Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 11/12/2017
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Sol Gómez Arteaga
9/11/2016

El silencio

 

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Vivimos rodeados de ruidos. Ruidos de vehículos, ruidos de voces, ruidos de teléfonos, ruidos del televisor, ruidos de electrodomésticos, ruidos de conversaciones, ruidos de la radio, hasta nuestra cabeza, siempre bullendo, está llena de ruidos. Y tan acostumbrados estamos a los  ruidos continuos, a veces simultáneos, que cuando se impone el silencio nos sentimos abrumadoramente vacíos. 


  
Pero el silencio también comunica, expresa, dice, significa, se significa, insinúa, reivindica,  transmite, sentencia. El silencio es, sin lugar a dudas, una forma callada de lenguaje.


  
Tal es así que hay silencios, los del amor no correspondido o la espera desesperada, que matan; silencios que al guardar bajo siete llaves la lealtad del secreto, salvan vidas; silencios  dolidos como los que sobrevienen tras la pérdida de aquellos a los que queremos; silencios de paja, que no dicen nada, y silencios tan hondos que lo dicen todo. Hay silencios solidarios con la tragedia, ‘guardar un minuto de silencio’, silencios expectantes y silencios espectrales. Hay silencios apurados, como cuando uno va en el ascensor con el vecino del quinto y recurre al recurrente tiempo; silencios de miel como el que se instala entre los amantes tras el  furor de la pasión, y silencios tan amargos como hieles. Hay silencios pausados, los que van entre comas, puntos y entre puntos y comas; silencios interrogativos que dejan un enigma en el aire y silencios admirativos como los que despierta un destello de luz al pasar por nuestro lado. Hay silencios impuestos, como el que imprimió el franquismo a sus víctimas durante más de cuarenta años, -chis, chitón, callar, no decir, esto que no salga de aquí, que no se sepa-, que cuando se rompen dando paso al grito acallado son capaces de agujerear el aire. Hay silencios grandes como castillos y silencios pequeñitos como casas de muñecas. Hay silencios reflexivos y crispados y vehementes y vergonzantes y suaves y azules, cargados de añoranza. Hay silencios reverenciales como el de las catedrales y los claustros, los cementerios y los museos. Hay silencios naturales, el de la lluvia, el de una cascada, el del crepitar de hojas en el bosque, el del canto de los pájaros, el de la noche. Hay silencios más silencios que otros, como cuando uno quiere oír el ruido de olas y aguza el oído para escucharlo mejor. Hay silencios transidos por la costumbre, como el de dos que miran la pantalla del televisor mientras piensan en otra cosa. El silencio, de ser de un color, sería blanco. Al principio fue el silencio, luego el verbo, la palabra, y al final, cuando no haya nada, será el silencio. Porque la eternidad, la eternidad es silencio. 


 
Los refranes y frases populares, tan sabios, anteponen el silencio al ruido: la palabra es plata, el silencio oro; la mejor palabra es la que está de por decir; dar la callada por respuesta; el que calla, (pero no es verdad) otorga; en boca cerrada no entran moscas; ver, oír y callar; por la boca muere el pez; lo que sepa la mano derecha que no lo sepa la izquierda, aunque al revés, digo yo, también vale.

 

Wittgenstein decía que de lo que no se puede hablar había que callar, en tanto que Kierkegaard opinaba que el más seguro de los mutismos no era callar, sino hablar. Para gustos  colores. Aunque puestos a comparar el silencio es igual de importante que el sonido, porque sin sonido no se podrían hacer silencios. El trompetista y compositor estadounidense Miles Davis afirmaba que el silencio es el ruido más fuerte, quizá el más fuerte de todos los ruidos. Y puestos a elegir, frente al sonido estridente, frente al lenguaje vacío, hueco, huero, soy partidaria del lenguaje del silencio. ¡Y es que en el silencio caben tantas cosas! En el silencio está aún la posibilidad, ya que cuando se empieza a hablar todo cambia. Ah, del poder del silencio, el segundo poder del mundo, decía Henri Lacordaire.


  
Escribo esto en medio del silencio de la lluvia un domingo en la ciudad, escenario donde nunca hay silencio. Aunque de pronto, no sé, me ha parecido ver pasar un ángel. 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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