, basada en un hecho real que sobrecogió a la sociedad americana de la década de los cuarenta del siglo XX y que trata precisamente sobre esta patología. A través de sus páginas el autor, trasmutado en el hermano menor y ciego, narra en primera persona cómo el acomodado hogar de los Collyer, ubicado en la Quinta Avenida, se trasmuta, por mor de distintas perdidas y avatares propios del género humano, en un templo de disidencia, en un reino de escombros, en un laberinto perverso que los dos protagonistas tratan de sortear entre trastos viejos y montañas del ese periódico eterno, atemporal, platónico, siempre al día, (precursor, sin duda, del moderno ordenador), que Langrey, el hermano mayor, llevaba años soñando componer y del que ellos también, qué ironía, acabarán siendo noticia. 

 

Por mi trabajo conocí un caso parecido de dos hermanos, mayorcísimos los dos, médicos los dos, sin familia localizable, que corrieron la misma suerte. Lo sorprendente fue descubrir   cómo hasta el momento que saltó la alarma de su situación con la hospitalización de uno de ellos, habían logrado sobrevivir durante años -se dedicaban a expedir certificados de conducir- dentro de un sistema que les era bastante ajeno. Supongo que el férreo celo con el que defendieron su intimidad y el anonimato que conlleva vivir en una ciudad con más de tres millones de habitantes, propiciaron que pudieran mantener ese oasis personal de independencia hasta el final de sus días, frágil oasis como una montaña de naipes por otro lado si tenemos en cuenta que la muerte de uno fue seguida a los pocos días por la del otro. 


 
Algo conozco del placer de acumular, pues yo también encuentro gran satisfacción en comprar cosas, preferiblemente de saldo, que a veces nunca he llegado a usar, pero de las que no puedo desprenderme porque me gusta verlas, saber que son mías, saber que las poseo. Hay además en el momento de la adquisición de esos objetos únicos, irrepetibles, imperdibles, que una vez conseguidos hacen el número x, un tremendo disfrute. Supongo que detrás de ese saco sin fondo del deseo, donde nunca nada es suficiente, se esconde una falta, una carencia, un vacío que se pretende llenar, y que en mi caso se remontaría, o eso creo, a los años de infancia. También creo, como ocurre con todas las cosas que afectan a la psique, que lo preocupante no es tener un poco de tal o cual síntoma, (¿quién no está un poco loco aunque sea de razón?) sino que esas ‘rarezas’ que nos ‘ocupan’ se nos vayan de las manos, nos impidan llevar a cabo una vida más o menos equilibrada dentro de la frágil línea que separa desequilibro de cordura. 

 

En fin, disquisiciones aparte, libro más que recomendable el de los hermanos Collyer pues además de entretener, valor en alza en esta época de rigores de verano, y de estar estupendamente bien escrito, nos invita a pensar, a conocer, a comprender, a interpretar otras realidades  que, aunque sumergidas, también existen.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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