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Aidan Mcnamara
26/10/2016

Perdiendo el miedo a la ambigüedad

 

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El Estado, mediante la ley y la complicidad abierta de los fabricantes, me advierte que tengo que ponerme el cinturón de seguridad en el coche o sufrir un aviso continuo también llamado pitido. El Estado no confía en mí como sujeto individual. Porque no me conoce. El Estado sí admite que el mundo real está lleno de energúmenos que no van a razonar las ventajas de no salir volando por la luna tras un choque frontal. Y quitar trocitos de cristal de la cara es un estorbo para las arcas del Estado. Y, por mucho que me vacile dicho Estado, comprendo que me quiere de manera ideal (ciudadano) y me quiere proteger de otros que no me conocen tampoco. Acepto la novedad. Y acepto su ambigüedad. Igual soy imbécil, igual no. Y la libertad me brinda dos oportunidades ante ella: mofarme aquí y/o contratar a un mecánico para desactivar el pitido, que me da igual si el otro bulto sale por la ventana porque es sólo la compra.

 

En España, el administrado, hoy día llamado ciudadano, todavía confunde, con un miedo atávico perfectamente entendible, la autoridad con el autoritarismo. La política no es la perfección y por eso encaja mal en un país ideal. Y España es el país más ideal del mundo con la única pega de que está lleno de idealistas. Mandaron barcos de madera contra los de hierro en la guerra de Cuba porque la idea de luchar era noble. Las ideas son fascinantes pero no garantizan las acciones. En España hacemos leyes y luego las llevamos al Constitucional para averiguar si son idóneas. ¿No sería más eficaz hacerlo al revés, consultar primero?   

 

Pero la gran paradoja es que los idealistas no entienden de ideas. Las viven como si fueran reales, Sancho. Porque no son capaces de distinguirlas de la praxis. Tras siglos de una religión donde la idea de pecar o incluso pensar en el pecado ya era pecado, difícil es acatar una decisión no compartida cien por cien. Una especie de coletilla “¿sí o no?” de los paisanos en el bar tras ofrecer una opinión no solicitada. Ese tono rancio, inocente (ignorante), a menudo prevalente en la burocracia. 

 

En una democracia madura el Estado tiene que respetar la inteligencia de sus militantes. Sin adular, que ya somos adultos. En el cartel del tren que reza No Fumar, el formato del cartel ya encapsula la idea de la autoría estatal. Representa la advertencia y una orden. La información es una prohibición y entendemos o deberíamos entender y dar por descontado que esa acción de prohibir ha pasado por los procesos adecuados en un Estado de derecho. Y sin embargo, el Estado se avergüenza de su autoridad. Es tibia. Nos tiene miedo. Aunque el gráfico sea de fácil consumo a pesar del texto mojigato, (véase el final de la frase) el Estado muestra su desconfianza hacia el ciudadano y hacia su propia autoridad al proporcionar la justificación de la presencia del cartel con la reproducción de la fecha del Real Decreto con sus barras imponentes. Acomplejar a los ciudadanos, en este caso con jerga legal (¡Vaya! Voy a revisar mis conocimientos jurídicos mientras viajo gracias a mis impuestos) e información redundante es uno de los caminos clásicos del autoritarismo. No es pedagogía. Es poner distancia.

 

Es un Estado temerario, que nos trata como tontos mediante la exageración de su importancia. (Todavía echo en falta el Real Decreto detrás del cartel No Asomarse).

 

Y, si el lector va cosiendo los hilos bien, tampoco entenderá por qué Sánchez, Díaz y todo el aparato “Yo soy la oposición ideal”  (como si tuvieran estatus estatal) no se fueron de copas hace nueve meses para imaginar y prever las consecuencias del nuevo (re)parto en Las Cortes. Sería que todavía no sabían que la idea de hablar las cosas en privado no es la acción de emborracharse en público.

 

La resaca conduce a la abstención temporal a no ser que ya seas alcohólico. Y el poder es tan adictivo que algunos piensan que la izquierda es su derecho. 

 

Nos vemos en quince, me imagino.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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