Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/10/2017
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Tomás Valle Villalibre
3/11/2016

Peluquería & Barbería

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Cuando era un chaval, quiero recordar que en nuestra ciudad había más barberías que peluquerías de señoras. Algunas hasta lucían en su fachada unos coloridos postes, que en mi mente infantil llegué a imaginar que eran una versión del chupilargo que le compraba a la señora Pilar en su kiosco de la plaza, bajo los soportales.

 

Rebuscando en el fondo de mi memoria recupero la imagen y los recuerdos de aquellas barberías y peluquerías que se repartían por nuestras calles hace varias décadas, como la del señor Pedro que estaba situada haciendo esquina en el edificio y lugar que ahora ocupa el Kiosco Alonso. En la plaza de Santocildes la peluquería Manolo, en la de los taxis la de Paco, en Alonso Garrote la de Víctor, en Mártires de Somiedo la de Centeno, y así podría ir enumerando un significativo número de ellas.


En ocasiones conminado por mi padre, que consideraba que mis greñas eran demasiado largas porque cubrían unos milímetros mis orejas, acudía al sillón del peluquero-barbero. Por entonces para mí, peluquero y barbero era lo mismo, eran sinónimos. En mi caso, mi padre, me llevaba a la del señor Pedro por ser la más próxima a nuestra casa. El piso era de terrazo granate con una cenefa alrededor, a ambos lados, había varias sillas de formica donde esperar el turno, un perchero de pared y al lado una mesa también de formica, con alguna revista de Hola y tebeos del Capitán Trueno, Tintín o Roberto Alcázar y Pedrín. Enfrente los dos sillones típicos de barberos, con los reposacodos y reposapiés de metal, eran  giratorios y se podían subir o bajar, auténticas obras de arte. Frente a los sillones un espejo que ocupaba, prácticamente toda la pared y una repisa de formica, con cajones, sobre la que reposaba el instrumental: peines, tijeras, la navaja de afeitar, brochas, cepillos y algún producto cosmético, entre los que destacaban los clásico Floid y Varón Dandy, que impregnaban con su olor todo el salón.


No hace mucho tiempo, las barberías, también las de nuestra ciudad, estuvieron en peligro debido sobre todo a la proliferación de las peluquerías unisex, un producto surgido de los movimientos culturales nacidos en las últimas décadas del pasado siglo y que dentro de la búsqueda de igualdad y unidad dieron origen a distintas modas y tendencias donde se desvanecía la línea divisoria entre lo masculino y lo femenino, acaparando prácticamente todo el mercado de la estética tanto de mujeres como de hombres.


Según un amigo peluquero, desde hace tres años aproximadamente han comenzado a aparecer en las ciudades peluquerías & barberías que intentan rescatar la tradición aprovechando la moda de la barba poblada, conocida como estilo hispster y que se ha extendido entre los hombres. En Astorga salvo error, por el que en todo caso pido disculpas, contamos con tres peluquerías & barberías para hombres. La más antigua es la de Víctor que ha seguido una tradición familiar desde 1912, le sigue la Peluquería & Barbería Pedro fallecido hace unos meses, y la más reciente sería la de Sergio. 


Quisiera referirme a la de Pedro, en la Plaza Calvo Sotelo, que permaneció cerrada durante un tiempo debido al fallecimiento de su dueño. Pasar por delante del establecimiento y verlo cerrado me producía un extraño malestar. Hace un par de meses al cruzar hacia la plaza de la Semana Santa me di cuenta que tenía vida, estaba abierta y en su interior un joven peluquero estaba cortando el pelo a también un joven cliente. Me interesé por el peluquero en cuestión ya que no es habitual que alguien se haga cargo de una peluquería & barbería en los tiempos que corren, con la crisis abierta de par en par. Felipe que así es su nombre, está ilusionado por tener su establecimiento en la ciudad donde ha nacido y pretende contribuir junto al resto de profesionales del gremio para devolver a el arte de la barbería & peluquería el honor que se merece, aportando su  buen hacer en esta profesión llena de nostalgia e historia. “Antes, el barbero era el confidente del barrio, la gente le contaba a él sus historias y él daba sus consejos. Tenía remedio para todos los males”, me dice el señor Manuel, un octogenario que se  para a mi lado, mira para el interior y como queriendo explicarme lo que estábamos viendo, me asegura que él siempre ha sido cliente asiduo de las peluquerías para hombres, de nuestra ciudad. Rematando su aclaración, me recita parte de ‘una milonga’ que más o menos decía así: “Colorida espiral anunciaba /aquel típico barrial salón / dónde las figuras mejoraba / peluquero de vocación. Peluquería de barrio / que me trae mi evocación / hoy te entrego esta milonga / nacida del corazón”.
 
 
 

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