Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 28/07/2017
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Fernando García Crespo
19/09/2016

Marea Baja

De las vacaciones del año pasado no guardo un recuerdo especial, lo de todos los años, la rutina de todos los veranos; excepto la primera noche, que no podía dormir y salí a relajarme.



Sonaba la voz de Alison Moyet, cantando Nobody´s Diary, cuando me senté en la terraza del bar que estaba bajo el balcón de mi apartamento. Había decidido emborracharme y no me apetecía perderme camino de un lugar íntimo en el que vomitar toda la tristeza y la frustración que llevaba conmigo. Para colmo, aquella canción me traía recuerdos que aún no habían cicatrizado. La música de Yazoo había encendido un fuego que el alcohol difícilmente podría sofocar. 



Me daba lo mismo, necesitaba olvidarme de mis miserias, de mis sueños perdidos, de un horizonte tan cercano que me causaba pánico. Afortunadamente el resto del L.P. tenía un ritmo más disco. Luego pusieron The Ghost in You, de los Psicodelic Furs que incansablemente me acompañó durante los tres botellines de tónica acompañados de golpes de tequila. En cuanto terminaba la canción la volvían a pinchar. No sabía si estaba mareado o en trance, el exceso de burbujas es lo que tiene. Salí de allí y me encaminé hacia las calles repletas de turistas vociferantes mientras The Ghost in You seguía sonando en mi cabeza como si fuera una banda sonora particular de una sola pista en modo bucle. Creo que estaba muy borracho, y al mismo tiempo una extraña lucidez me guiaba. El fantasma en mí, en mi etilicopsicodélica piel.



Entonces me tropecé con un tipo. Se molestó mucho conmigo, pero por alguna extraña razón, mientras me insultaba y amenazaba con trocearme y arrojar mis restos a los cerdos, su violento rostro se fue transformando en una agradable sonrisa que se me daba un aire al gato cabrón de Alicia en el País de las Maravillas. Yo no decía nada, no tenía mucho control sobre mi cuerpo. Sin perder su gran sonrisa dentada me ofreció una pastillita que sacó de una bolsa de plástico. Tuve que hacer un gran esfuerzo para enfocar mis ojos en su mano, entonces vi la cabeza de un lince troquelado sobre la pastilla. Estaba claro que aquello no era una aspirina ni un M&M. La tragué sin preguntar. Me dio una sed terrible, mi lengua se había convertido en un estropajo seco, me sentía como Anacleto en una de sus sedientas desventuras en el desierto.



Entré en el primer local que se interpuso en mi camino, curiosamente se llamaba Espejismos. Era un garito de mala muerte, un local repleto de espejos sucios en el que todo el mundo iba desnudo. Aquello parecía una alucinación, hasta los barrigudos y bigotudos camareros practicaban el nudismo integral. Tuve que despelotarme para que me diesen de beber. Estaba muy “pedo” pero al mismo tiempo era plenamente consciente, aunque no pudiese demostrarlo. Tardé en percatarme de que el ambiente era gay, había muchas chicas guapas y pocos chicos jóvenes, la mayoría pasaba de los cuarenta. Bailé mucho, con ellas y con ellos. La música me envolvía y mi cuerpo se deslizaba como yo nunca hubiese sabido hacerlo. Mientras sonaba Héroes, de Bowie, me acerqué a la barra y bebí varias cervezas; con la tercera pincharon Creep, de Radiohead. Entonces me desmelené. Me hicieron corro. Las guitarras rasgaban mi cerebro y algo dentro de mi cabeza se fundió. Pude sentir cómo me elevaba sobre las cabezas de la gente, como si me hubiese subido en un globo aerostático pret-à-porter. Cuanto más me elevaba más gritaba. Pura satisfacción.



No sé cómo salí de allí, ni cómo recuperé mis ropas, y mucho menos cómo pagué las consumiciones. Tengo algunas lagunas en mi memoria que aún no he podido aclarar.



Mi siguiente recuerdo empieza en los baños de la macrodisco El Meteorito Azul. Allí vuelvo a encontrarme con el tipo de las pastis que enseguida me reconoce y vuelve a sacar su bolsita. Intento negarme pero mi cuerpo no obedece y acepta la invitación. Siento una paz total, aunque me deslumbran las luces de las auras que todo lo envuelven. Veo raro, pero me encuentro muy bien. Entonces suena Smell Like Teen Spirit de Nirvana y corro hacia los altavoces de la pista, me abrazo al más grande, que hace todo lo posible por alejarme a base de tremendas vibraciones. Siento la música dentro de mí, siento el aliento de Kurt Cobain sobre mi piel, gritándome ¿Hola, hola, hola, estás deprimido? Para nada Kurt, estoy de puta madre.

 

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No sé en qué momento me llegó el bajón. Supongo que cuando la disco cerró y a plena luz del día me encontré en la calle, sin saber a dónde ir ni qué hacer. No tenía sueño, sólo sed. Me quedé mirando a lo que parecía una muchacha gótica. No tardó en venir hacia mí. No he visto una mujer tan lívida en toda mi vida, excepto en las películas de vampiros y muertos vivientes; parecía un reflejo de una de esas lunas tan pálidas que te hacen estremecer con un frío interior. Su escaso vestido negro acentuaba aún más su palidez. Ella hablaba y yo a todo le decía que sí. Me cogió del brazo y me presentó a sus amigas. Todas ellas, las tres, tan blancas que no tenían ni un solo lunar. Eso lo pude comprobar después, más tarde.



Me metieron en su coche y nos fuimos a una fiesta privada. No conocía aquellas carreteras que se iban convirtiendo en polvorientos caminos alejados de la civilización.



Cuando llegamos, la fiesta era un muermo, sonaba el Berlín de Lou Reed. La presencia de mis acompañantes parece que levantó algo el ánimo y cambiaron de canción sin dejarla terminar. No es que sea un melómano, pero me disgustan los coitus interruptus musicales. Menos mal que la voz aterciopelada de Sade le dio al ambiente algo tan agradable y sensual que me cambió la emoción.



Y, como no hay dos sin tres, de nuevo apareció mi amigo el pastillero. Ni me molesté en intentar un rechazo mental, directamente cogí la cabeza de lince y me la tragué. Y una vez más, la sensación de tener una sed implacable, de ser un campo agostado al que ninguna tormenta puede refrescar. Estaba flotando. Estaba muy colocado. Todo lo que me rodeaba me daba muy buen rollo.



De repente vi la piscina. El agua me llamaba desde su quietud azul. Deseaba fundirme en ella, con ella. No deseaba ahogarme, ni tragarme toda el agua, simplemente deseaba apagar las llamas que me abrasaban en lo más profundo de mi ser. Quería fundir aquel cielo acuático con las brasas de mi infierno particular. Ansiaba abandonar aquel dolor añejo y cansino, aquel hondo pesar que me impedía ser feliz. Así que me desnudé, otra vez, y me arrojé a la piscina. Caí en plancha. Desde la cara hasta los empeines, sentí una gran bofetada seca. Aquello no me impidió disfrutar de la sensación de haber vuelto al útero de mamá. 



Hasta que empezó a llover gente. Las primeras en caer fueron las cuatro chicas pálidas, el sol refulgía en sus cuerpos blancos generando fractales luminosos bajo el agua. Tras ellas todos los demás. Cuando salí de la piscina estaba tan arrugado como una pasa; desde la punta de los dedos de los pies hasta la coronilla.



A las cinco de la tarde mis amigas me dejaron a la puerta de los apartamentos Marea Baja. Asomadas en el balcón del quinto A estaban mi mujer y su madre. No tenían buen aspecto, parecían haber pasado mala noche. Antes de traspasar el portal mi suegra ya había graznado su colección de feos insultos hacia mí. Es una sádica a la que le encanta hacerme sufrir, en veinte años de convivencia aún no me ha preparado ni una sola croqueta de jamón, y eso que presume de ser una artista de la bechamel.



Su hija tardó tres días, con sus tres noches, en dirigirme la palabra, y cuando lo hizo no dijo nada agradable. Fueron unos días horribles, y no por sus ariscos silencios ni por las continuadas y mezquinas protestas de mi suegra, sino por la permanente resaca que me tocaba sufrir calladamente.



Casi me cuesta el divorcio, y eso que no hice nada que deshonrase nuestra relación matrimonial. Aquellas chicas tan pálidas eran más sáficas que góticas. ¿Qué le vamos a hacer? Nadie es perfecto. 



'SPIN OFF' DE MAREA BAJA



Me miraba tan fija y descaradamente que pensé que no me veía, que su mirada iba más allá de mí, que yo simplemente era algo que se interponía entre sus ojos y un horizonte deseable. No se suelen ver tipos maduros a esas horas de la mañana, y aunque supuse que estaría algo colocado, su aspecto era agradable, sano, incluso divertido.



Así que no me lo pensé mucho y me dirigí hacia él, que estaba allí, varado en medio del aparcamiento cada vez más vacío y soleado. Había algo en él que me atraía, su aspecto descuidado pero aseado, como si fuese un cetáceo que ha perdido a su manada, su rumbo, pero que lejos de sentirse angustiado se deja llevar por las corrientes marinas sin importarle terminar varado en una playa lejana o destrozado al ser arrojado por violentas olas contra inmutables arrecifes. Aquel tipo me inspiraba ternura, y eso es algo a lo que nunca me he podido resistir.

 

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Mientras me acercaba sus ojos me seguían, así que no tuve dudas de que el objeto de su mirada era yo. La conversación duró poco, él a todo asentía, como si no supiese decir que no. Su mirada era más inteligente que su conversación monosilábica. Algo dentro de él bullía de vida, podía notarlo, aunque nada en sus expresiones pudiesen confirmarlo. 



Sin consultarlo con mis amigas le invité a acompañarnos a una fiesta privada, en el campo. No se lo pensó, no cambió su discurso, dijo que sí.



Cuando se lo presenté a mis coleguis, éstas me miraron con aire cansino, no les agradaba esa manía mía de recoger perrillos abandonados para luego terminar volviéndolos a dejar desamparados. A ellas les costaba poco encariñarse con ellos, así que luego sufrían cuando desaparecían de sus rutinas compartidas conmigo. Aún así no pusieron ningún reparo en que nos acompañase.



Hay gente que se piensa, cuando nos ve a las cuatro juntas, que somos góticas por el simple hecho de ir vestidas de negro y ser tan pálidas. Nunca hemos intentado desmentirlo, decir la verdad siempre genera tener que dar demasiadas explicaciones. La verdad, ese hecho tan incómodo, es que nos conocimos en la Clínica Dexeus de Barcelona hace ahora diez años. Las cuatro padecemos una alteración genética que afecta, cuando menos, a la pigmentación de nuestra piel. Durante estos años nos han utilizado como conejillas de indias, como ratoncillas de laboratorio, buscando una solución, no ya para nosotras sino para futuras generaciones. De momento han aprendido mucho sobre esta “enfermedad” pero no han encontrado ninguna solución. Y el caso es que nuestra palidez tiene fecha de caducidad, ninguna persona afectada ha sobrepasado los veinte años de edad. Un cáncer fulminante de piel acaba con todo en menos de un año. Nosotras, las cuatro, cumplimos los dieciocho este año. Así que nuestras expectativas, nuestros sueños, nuestras ilusiones, han llegado a un punto sin retorno. Dentro de poco más de un año estaremos todas muertas.



Como la idea de pasar nuestros últimos días de vida postradas en la cama de un hospital no nos parece nada deseable, hemos decidido poner fin a nuestros días anticipadamente, éste será nuestro último verano. Y esto nos da una libertad terrible. Tenemos tal ansia de vivir que no queremos perdernos nada, o casi nada.



Cuando hemos llegado a la fiesta, sonaba una música deprimente, menos mal que enseguida la han cambiado y la mañana ha tomado un aspecto menos sombrío, más sensual, de una calidez vital. Nuestro acompañante parecía agotado, aunque no ha tardado en espabilarse y lanzarse a la piscina totalmente desnudo. Ha sido como una invitación a despojarnos de nuestras tristezas, de nuestras dudas y temores. Nos hemos tirado al agua como vinimos al mundo, sin pudor. Soy la única virgen del grupo, mis amigas también lo eran al principio del verano pero yo aún no me he decidido, me da cierto temor perder algo que no significa nada pero a lo que se le da tanta importancia. Dentro de unas horas seré un cadáver, un hermoso objeto inánime, y no creo que a nadie le importe la intachabilidad de mi himen, aún así siento reparos, supongo que será por la educación que he recibido.



Me gustaría hacer el amor con mi desamparado amigo, hay algo en él que me llena de ternura. Me mira con dulzura, con deseo, sí, pero no hay violencia alguna en su apasionada mirada. He intentado insinuarme, dejarle que me seduzca, pero… no se entera. 



Creo que está tan colocado que aunque su corazón funciona correctamente, su cuerpo va por libre, al margen del deseo sexual. He intentado, con la ayuda de mis amigas, ponerle “a tono” pero lejos de conseguir mi objetivo lo único que he conseguido es que nos mire con cierta compasión. Como si fuéramos algo inalcanzable, fuera de su radio de acción. 



Le hemos dejado a la puerta de los apartamentos “Marea Baja”. He sentido dejarle allí, abandonado a su suerte. Mientras le veo desaparecer, a través del espejo retrovisor, el fin de nuestros días acelera nuestros corazones a sabiendas que nada nos aguarda ya.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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