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Max Alonso
14/12/2016

La desinformación

 

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En los tiempos que vivimos,  tan acertadamente calificados de la ‘postverdad’, las cosas no parecen remediarse sino que van a más. Ejemplos flagrantes los aporta la elección del presidente de EE. UU. con una campaña preocupante, no por modélica sino por desafiante, en la que formuló afirmaciones que no se adecuaban para nada a la verdad. Por ejemplo en el tema de la emigración sobre la que pregonaba su plan de expulsar a 11 millones de inmigrantes irregulares. Nada más ganar en las urnas rebajó la cifra a tres millones, con el calificativo de que eran los que tenían antecedentes penales.

 

Nada menos que la BBC, que sigue en su línea nada ventajosa en estos momentos de atenerse a la verdad, señaló que no son los emigrantes indocumentados los que alcanzan la cifra de tres millones con antecedente penales sino que esa cantidad corresponde al total de la población norteamericana.

 

Lo dicho ahí queda y Trump no se ha preocupado para nada en reconocer su error, de lo que se infiere que fue intencionado y no es lo único que tendría que aclarar de su campaña tan peligrosamente populista con datos como el muro con México, que ahora será valla,  para fastidio de la cementera mejicana que se apresuró a ofrecerse para el negocio de  levantarlo.

 

La misma línea se siguió en la campaña del Brexit del Reino Unido. Al día siguiente de su victoria Farage, su principal impulsor, no tuvo inconveniente en reconocer que los abultados datos económicos aportados sobre lo que Europa  perjudicaba a su país no eran verdaderos. Ya no importaba la aclaración porque las urnas ya habían hablado.

 

Poniendo ejemplos lo tenemos más palmario en nuestro país el programa con el que el PP de Rajoy ganó las primeras elecciones decía lo contrario de lo que luego hizo con su política ejecutiva. Más casos: el portavoz socialista, el Zape de los Hernando, que fue capaz de subirse a la tribuna para vender lo contrario de lo que a machamartillo y cara de perro vendía hasta el día anterior.

 

Como en lo de la ‘cuestión  catalana’  en la que se dicen muchas mentiras y pocas verdades, lo mismo da que sea por ambas partes que se mienta, que lo que es cierto es que en la  cantidad ganan y con mucho los que más dan la paliza interesada, que es lo que nos dan.

 

Ahora lo que dominan son los sentimientos, que ya no es tiempo de ideas y estas pueden despreciarse mientras queden sentimientos que llevarse a la boca, que es lo que alimenta.

 

Estos son palmarios ejemplos de la era de la ‘postverdad’ en la que estamos y estaremos sin que se espere que alguien lo remedie, que lo que se fue ya no vuelve. Una era que coincide con la de la desinformación, pues cuando volumétricamente más información se da, esta es de peor calidad y con tamaña manipulación que técnicamente habría que calificarla de desinformación. Los datos se dan sin rigor, la opinión se cuela como información y, aunque suene horroroso, hay que decirlo: en el Franquismo era obligado profesionalmente separar información de publicidad y propaganda. Ahora se mezcla intencionadamente todo y el batiburrillo resulta eficaz para colar la mentira y nadie la desmiente ni aclara la verdad. Aquella que nos haría libres, según la respuesta de Jesucristo a Poncio Pilatos, nuestro propugnado paisano.

 

Que la ‘postverdad’ triunfe no quiere decir otra cosa que no nos importa no ser libres con tal de creernos los cuentos que nos cuentan. En esas estamos y por ese camino vamos porque a más información más desinformación.

 

Platón escribió:"“Quien pretende ser orador, no necesita aprender que es, de verdad, lo justo, sino lo que opina la gente, que es la que va a juzgarlo. Ni lo que es verdaderamente bueno o hermoso, sino sólo lo que lo parece. Es de las apariencias de donde viene la persuasión y no de la verdad." Y lo ejemplifica con el arte de la oratoria de quien vende un burro haciéndolo pasar por un caballo. Si  malo es que lo venda peor es que se le compre.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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