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Tomás Valle Villalibre
15/08/2016

Un cuento de verano

Maruja está a punto de cumplir los sesenta, está soltera, tiene cuatro sobrinos, un gato y dos perros, y lleva veinte años trabajando duramente como secretaria en una fábrica de sandalias ecológicas. Éste ha sido especialmente duro, pero Maruja ha cogido las vacaciones.

 

¡Por fin las vacaciones¡ Ha llegado hoy mismo a Benidorm donde, desde hace meses tiene reservada una habitación, en un hotel situado en primera línea de playa. El calor aprieta con ganas, el sol brilla con poderío en un cielo totalmente azul y la calma es total. Hasta el día siguiente no llegarán sus amigas, por lo tanto Maruja dispone de un día entero para disfrutarlo ella sola, un día sin hacer nada, de paz y tranquilidad, sin que nadie la  moleste, lejos de las prisas, el tránsito, la contaminación, el trabajo...Perfecto para liberarse del estrés. La emoción la embargaba hasta el punto de inundar de lágrimas sus avispados ojos. ¡Qué sensación!

 

Lo primero que hizo Maruja fue elegir el bañador que se iba a poner. Los había traído de todos los colores y dibujos, pero en esta ocasión se decidió por uno azul que haría juego con la toalla blanca, que en un lado llevaba impresa la propaganda de una crema solar. También las había llevado de varios estilos y colores. Sin más tiempo que perder comenzó a preparar la bolsa donde además de la toalla, no se debía olvidar meter la crema solar, unos bocadillitos por si le entraba el hambre, una botella de agua y las gafas de sol. ¡Ah! Y un libro, que aunque sabe que se acabará durmiendo… Por fin parece que lo tiene todo y sin más pérdida de tiempo baja en el ascensor hasta la planta menos tres, que es la que sale directamente a la playa. ¡Virgen Santa! Exclamó Maruja, no pudiéndose creer que todo el mundo hubiera tenido la misma idea que ella. Miró de un lado para otro sin atreverse a dar un solo paso. Le parecía imposible encontrar un pequeño espacio, entre el revoltijo de toallas, sombrillas, niños jugando por todas partes y gente, mucha gente, tostándose al sol. De pronto, no muy lejos de donde se encuentra, ve un hueco libre, al que se dirige haciendo auténticos equilibrios entre la multitud de cuerpos. Pero cuando llega, alguien había colocado ya su toalla. ¡No puede ser, yo lo había visto antes! Sin atreverse a decir una sola palabra, Maruja sigue andando, mientras el sudor le cae a chorro por la frente y la bolsa  comienza  a pesar. Cerca del agua ve un espacio en el que puede caber ella y su toalla. Por fin se puede estira, cerrar los ojos y dejarse acariciar por los ardientes rayos del sol. ¡Qué maravilla!

 

Pero la tranquilidad le iba a durar poco. Apenas llevaba unos minutos, cuando una lluvia de arena cae sobre su cuerpo, se levantó como si tuviera un resorte, maldiciendo a la horda de niños asalvajados que se peleaban a su lado. Una vez amedrentados, sacude la toalla con mucho cuidado para no molestar a los de al lado y se vuelve a estirar mientras sigue injuriando a los niños y a sus papás. Tras un rato de tranquilidad siente como alguien se le acerca y le grita mientras deja caer algunas gotas de sudor sobre su cuerpo: “Coca Cola, cerveza frescaaa…sorbete de trufaaaaaa”. No pudiendo más, nuestra heroína decide ir un ratito al agua. ¿Por dónde? En el lugar más cercano unos jovenzuelos están saltando y levantan una nube de salpicaduras, otros juegan con un balón que está más tiempo entre la gente que entre las olas. Maruja necesita su tiempo para entrar en el agua, nunca le ha gustado que la mojen. Mientras se debatía entre la incertidumbre de entrar o volver a la toalla, en aquel preciso momento, un muchacho toma carrerilla y se tira “haciendo la bomba”, levantando una montaña de agua que la moja por completo, la hace chillar, y acordarse de la madre y toda la familia de aquel energúmeno. Con bastante cabreo, mucho cabreo, decidió que donde mejor estaba era sobre su toalla, en la tranquilidad de la arena. Cinco minutos de reloj, por fin unos minutos de relax, ya casi le estaba entrando el sueño, cuando a su espalda alguien grita. “Coca Colaaaa, cerveza frescaaa…sorbete de trufaaa”. Maruja se tapa la cabeza con el trozo de toalla que sobresale por debajo de su cuerpo, mientras en sus muslos nota la friura del hielo que desprende la cerveza que acaba de compra, el señor que está a su lado. ¡Dios mío!..¡Perdone señora! ¿pero a que está fresquitaaa?

 

Maruja ya no sabía qué hacer, acababa de maldecir al hombre de la Coca Cola, minutos antes lo había hecho con el salvaje que la dejó chorreando y antes se había acordado de los papás de los muchacho que la habían llenado de arena. Apostaría que ya no le podía ocurrir nada más. Estaba casi segura que ahora podría tener el momento de tranquilidad que venía buscando. De pronto, alguien tropieza con sus piernas y nota como algo de grandes dimensiones y piel grasienta se desploma sobre su cuerpo empotrándolo sobre la arena ¡Ahhhh! ¡Menudo batacazo! Maruja salió como pudo de su prisión, percatándose que era una mujer más bien madurita y entrada en kilos la que se había desplomado sobre ella. Intentó ayudarla a ponerse en pié, aunque le resultaba imposible por lo resbaladiza que estaba debido a la abundante crema que se había dado. En el afán por ayudarla y sin saber cómo, a la señora le salió un pecho por un lado del bañador, oyéndose de inmediato una bofetada de las que dejan marca y un grito que decía: ¡Qué ordinariez! ¡Sinvergüenza!. Pasmada por la situación y por la expectación que se estaba generando, Maruja cogió la bolsa, la toalla, el libro y las gafas, miró a su alrededor y se volvió a la habitación. ¡Y pensar que Maruja solo pretendía pasar un feliz día de playa, lleno de tranquilidad y paz, olvidando el estrés…!

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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