Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 11/12/2017
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Sol Gómez Arteaga
22/09/2016

Tiempo de vendimia

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Hubo un tiempo, yo no lo conocí pero me lo han contado, hablo de la primera mitad del siglo veinte, en que mi pueblo estaba plagado de majuelos. Frente a los dueños de grandes extensiones de viñedo, que por estas fechas contrataban mano de obra asalariada para arrancar el fruto preñado de la vid, había una rueda de pequeños propietarios, dueños de unas ‘cuartas’ de viñedo, que se las ingeniaban ellos solos o en familia para tal menester. Seguidamente pisaban la uva en el lagar, y en la bodega que había en cada casa, gracias a un complejo proceso de fermentación, el mosto se transformaba en vino. Saber ancestral cuyas claves se transmitían oralmente de generación en generación. Como de forma oral llegan a nosotros los dichos: “Por San Andrés, el mosto vino es” y “Por San Andrés, el vino nuevo viejo es”.
 

El vino así transformado se vendía en improvisadas tabernas que se habilitaban en las cocinas de las casas, donde los parroquianos acudían, aseados y curiosines, tras dejar la dura tarea del campo, llevando consigo un cacho de pan y una cola de escabeche con que acompañar tan preciado elemento. Allí pasaban el rato, que no todo iba a ser trabajar, y conversaban y cantaban y jugaban a la brisca y apostaban y apostataban y, a veces, hasta discutían acaloradamente, el etanol es lo que tiene, y cuando parece que iban a llegar a las manos, las cosas se atemperaban súbitamente con un “ponnos y danos”. 
   

Era la venta del vino un medio más de subsistencia, que unido al trigo que se sacaba de la parcela y que aseguraba el pan del año, a la matanza del cerdo, a los sueldos siempre escasos, el problema de manutención más mal que bien estaba resuelto. En la apertura de las tabernas se respetaban unos turnos, y la forma de indicar tal circunstancia era exhibiendo un pendón rojo en la puerta. Aunque dice el dicho que “el buen vino no necesita bandera”, y es que en su elaboración siempre hubo quien tenía mejor fama que el vecino. También se vendía a granel para consumo dentro de los hogares. Quienes lo vivieron relatan una amplísima variedad de uva, y citan el jerez, el tempranillo, el verdejo, la mencía, el cañorrollo, el blancote, el quintamadrid, el aragonés, el prieto picudo, sin contar el híbrido que por su baja calidad más tarde solo se utilizaría, junto con el hollejo y el raspón, en la elaboración de orujo.

  
Tiempos de hambre, de mucha hambre, pero también de alegría, de risas, de confianza, como le dijo el dueño de una taberna a un parroquiano que había agarrado una cogorza monumental, ofreciéndole la lumbre encendida de su hogar:
-Arroja, hijo, con toda confianza.

 
Y es que el emisario de Baco nos hace ver doble, o distorsionado, a veces, como cuando fulano, caso verídico también, confundió su habitación con la pocilga y a la cerda con su mujer, y entre  vapores de alcohol etílico, exclamó: 
-Cómo roncas, Marciana, (nombre ficticio), qué áspera estás vida mía. 


La época que yo viví, de la que puedo dar cuenta, es la de los años ochenta. Las cosas habían cambiado mucho y nos ajustábamos a la vendimia ya no por necesidad, sino para ganar unas perras que nos permitían comprar ese capricho que de otra forma no obtendríamos. Empezábamos la tarea con el relente y estábamos hasta entrada la tarde. Por parejas se comenzaba el lineo, que estaba bajo, ‘en vaso’, y los racimos cortados los metíamos en una talega que una vez llena volcábamos en el remolque. De esa época recuerdo unas agujetas que era mentira cochina que se quitaran con agua y azúcar, un sol del membrillo que nos doraba la frente, el olor al bacalao con patatas que comíamos a mediodía, la lagarada, cómo no, de la que ni dios se libraba, un merodeo de abejas que perseguía la melaza de nuestros sudorosos rostros, y lo mejor de todo, el retorno a casa con el remolque lleno de uva que se depositaba  en la bodega cooperativa, y nosotros encima, cantando y mirando un firmamento que nos regalaba, en compensación a tanto afán, sus destellos plomizos y rosas.


Pese a que gran parte de nuestra tierra, tierra de pedernal, no vale para otra cosa, a partir del año dos mil muchos derechos de viñedo se vendieron a otros lugares, y nos quedamos sin apenas vid. Esto ocurrió, básicamente, porque el precio del vino era bajo, la mano de obra elevada y las labores de podar, arar, escocotar, sulfatar, azufrar, demasiado duras, lo que hizo que dicha actividad resultara poco rentable. Algunos años después, se iniciaría el proceso de mecanización, y la recogida de la uva, cuya cepa se planta ahora en espaldera, se haría ya a máquina. 
 

No obstante, una actividad de tanta raigambre merece ser recordada al calor de lo que fue antaño, como todo lo auténtico, como todo lo que nos pertenece y nos conforma. El calor, al menos, pervive en el recuerdo.
 

Rescato una ancestral cancioncilla que pone de relieve las rivalidades entre cuadrillas mientras las imagino unas detrás de otras, como un río serpenteante de vida, regresando al oscurecido en los carros:  

 

Viva esta cuadrilla
Muera la otra
Que parecen madejas 
De seda floja.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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