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22/10/2016

Mi primera novia fue una cuerda

Por Miguel García Bañales

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Debía de tener siete u ocho años y en el colegio donde estudiaba colgaron del techo del patio cubierto cuatro cuerdas, cuatro maromas. La finalidad era esencialmente subirlas en la clase de gimnasia pero para nosotros se convirtió también en un juego.

 

La verdad es que de aquella teníamos poca fuerza al ser tan pequeños pero poco a poco la fuimos adquiriendo. Admirábamos a aquellos adolescentes que sentándose en el suelo subían con las piernas a escuadra hasta el final, es decir hasta el gancho que las colgaba del techo.

 

Empezamos subiendo como los gatos apoyándonos en los pies y las manos, llegar al techo… una proeza. Pararte arriba y mirar para abajo… fascinante, era lo máximo, los niños menos atléticos te admiraban.

 

Ya potentes en el dominio de ellas empezamos a imitar a Tarzán pasando de cuerda en cuerda, o quedarnos colgados como hacían los trapecistas en el circo.

 

Como ya me creía el rey del mambo, mi gran ilusión era subirla a escuadra como hacían los mayores.

 

Empecé prescindiendo de los pies, pero como no tenía fuerza suficiente me agarraba con los muslos.

 

El hecho es que subiendo así, un día noté un gran calor en aquella parte imberbe de mi cuerpo y que de aquella solo servía para mear. Después del calor le sucedió una sensación de gozo inmensa y tan intensa que estuve a punto de soltarme de la cuerda y caerme al suelo. Me quedé abrazado a ella sin llegar a subirla del todo y pasado el gozo me deslicé por ella hacia abajo. Estaba sorprendido. ¿Qué era aquello?

 

Desde allí, desde abajo, la miraba como si fuera algo mágico, fue mágico, sorprendentemente mágico. Incluso pensaba si estaría encantada, me sentí embrujado por ella. Decidí no contarle a nadie lo que pasaba, sería mi bruja, fue mi bruja, solamente mía.

 

Bueno, el hecho es que cogí tal afición que la subía repetidamente hasta que se agotaban mis fuerzas o la sensación de gozo ya no volvía. Alguna vez no sentía el placer y eso me desesperaba profundamente hasta que descubrí como hacerlo permanente. Todo era cuestión de colocar bien al imberbe y así lo hice.

 

Como hacíamos cola, pues todos querían subir, y me impacientaba mucho esperar el turno, decidí llegar el primero al recreo e incluso llegar el primero al colegio por la mañana y por la tarde para poder disfrutarla sólo.

 

Cuando llegaba arriba y me extasiaba, me quedaba agarrado al gancho, era tan intenso el gozo, además duraba un rato, me sentía morir. Si había alguien a la cola me espetaba: ¡Baja ya, me toca a mí!

 

¡Los odiaba cuando decían eso! Me sentí posesivo: ¡Solo era mía!. Nunca había sido posesivo antes, nunca más fui posesivo, bueno, miento, sí me pasó solo otra vez, solamente una vez más.

 

Me di cuenta que la amaba, que la necesitaba y que no podía vivir sin ella. Cuando pasaba cerca de mi bruja, fuera en formación colegial o no, la acariciaba y me costaba trabajo despegar mi mirada de ella.

 

Al llegar la adolescencia nos separamos pues ya no la necesitaba, pero la quise siempre.

 

Incluso, cuando la descolgaron para no colgarla más y la metieron en un almacén, me daba mucha nostalgia verla sola y abandonada, cuando éste estaba abierto.

 

Tanto ejercicio seguido me fortaleció mucho los brazos a pesar de lo enclenque que era. ¡Jo, practiqué tanto! Así pasados pocos años quedé, en un campeonato de atletismo, tercero en disco, era la primera vez que lo lanzaba en mi vida, y pude ganar en lanzamiento de peso si hubiera puesto más interés y me hubiera entrenado más.

 

Fue mi primera novia, mi amada bruja, esté donde esté, la pensaré siempre. ¡Cuantas veces soñé que me abrazara como en la fotografía!

 

 

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