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Tomás Valle Villalibre
28/09/2016

Dimitri, el músico callejero

 

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Podríamos situar la historia en una ciudad cualquiera, un día de invierno cuando al sol apenas le queda fuerza y casi como sin querer va dejando paso a los titubeantes destellos de las farolas y las diseñadas luces de los escaparates. Hace frio. Durante mi estancia en esta ciudad ficticia suelo sentarme al lado de la ventana del cafetín que hace esquina y ver pasar a la gente mientras de la taza sale un humeante olor a café colombiano.

 

Miro la plaza, hay mucho ruido, muchas historias que pasan, mucha gente que aparentemente no siente frío.

 

Sentado junto al cajero de un banco, un hombre con  su maleta, el pelo canoso y alborotado, la piel pegada a los huesos y el abrigo azul marino y raído, se había animado a escribir en un cartón “necesito unas monedas para volver a mi casa”. La gente camina, pareciendo ir al encuentro de alguien, otros corren hacia algún lugar. Entre el barullo sobresale el sonido de un saxofón. Varios peatones se han detenido cautivados por las virtuosas interpretaciones  que hace Dimitri. Él es un músico callejero que siempre ha sido cuestionado por su forma de vivir y trabajar, un músico que entra dentro de ese grupo de aristas  cuyo trabajo se realiza en un ambiente más social y cotidiano que el de los grandes conciertos, él trabaja en la calle, lugar donde pasa horas y horas mostrando su talento y valía junto a su mejor aliado, el saxofón. Hace unas semanas decidí hablar con él en la misma esquina  donde trabaja, el lugar donde ha pasado horas y horas mostrando su talento y valía a la gente.

 

Me presenté ante él en pleno barullo, con las manos en los bolsillos, con frío. Le propuse tomar un café y charlar sobre él y su mundo, el de un músico callejero. Dimitri hizo una pausa en su repertorio y entorno a la mesa del cafetín, justo al lado de la ventana pudimos hablar durante un buen rato.”Mi vida no es muy distinta de cualquier otra persona, tan solo quizá por mi horario que no es tan rígido, no sigo una rutina fija” . Natural de La Ciotat, un pueblo con hechizo de la Provenza Francesa, vive desde hace tres años con su novia en nuestra ciudad ficticia.

 

Habitualmente se levanta sobre las nueve de la mañana, desayuna solo o con su novia los días que ésta descansa en su trabajo de recepcionista. En alguna ocasión lo hace en un bar donde el camarero es un amigo más, hace las tareas de la casa y comienza su trabajo a las cuatro de la tarde, en su esquina, estando hasta bien entrada la noche. Cuando llega a casa con lo que haya podido ganar, cansado, solo tiene ganas de comer algo y acostarse. “ Para mí tocar en la calle es una adicción. Disfruto mucho tocando”. Dimitri no niega que lo principal es el dinero y que por ello toca en la calle, pero tiene la suerte de hacer algo que le gusta y de lo que disfruta todo lo que puede. Ha tocado y realizado giras con grupos famosos ganando bastante dinero, pero asegura que durante el tiempo que está dando conciertos se vuelve infeliz e irritable. “Necesito estar en la calle, en ella recupero mi alegría habitual. Es como si mi alma necesitara de un traje emocional que solo encuentro haciendo música ahí afuera, siendo parte del mundo”. Afirma que un artista callejero es aquel que puede convertir cualquier lugar en un escenario, siempre que se comporte con seriedad, dignidad y respeto como si estuviera actuando en el mejor auditorio del mundo. A él no le importa cuanta gente esté  viéndolo o escuchándolo. No le importa tener cien espectadores o solamente uno. Sabe que hay un cierto sector de la ciudadanía a la que le gusta su música y eso junto con el amor que siente por su trabajo, le da fuerzas para continuar interpretando temas de John Coltrane, Gene Krupa o Charlie Parker, sin olvidar algunas composiciones propias con las que ha grabado un disco que tiene a la venta en  el estuche del  saxo, que descansa en el suelo.

 

 

Dimitri no se plantea el futuro. Admite que debería pero no tiene planes. Ahora es feliz siendo un alma libre que gusta de disfrutar el día a día, de compartir su música con la gente que pasa o se detiene olvidando sus historias. También le gusta compartir momentos y música con virtuosos del violonchelo, guitarristas de oficio, cantantes pasados de moda, personajes crepusculares desengañados y desarraigados que están de paso hacia el destino de un éxito que difícilmente llegará. Hemos salido a la calle y mientras me alejo entre el bullicio, aprecio el sonido inconfundible del saxofón de Dimitri.

 

A partir de ahora cuando vea un músico  en la calle de esta ciudad ficticia...me preguntaré si será porque la vida le ha obligado por no tener otro medio de vida o por amor a la música. Al oír su música, muchas de mis dudas se desvanecerán y sabré diferenciar quien lo hace por llevarse unos euros a casa o quien lo hace porque le apasiona.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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