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Eloy Rubio Carro
24/08/2016

El hilo del sastre en la pintura de Toño

'MiránDOnos' es el título de la exposición retrospectiva de 'Toño', Antonio García García, que se expone en la Capilla de San Esteban y en la Biblioteca Municipal de Astorga hasta el 15 de septiembre.
Un hilván perpetuo lleva la obra desde los primeros autorretratos con 15 años hasta la actualidad. Es el hilo de la vida que se pinta al pasar superpuesto a las figuras. Una seña de inacabamiento es el estar vivo, unido al ser, unido a sí mismo en cualquier momento de la vida.

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‘MiránDOnos’ no es una retrospectiva exhaustiva, sino que se piensa como un acompañamiento al Festival de Cine Ciudad de Astorga de este año cuyo tema es ‘La Mirada Poética en el Cine’. Por ello Antonio García ha seleccionado pinturas en donde la mirada es lo primordial. No caben los paisajes ni los bodegones ni la etapa del expresionismo abstracto.

 

El título de la exposición está cargado de sentidos: una selección de pinturas que te miran al pasar, al tiempo que invitan a la mirada: “Me centré en la figura y en la mirada que va directamente al espectador, creando un diálogo, mirándonos. He ahí el título de la exposición”, comenta ‘Toño’. 

 

En la capilla de San Esteban lo más llamativo son los dos murales enfrentados que vienen a dar sentido al subtítulo de la exposición ‘Tí(pi)cos vs tóp(ic)cos’. ‘Tó(pi)cos’ representa a los peregrinos en el camino de Santiago, una obra con toda la gestualidad de ‘Toño’; en el otro mural se puede observar el pendón de Murias de Rechivaldo transportado por unos cuantos pendoneros, detrás, tal vez, el mismo pendón duplicado y una pendoneta se alzan enhiestos. Tímidamente permanecen algunos de los tics que identifican el modo de hacer de ‘Toño’ al representar el movimiento, para darnos aristotélicamente una mensura del paso del tiempo. En este cuadro los objetos duplicados se independizan del original, toman vida propia y la pendoneta que cierra la procesión y que portan unos niños llegará a la madurez crecida.

 

No es nuevo el gusto de ‘Toño’ por el mural. Recuerdo el  collage a partir de recortes de revistas que hizo, entre el murmullo de los pequeños scouts, como un franciscano, que versionaba un Mowgli flanqueado por Baghera y Shere Khan y la susurrante Kaa, en el recibidor del Cine Asturic, cuando era ya la sede de los ‘Boy Scouts’. Él recuerda que también había un San Francisco con el lobo, más conciso, inspirado en las pinturas negras de Goya: “Desde que tuve contacto con la Capilla Sixtina, con Miguel Ángel, con los grandes murales del renacimiento, siempre me ha llamado muchísimo trabajar con formatos de tamaño natural y de gran formato, pues te permite una mayor soltura, el gesto suelto, la espontaneidad, la pureza en el color, lo ‘fauve’. El poder expresarte en una dinámica tanto en la forma como en el color que la pintura de caballete te condiciona en su breve espacio”. Apostilla Toño.

 

 

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Antonio García García lleva ya un largo periplo en esto de la pintura, parece que estuviera en lo que Platón denominaba “La segunda navegación”, en un ir más allá que supone una segunda vuelta que incorporase todo lo aprendido. En la sala de la Biblioteca Municipal pueden observarse los dos primeros autorretratos que hizo en 1968, con 16 y 17 años.

 

En 1970 fue la época del collage, de los paisajes de Maragatería de los que no hay referencia en esta exposición, porque no concuerdan con el tema de la mirada.

 

En los años 80 pasa por una corta etapa de expresionismo abstracto, de un “expresionismo indómito y afectivo intimismo” en palabras de Manuel Valdés, con unos estrafalarios personajes encapsulados bajo extrañas vestiduras de mensajero sideral. Apenas la humanidad apunta en unos hombres de desecho, ocultos, que ya solo atisban desde la punción de la máscara tras la que se han refugiado. Con materiales de reciclado, de trapero; con viejas arpilleras como las que decoraban las paredes de las patrullas de los ‘lobatos’ scouts; con pantalones raídos o panes correosos y cartonajes: “En el 80 y 81 trabajé en la abstracción, pero muy pronto, en el 82 recupero otra vez la figura representada en unos rostros extraños, y a partir de ahí voy evolucionando hacia lo que se llamó ‘pintura-pintura’. Abandono la materia e intento conseguir aquellos efectos de volumen imitando los efectos de texturas de materiales mediante la representación exclusiva de dos dimensiones, sin integrar para nada la esculto-pintura”, explica Antonio.

 

Los personajes tienen los ojos enmarcados, perdón, tienen la mirada enmarcada. Es una ventana y es un marco, la máscara se va resquebrajando en aras de un desvelamiento, en favor de la manifestación y de la búsqueda.

 

Esta época desemboca a mediados de los 80 en un expresionismo más figurativo y colorista, una experiencia simbólica del color, de la que vive gran parte de su obra. Una época en la que admira y se deja inspirar por los futuristas italianos, Carrá, Russolo, Giacomo Valla, Severini. Una propuesta que, en esos aspectos cinéticos o en la expresión del tiempo que huye, retomará hacia el 85 y que llega hasta los años 90, cuando realiza el mural sobre el camino de Santiago que podemos contemplar en la Capilla de San Esteban. Toño lo explica de la siguiente manera: “Empiezo desde la abstracción pura, recupero tímidamente la mirada, fundamentándome en la referencia a la figuración en los rostros, en la mirada, y jugando con deformaciones expresionistas en el resto de los rasgos, como la boca, la nariz etc; y lo que salva de ese pandemónium es la mirada; a partir de ahí evoluciono de nuevo hasta casi una abstracción donde la mirada es apenas una pupila, un par de puntos negros, unos trazos de volumen hechos a cuchillo y un punto luminoso y por último recupero la figuración”.

 

A partir de 1985 se mueve en el campo de lo figurativo. Esa mirada que expresa sentimientos, que es en el lugar de los sentimientos. Es cuando se va a ir desprendiendo de la ocultación del ‘burka’ para darnos una cara diáfana, completa. Emergen entonces las manos, incluso el paisaje cobra un nuevo realismo, menos esquemático. Un paisaje que adquiere su figura al ser percibido, que puede mejorar con el aprecio del visitante, una figura abierta. Ya lo decía José Antonio Carro: “…lo que desea ‘Toño’ es que su pintura sea participada por el público, que su arte no se convierta en monólogo…”, un aspecto que corrobora Toño señalando que “a mí siempre me ha interesado el que una obra intente llegar a la gente y que intente crear un sentido crítico…Ya desde los años 80 mi planteamiento es transmitir un mensaje, reflejo de mi personalidad y de mi ideología”. En esta época comienza a representar el movimiento mediante la multiplicación de las caras o de las extremidades, “pretende dar cuenta de esa inquietud y de la geología en movimiento”, en palabras de Victoriano Crémer.

 

 

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En los 90 y hasta principios del 2000 disminuye la intensidad en la producción que le caracterizaba, y ello se debe a que se va a dedicar en cuerpo y alma a la publicidad. Es cuando pinta ‘Las Cajilleras’. Parece como si la piel de la serpiente se hubiera quedado en una piedra cerca del agua y el cuerpo fuera de niño, brillante, fresco en un caluroso día de agosto. La pintura ha seguido andando desde una ceguera total en el origen, un encubrimiento al que le van naciendo unos ojos, luego la mirada diáfana, la cara completa y las manos, para acabar en una figuración  de cuerpo entero, mirífica,  sin renunciar a la expresión del movimiento.

 

Otras constantes vienen desenvolviéndose desde el principio, son multiformes, pero son las mismas; aunque ahora haya que mirar la pintura con lupa para descubrirlas. Un lenguaje menos manifiesto, "una pupila menos dilatada", pero que surge a nada que se escarbe, a nada que se acerque la mirada a los cuadros. Toño lo dice de esta manera: “En todos ellos hay una representación de mi otro mundo, que era el diseño gráfico”. Abundan los recortes de prensa sin otra intención, al comienzo, que la estética; aunque en la actualidad sí que son utilizados para ahondar el sentido de la pintura. Es curioso que su faceta como diseñador gráfico que tomó la delantera, permanezca en su  faceta de pintor viva, en segundo plano, en acecho, desde lo más oculto e íntimo, para quien se atreva a dar el paso, -“como el oscuro pez del fondo gira en el limo húmedo y sin forma”- de entrar adentro.

 

 

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Estas constantes no indicarían más que una desconocida raíz común, pero hay algo más que esa comunidad en que radican, hay un hilo tenue, un hilván que va por la pintura a través de los años y de las etapas. Unas líneas blancas quedan como esbozos en la mayoría de los cuadros dando la sensación de que estuvieran por acabar. Un hilván engarza la pintura con la biografía, pues allá en el origen estaban ya el abuelo y el padre que eran sastres e hilvanaban con hilo para la definitiva obra, aquella que desde el inicio se vino buscando hasta tomar conciencia de que la vida era la propia obra que se hacía buscándose: “Es una deferencia a aquellas vivencias infantiles, ese recordatorio, esa forma en que hilvanaban los trajes. Es una manera de personalizar la obra y transmitir la sensación de estar sujeto con puntos, con alfileres; dando también ese estado de inseguridad, para que la obra no fuera algo excesivamente elaborado, sino que esté cogida con alfileres”, termina diciendo Antonio García García, pintor de Astorga. Es un recurso técnico-emocional que saca a la pintura del laberinto y la devuelve a la vida.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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