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Mercedes Unzeta Gullón
22/12/2016

Los mantras navideños

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Los mantras navideños llenan los espacios de mi casa y de la mayoría de las casas españolas: “veintiunmil novecientoooos treinta y dos”, “miiiiil eeeeuros”.

 

Ahora sí que ha llegado la Navidad. Con estos mantras nacionales, tan esperanzadores para todo el mundo, se abren las puertas de estas entrañables fiestas. ¿Quién no espera que le toque la famosa lotería? El que tiene dinero y el que no lo tiene, el que ha comprado muchos números y el que sólo lleva una participación de la carnicería. Todos esperamos algo, los más conformistas anhelan que su boleto pueda tener la misma terminación que el gordo y le devuelvan el dinero invertido. Inauguramos las fiestas con un chorro de esperanza que reparten los niños de San Idelfonso.

 

 A partir de este momento de canticos dineriles empiezan seriamente las locuras de compras, viajes, reuniones, felicitaciones, guasaps con múltiples iconos, alegrías y contentos.

 

Lo curioso es que por debajo de tanta alegría de estas fiestas tan bulliciosas encontramos, con frecuencia, un agudo sustrato de nostalgias. Esta alborozada exaltación es como un vistoso y elegante papel de envolver que empaqueta un poco de todo lo que hemos ido acumulando en la vida en general y en el último año en particular, y encubre las variadas y profundas tristezas que vamos arrastrando. Pero ese alegre envoltorio no siempre es hermético y muchas, muchas veces, suele aflorar por alguna grieta un sentimiento de desdicha, de aflicción por aquel familiar que ya no está, por la aquella felicidad que perdimos,  por ese desentendimiento con el entorno, por la profunda soledad…

 

Para muchas personas el jolgorio y regocijo institucionalizado de estas intensas fiestas son un penoso recordatorio de lo que fue y ya no es, de lo que fueron y ya no son, de lo que tuvieron y ya no tienen. Las luminosas Navidades suelen suponer un tremendo contraste que acentúa sus grises soledades y sus melancólicas nostalgias. Esa nostalgia que aprovecha el mundo de la publicidad para, edulcoradamente, enternecer aún más a los espíritus tocados por la desertización de quereres.

 

No, por mucho que nos empeñemos en que todo es alegría y felicidad, y nos esforcemos en ello, estas fiestas a mi me acongojan por todo lo contrario. Me parece muy forzado, y algo artificioso, este abanderado espíritu navideño. Es obligado ser feliz, reunirse forzosamente y comer en abundancia, y si no entras en el juego eres materia de compasión. Así es.

 

La Navidad se me asemeja a una caja llena júbilos con un doble fondo cargado de tristezas y pesadumbres.

 

Oh témpora, oh mores

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