Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/10/2017
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Sol Gómez Arteaga
1/09/2016

El significado de los espacios

 

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Los espacios significan, sobre todo, los que un día fueron y ya no existen. Ellos condicionan  nuestra forma de ser y de mostrarnos.

 

Mi abuela tenía una hermosa casa de dos plantas a la que accedíamos por una puerta trasera metálica y marrón, hasta llegar a través del corral a la cocina de diario.

 

La cocina de diario de la casa de mi abuela tenía unas amplias cristaleras bajo las que se alojaba un sencillo banco de madera con ondas en el respaldo. Había también una mesa camilla en la que se comía, se conversaba, se jugaba a las cartas, se leía el periódico, se hacían deberes y labores. El epicentro de esta estancia lo conformaba una chimenea con ‘arnal’ en la que algunas tardes especiales de invierno ella, mi abuela, generosa y alegre, nos asaba ‘pitarros’ envueltos en papel de estraza, patatas o castañas. A media tarde, sentados a la lumbre, escuchábamos la telenovela que emitía la radio colgada de un basal adornado con puntillas. En un rincón, apagado, casi invisible, estaba el frigorífico, que servía para guardar medicinas y revistas.  La cocina de diario era, sin duda, la estancia más importante de la casa pues en ella hacíamos la vida en invierno.

 

Anexo a ésta, había un pequeño cuarto con un infiernillo de porcelana en el que mi abuela preparaba el sempiterno cocido a mediodía o los huevos o pescado por la noche. En una honda pila de granito con tajo inclinado fregaba luego los cacharros. En esa misma pila mi abuela me bañó la víspera de mi primera comunión. Los enseres los guardaba en un aparador blanco y alto, situado al fondo, preñado de cajones.  

 

A la parte ‘noble’ de la casa accedíamos a través de un descansillo con el suelo de mazarrón. Nada más traspasarlo estaba la despensa, en el bajo de la escalera, que olía a una mezcla de humedad y cal. En ella guardaba los bollos bañados, los coquitos, las pastas y mantecadas que elaboraba para ocasiones especiales como la feria, el Socorro o el día del Pan y el Queso; también guardaba en la despensa los chorizos de la matanza conservados bocabajo en un garrafón colmado de aceite, los huevos, el jamón, un ajedrez con fichas de madera, -la pérdida de algunas piezas habían llevado a su sustitución por otras hechas a mano-, varias hamacas.

A mano derecha había un aseo sin bañera y sin ducha, y pegado a éste, un cuarto que jamás se usaba, con una cocina económica empotrada en la pared que albergaba, entre otros objetos, muestras de ganchillo, caramelos de Francia con sabor a frambuesa, una caja blanca y grecas azules de ‘pastilles vichy-état’, aunque el tesoro más preciado era la piel recién mudada de una serpiente.     

De esta cocina de adorno, cocina de domingos, se pasaba al salón que solo vi usar el día de las bodas de oro de mis abuelos; se trataba de un espacio rectangular con un amplio ventanal que daba a la calle. Había una mesa central rodeada de sillas labradas con rostros de señores antiguos en la base y un aparador alto.

 

A la planta superior se accedía por unas escaleras de tarima, amarillas y enceradas, donde a derecha e izquierda quedaban, dos a dos, las habitaciones de paredes encaladas, exentas de adornos, -a lo sumo un cuadro de santos o un cristo crucificado-, con su cama, su armario empotrado y su mesita de noche donde descubrí Readers Digest antiguos que leí con fruición, escapularios, monedas, sellos y hasta botones. Era tan intensa la vida en los espacios inferiores de la casa que nunca sentí curiosidad por subir al desván.  

 

Había además un corral enorme con un jardín bien delimitado, gallineros, ‘caedizo’, una cuadra de adobe donde se guardaba el banco de matar el cerdo, los ‘barreñones’, y dentro de una caja de madera, la máquina de hacer los chorizos. En una ocasión encontré en la cuadra varios libros muy antiguos con pastas de piel y anotaciones escritas a mano cuyo olor a viejo y a patatas y a tierra, sigo rechazando. Un montículo permanente de tierra y cascotes frente a la cuadra nos permitía a los más pequeños izarnos a lo más alto de la tapia de ladrillo y divisar el corral de la vecina adusta, huraña y solterona, poco amiga de niños, hermana del practicante del pueblo, otrora camillero de guerra. Al fondo del corral, en una esquina, estaba la higuera.

 

También tenía el corral de mi abuela una tinaja con ondas horizontales, a modo de pellizcos, mediada de agua.

 

En el corral de la casa de mi abuela hacíamos, tendidas las hamacas, la vida en verano.  

 

La casa de mi abuela fue la casa de mi infancia, el paraíso perdido, el espacio de no necesitar donde un día estuvo comprendido el universo todo. 

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