Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/10/2017
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Sol Gómez Arteaga
5/10/2016

El deseo


“El deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe”. 
Luis Cernuda 

 

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Hace unos días estuve más de una hora en un concesionario de coches de lujo, hilo musical incluido, y mientras esperaba me detuve a observar las paredes plagadas de frases en las que leí cosas del tipo “te gusta conducir”, “vivir la conducción como si fuera la primera vez”, “ menor consumo con mejores prestaciones”, “disfrutar es cuidar cada detalle”, “experiencias que se disfrutan una y otra vez”, ilustradas con imágenes de vehículos circulando por sinuosas carreteras y parajes de ensueño, que sin duda tratan de reflejar el confort y la excelencia de la marca que predican. Es evidente que detrás de este escaparate hay todo un estudio de la psicología del consumo que apela al deseo del cliente, de un determinado cliente.

  
El deseo es un tema que siempre me ha interesado, pues creo que es el auténtico motor de nuestras vidas. Deseo como pulsión para llevar a cabo determinados proyectos, y conseguir ciertos objetivos y metas. Decía un profesor de escritura que tuve, Ángel Zapata, del que aprendí mucho, que el deseo es irracional, nace del inconsciente, de la parte desconocida del ser, de la parte reprimida, de la sombra. No se sabe bien, ni se puede enunciar con palabras o razonar por qué alguien quiere o rechaza algo. Y para explicar esto ponía como ejemplo la gran película de Patrice Laconte (1990) titulada “El marido de la peluquera”. En ella Antoine, el protagonista masculino, cuando tenía trece o catorce años, ve a un hombre apaciblemente sentado y pregunta quien es, y alguien le responde que es el marido de la peluquera. El niño se queda prendado de esa imagen en la que ve al hombre pleno, completo, y de mayor quiere ser como él. Lo consigue cuando encuentra a Mathilde y se encanta de ella. O de lo que ella representa para él.  

 
Mueve nuestras vidas el deseo, pero también la anhedonia, (del griego an- “falta de” y hedoné “placer”), que es la incapacidad para experimentar placer, la pérdida de interés, la insatisfacción en casi todas las actividades. Deseo y su contrario son, dejando al margen condicionantes externos y atendiendo a nuestra fuerza interior y genuina, los que hacen que estemos donde estamos, que tengamos lo que tenemos o que no hayamos conseguido lo que en un momento dado pretendimos. Si esto es así es que no hemos deseado lo suficiente. 


No se puede hablar de deseo sin aludir, cómo no, al deseo físico que tiene sus etapas, sus altos y bajos, sus picos, sus gradaciones, y que en el nivel más alto, en el grado sumo, puede convertirse, -¬¬lo vimos en la magistral película japonesa de Nagisa Oshima titulada “El imperio de los sentidos” (1976)- en un pozo sin fondo, en una obsesión, que lleva a sus protagonistas, tal es el deseo de éstos de plenitud, de posesión, de estar siempre dentro del cuerpo de otro, al extremo diametralmente opuesto, al tanatos, a la nada, al vacío, a la carencia de sensaciones, a la muerte física.  

 
En este mundo variado, múltiple, disperso, en el que el abanico de cosas que nos gustan y nos disgustan son también múltiples, variadas, dispersas, un ejercicio muy bueno para saber cuál es nuestro auténtico deseo podría ser dibujar un árbol, colorearlo, y colgar en él todas aquellas cosas que queremos, para al final quedarnos con una y ésa, solamente ésa, es la nuestra, a la que dedicaremos tiempo y esfuerzo y energía y, en definitiva, lo mejor que somos. 


El deseo se transmuta así, como por arte de birlibirloque, en deseo y destino. 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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