Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 28/03/2017
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
27/10/2016

La última lección

Por Pedro Martínez

Todo lo que hemos vivido últimamente nos ha hecho tener calma y sorna y hasta sentido del humor, lo que quiere decir que podemos estar ya preparados para empezar a entendernos. No necesitamos que alguien trace un itinerario porque entre las generaciones que convivimos en este momento reunimos experiencias suficientes como para encontrar salidas que podrían ser acertadas. La vida social es ahora más diáfana que la de otras épocas y tenemos  ya muy claro que aceptar las diferencias que la realidad presenta lo hace todo más sencillo. Sabemos también que llegar caminando hasta aquí ha sembrado el camino de miserias y amarguras que nadie, casi nadie,  quiere desde luego repetir. Puede que nos haya llegado ya la hora de la madurez  colectiva.

 

Las estatuas que nos ha impuesto el pasado se han venido al suelo y se han destrozado como en un terremoto devastador  y andamos  ahora perplejos entre escombros. Las grandes instituciones que organizaban nuestra vida, como el poder del dinero o el de la Iglesia, el mundo de los intelectuales y   el de los creadores, todos han sido invadidos por una oleada de pillos que, mientras aparecían en los medios siempre riéndose, estaban saqueando las arcas del país  con el objetivo  único de resolver su vida para siempre. Empezamos a oír hablar de millones, de miles de millones,  viendo ante nuestros ojos el espectáculo circense de quienes se los han apropiado  sin considerarse por supuesto  culpables. Nadie es culpable. Se vacían las arcas comunes sin que nadie confiese haber robado.

 

La crisis apareció como una tormenta que nos dejó a  todos sin capacidad de reacción. No sabemos aún qué es lo que ha pasado, pero comprobamos a diario que las esperanzas que nos había traído por fin el progreso en cierto modo se las llevó por delante la crisis, dejándonos alelados mientras nos mirábamos unos a otros. Al final, para que se entienda realmente lo que pasó habrá que contar la historia de nuevo, lo que va a ser tarea de historiadores capaces de someter a juicio la propia historia; es decir, la que hemos vivido y la que se nos ha contado como una sugerente  mentira.

 

Cuando llegó en los años 70 a nuestro país la democracia, en algunas zonas bullían los primeros intentos de renovar la cocina al hilo de lo que estaba ocurriendo en algunos países vecinos. De un modo tranquilo y aguantando estoicamente el poco interés que los ciudadanos  le prestábamos apareció una idea revolucionaria de transformar la cocina. Así, en medio de todo, ha ocurrido algo totalmente inesperado, pues quién nos iba a decir que  en plena fiebre de la comida pantagruélica iba a surgir un grupo de gente dispuesta a cambiar nuestra relación con los víveres. La generación de la guerra, desde una parquedad   muy general nos acercó al festín de la mesa como si fuera esta la verdadera victoria tras una contienda injusta. Con las estanterías de las tiendas rebosantes de cosas para comer les dimos a nuestros descendientes todos los caprichos necesarios,  demostrando que no comer ya no tendría que ver con pasar hambre.  Ha sido una obsesión colectiva la de comer sin freno  todo lo considerado más sabroso hasta que sonó la alarma, cuando las alertas en nombre de la salud nos han llevado a emparejar lo bueno con lo insípido y lo pernicioso con lo más apetecible. Y en esa disociación traumática estamos. Pero ha sobrevenido un milagro que pretende descubrirnos que la comida no va a pertenecer más al mundo de las necesidades, que la larga historia de la humanidad tratando de satisfacer el hambre puede levantar el vuelo y acercarse ahora  a nuestra misteriosa búsqueda de la belleza. La comida se está convirtiendo en un placer intelectual, que se puede sentir solamente cuando ningún alimento se desdeña, cuando no se anteponen los caprichos en el acto de comer. Desde esa mirada el mundo de los vegetales se convierte en una explosión de colores, de texturas frescas o pasadas por el fuego; lo crudo y lo cocido se dan la mano. El conjunto de las proteínas ha dejado de ser el gran premio del festín, ya que ahora el mundo de los alimentos terrestres es inabarcable y la forma de modificarlos para ser comidos multiplica enormemente su existencia. Es necesario, eso sí, superar los caprichos y las manías que enfermizamente invaden el acto de comer. No hay quizás ningún campo de la vida humana tan afectado por la ruptura de barreras como lo está este.

 

En cualquier caso lo nuestro ha sido insólito, pues nadie podía imaginar que el gremio de la cocina iba a convertirse en una fuerza influyente como pocas. Ha constituido por derecho propio un grupo intelectual bien comunicado, que no hace apartados ni maneja secretos, que considera todo lo que abarca la ciencia de la cocina como un bien común que nos llevará a mejorar la vida a través del arte de comer. En nuestra sociedad, tantas veces incomunicada, nunca había ocurrido algo así. Gente que ha adquirido experiencias sorprendentes, relacionadas con el gran negocio de la comida, ha puesto lo aprendido al servicio de todos. Nunca en nuestra tierra ha tenido lugar un gesto generoso como este: Un trabajo que en nuestra cabeza  era propio de criadas lo han convertido en una ciencia de alto nivel puesta a disposición de quien quiera prestarle atención.

 

Podemos dejar de matarnos bebiendo y masticando sin tener que olvidar el placer de comer y beber. Si esto no es milagro a ver quién es capaz de imaginar algo mejor. Cuando todo esto de la nueva cocina empezaba las mofas eran rutinarias y altaneras; rutinarias porque repetían siempre las mismas frases y altaneras por el desprecio que suponía la comparación de cómo se llenaba el plato en esta  recién llegada frente a los platos desbordados de nuestra tradición. Los estragos causados por la comida nos han hecho callar y, desde luego, no volver a ridiculizar lo nuevo con la espléndida generosidad del pasado. Ahora sabemos que la innovación en la cocina rinde culto a lo que la naturaleza nos brinda para alimentarnos y que su papel consiste en aplicar una tecnología que destaque sus cualidades buscando la manera más inteligente de hermanar sabores, hallar el mejor de los contrastes o, simplemente, conseguir un resultado soberbio en estado puro. Esta nueva cocina no se burla de la tradición, la incorpora como la mejor fuente de inspiración de  la que se puede partir y, al mismo tiempo, diluye todas las fronteras que ha creado la historia. Nunca como hoy habíamos tenido tan cerca los hábitos en la comida de otras culturas. Todo empieza a sorprendernos y a resultar deseable, pues nuestro paladar parece que tenía todavía espacio para lo desconocido. Cocinar es un trabajo que encierra mucha sabiduría y comer se va convirtiendo poco a poco en nuestro vínculo definitivo con la naturaleza, pues el acto de comer es ahora  un acto estético que despierta todos nuestros sentidos. Ha comenzado una nueva era en la que los alimentos terrestres y nuestro cuerpo aspiran a vivir la experiencia de una obra de arte recién descubierta, siempre inacabada, pues hay en ella un rango que la hace lógicamente caduca al mismo tiempo que nos permite iniciar siempre un nuevo proceso. La cocina esconde recursos de los que carecen otras artes, pero su valor más digno es la capacidad que tiene de provocar arrebato en todas las voluntades; no es de minorías pues nos pertenece a todos, nos llega a todos. Hemos encontrado un empeño que lleva camino de ser colectivo.

 

Es inevitable relacionar esta nueva historia de la cocina con la democracia, pero la vida política, que nos hubiera fascinado de un modo parecido, no ha tenido ni mucho menos la misma grandeza. Los políticos han llevado a su lenguaje los malos vicios que ya teníamos en la convivencia, como echar las culpas de todo a los demás, mentir para tener razón, ofrecerse como salvadores sin tener nada previsto para conseguirlo.

 

Siempre nos hemos echado a nosotros mismos la reprimenda de ser incapaces de aunar criterios, de no trabajar nunca en equipo, de no someternos a ninguna disciplina por el bien común. La gente de la cocina lo ha conseguido y el resultado no ha podido ser mejor, pues gracias a ellos ya tenemos a un gremio que pone todo encima de la mesa de manera que no haya secretos para superar etapas sin tener que partir siempre de cero.

 

La vida política podría ser el medio más eficaz para la reflexión colectiva, pero los que trabajan en esto han optado por hacernos la pelota a los ciudadanos como si los votos sumaran siempre razones objetivas. Han decidido, y esto es lo peor, arrancar aplausos tras lanzar insultos e improperios utilizándolos como halagos a la masa  falsamente enfervorecida. Ya solo sirven estas imágenes de los mítines como escenas de un programa cómico. El respeto a las ideas va perdiendo toda su grandeza arrollado por las estupideces que esconde la falta de ideas, por la incapacidad de elaborar los juicios críticos que los grandes e inevitables cambios nos están poniendo delante de nuestros ojos. De no haber remedio ni esperanza, que la tierra nos sea leve, pues, en cualquier caso, el arte de comer nos llevará al Cielo.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress