Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 23/06/2017
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Sol Gómez Arteaga
24/11/2016

Otras miradas

 

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Federico, llamémosle Federico, es un camillero del hospital, tiene mujer, una hija, casa, ingresos fijos, vacaciones de un mes en la costa de Almería, un scottis de color tierra llamado Jumbo al que saca a pasear todas las noches por el barrio de Moratalaz en el que vive. Hace tres meses en uno de esos paseos sufrió un atraco, y poco después del incidente, empezó a notar que una mafia de norcoreanos, cuyo jefe responde a las iniciales K.H.7., le sigue, le persigue, quiere acabar con su vida. A través de los cables de la luz le ha puesto cámaras y ve y escucha todo lo que dice. Cuanto más le intenta convencer su mujer que eso no es posible, más insiste él en lo contrario. Hasta el punto de creer que ella también conspira en contra suya  y le quiere envenenar. Lleva tres días sin probar bocado. Su caso, insiste, es real, la prueba es que ha interpuesto seis denuncias en comisaría.  


Teresa, llamémosle Teresa, oye voces, unas son buenas y no le preocupan nada, pues le animan a escribir, a pintar, a ser creativa, ya que ella carece del léxico y la técnica, mientras que otras, en cambio, son terroríficas. Mátate, la dicen. A éstas, sí, las tiene pánico. Ha probado a taparse los oídos, a escuchar la radio, a cantar mientras la hablan, pero esta vez, abducida por las voces, ha subido a la azotea dispuesta a tirarse desde el decimotercer piso. Afortunadamente, el portero de la finca llegó a tiempo de impedirlo. Ahora está ingresada en el hospital. Sin embargo, vive en guerra permanente con las voces buenas y malas.

 
José María, llamémosle José María, está en fase maníaca. En tres meses ha dilapidado la herencia que le dejó su madre comprando dos pisos, un ático, cinco lavadoras, cuatro microondas, cincuenta sillas que ha colgado de las paredes de su casa para poder desplazarse de una estancia a otra. Ha acumulado un sinfín de multas por aparcar indebidamente, y tiene un requerimiento judicial por insultar a un policía que le pidió la documentación. Esta temporada habla muy deprisa, camina deprisa, el pensamiento le funciona deprisa. Siente que el mundo gira en torno a él como un tiovivo de colores. Cuando le venga el bajón, la vida le pesará como una losa.

 
Lorena, llamémosle Lorena, tiene dieciocho años. A veces está 'normal', pero otras, sin que haya un motivo que lo desencadene, le da por agredir y agredirse. Un día destrozó parte del mobiliario de su habitación, otro pintó “Resistir” en las paredes con spray negro. Tiene los brazos llenos de lesiones que ella misma se inflige para aliviar su sufrimiento. No puede controlar sus impulsos, y su familia, amigos de la infancia, profesores, están hartos de su  comportamiento. El rechazo que provoca en los demás parece que es su forma de estar en la vida. 


Edgar, llamémosle Edgar, bebe una cerveza tras otra. Ha llegado a beber hasta siete litros al día. Cuando las pocas veces que está sobrio reflexiona sobre ello, le embarga un sentimiento de vergüenza, de nulidad, de culpa. Entonces hace propósito de enmienda. Pero sale a la calle y bebe otra vez. Aunque sabe cómo, ha realizado ya tres tratamientos de desintoxicación, no es capaz de dejarlo.  


S, llamémosla S, se lava las manos cincuenta veces al día porque cree que todo lo que le rodea está sucio, y tiene miedo de que esa suciedad la enferme, la contamine, la traspase. Sin embargo, fue al pasar doce horas bajo el grifo ardiendo cómo se descamó la piel. 


H.B.T., llamémosle H.B.T, acumula en su casa periódicos desde que en el año setenta y cinco se instauró la democracia. Con ellos ha formado una fortaleza que nada ni nadie podrá franquear. Cierto temor y olor a podredumbre han alertado a los vecinos y un juez ha hecho que su bastión de cuarenta y un años de libertad, como si de una frágil torre de naipes se tratarse, se desplome de pronto.

   
Federico y Teresa y José María y Lorena y Edgar y S y H.B.T., padecen un trastorno mental cuyo diagnóstico, apellido o clasificación en el DSM da un poco lo mismo, pues lo que realmente importa es el tremendo sufrimiento que provoca en las personas que la padecen. Y es que uno de los mayores miedos que tenemos es perder el control de nuestro cuerpo, de nuestra mente, de nuestra vida que, frágil y contingente, gravita en la cuerda floja de la salud y la enfermedad. 


Pero si eso pasa, si perdemos las riendas, la mejor forma de hacerle frente a la enfermedad mental, como ocurre con cualquier otra cosa y en cualquier otro campo, es conocerla, identificarla, hacerle un hueco, darle cabida, aliarse y aprender a vivir con ella dentro de la olla a presión -válvula de escape incluida- que constituye nuestro  interior. 


Llevarse bien con ella o, al menos intentarlo, desde la parte sana que todos, raros y menos raros, tenemos.  

 

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