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Mercedes Unzeta Gullón
14/12/2016

La bodega de los deseos

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Mi amiga Lidia, de la que no se puede decir,  precisamente, que sea un peso ligero, más bien podríamos hablar de gran volumen, me ha manifestado, en alguno de esos momentos elásticos de confidencias, que una de sus máximas aspiraciones, es decir, una de esas cosas que le gustaría no salir de este mundo sin haber probado, es ser empujada en el metro de Tokio, a la hora punta, por uno de esos fornidos hombres (dentro de los cánones japoneses, claro) cuyo único y exclusivo trabajo es introducir a presión, a base de empujar con mucha determinación y más fuerza, a la multitud de personas que están esperando en el andén a ser encajados en el vagón de tren correspondiente por ese provechoso y acomodadizo sistema del apretujamiento.  El horario marca la situación. Es una profesión insólita: empujador de personas en el metro, solo concebible en esa cultura tan original, por eso mi amiga Lidia no quiere perdérselo. Me parece un deseo muy cosmopolita aunque, a mi parecer, poco sibarita y un tanto sorprendente. Pero todos tenemos deseos ocultos y seguramente si los hiciéramos visibles resultarían tanto o más sorprendentes que los de mi amiga Lidia.

 

Ella, mi amiga Lidia, que es muy inteligente por cierto, se jacta de ser la más normal de mis amigas, bueno…, realmente, me asalta el axioma de que todo es relativo en esta vida.

 

Yo también tenía una aspiración de esas que se guardan en la bodega de los deseos. Hablo en pretérito porque la verdad es que ya he perdido la esperanza de que llegue a realizarse algún día. Si hasta ahora no ha sucedido es muy difícil de que ese momento llegue, aunque dicen que nada es imposible. La mía era un poco más utópica que la de mi amiga. Mi aspiración en este mundo era encontrar a una persona cuya alma fuera tan compatible con la mía que no existiera entre ambas ningún campo oscuro, ningún rincón velado, que el entendimiento fuera osmótico, sin necesidad de palabras que distorsionan la intención, y las almas tuvieran una unión simbiótica, con un intercambio fluido de intenciones, pensamientos y deseos. Una especie de dos en uno. Una persona que completara mis vacíos y yo llenara los suyos. Ya sé, ya, ¡una utopía como la copa de un pino! Antes pensaba que esa persona tenía que existir y que sólo tendría que encontrarla. ¡Qué ingenua! No sé si en realidad eso por lo que yo suspiraba es lo que viene llamándose, de una manera prosaica, la media naranja. Si es así, me doy cuenta de que he saboreado algún gajo ácido y algún otro bastante seco, pero ninguno con la jugosidad y dulzura que le corresponde a mi mitad. Claro que no debe ser nada fácil conseguir el fruto completo: una lustrosa naranja redonda, porque a mí alrededor encuentro frecuentemente  gajos sueltos o mal combinados.

 

Vivido lo vivido, ese anhelo lo devolví a la bodega y liberé otro del fondo secreto. Ahora aspiro a convertirme en un hermoso árbol en mi jardín, con sólidas raíces y bonita copa, que dé una dulce sombra a quien se cobije debajo  y que perdure en el tiempo como el Ginkgo Biloba (árbol único en el mundo, considerado como el más antiguo del planeta).

 

Es un deseo muy romántico y soy consciente de que resulta un tanto inalcanzable.  Pero el mundo de los deseos es así, ilusorio. Muchas personas desean con fervor que les toque la lotería y nunca compran un décimo; otros desean una compañía que suavice su soledad y se comportan como cafres; y otros piden a los Reyes Magos sin carta de recomendación.

 

La fantasía de los deseos es un mundo fabuloso, insólito, sorprendente, y casi siempre infinito. Pero a pesar de su dilatado enfoque y su limitado alcance es tremendamente necesario porque proporciona pitanza esencial al espíritu.

 

Pienso que quizás tenga que seguir buscando en mi bodega alguna otra ambición.

 

¡Qué necesario es tener bodega!

 

O témpora, o mores

 

 

 

 

 

 

 

 

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