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Bruno Marcos
29/12/2016

De vita beata o de la felicidad

 

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Unas familias se deshacen y otras se fundan. Al mismo tiempo que recibo fotografías del pequeño Bosco, gateando con su gorro de Papá Noel en lo que ha de ser su primera Navidad, hemos tenido que improvisar, en mi casa, una Nochebuena solitaria, apenas inaugurado el suelo nuevo de cubierta de barco y las puertas de goleta. En plena cena se me partió una muela y mi suegra, que no siendo mala persona borda su papel de suegra, aseguró que era signo de vejez. Muela partida que no duele, efectivamente, materia solo.

 

Por insistencia de mi hijo, que en sus diez años de vida nunca ha ido, vamos a la misa del Gallo, a cien metros de la goleta. Entre tinieblas, una vez más, nace el niño. Dice el cura una cosa que pensé cuando nació el mío, una cosa que hasta puede ser vista como blasfema, algo que estoy seguro que mi madre, que ya no está, compartiría, que en los ojos de un recién nacido está dios, si es que existe.

 

Pienso que esto es costumbrismo, pero qué otra cosa es nuestra vida. Le hablo a un amigo de otro asunto que comentó el cura, que seamos menos críticos, pero a él no le convence, dice que eso es mucho más viejo que lo de la muela.

 

Al salir de la iglesia una señora nos pide acompañarnos por miedo a las zonas oscuras sin farolas.

 

Hace de palabra un auténtico contrasentido, asegura que una vez que muramos no se acordará nadie de nosotros y que nadie sabrá, ni siquiera, que una vez pasamos por el mundo. El contrasentido está en que, después de decirnos eso, nos desea feliz navidad, cómo tenerla si hacemos caso de esos pensamientos.

 

Volvemos a la nave estática, al piso con cubierta de barco y puertas de goleta, y pienso en navegar de la única forma que sé, en los libros y en los libros pendientes y a medio leer, en las olas de palabras, haciendo que ellos, ellas, le lleven a uno por un nuevo año, guiado con su astrolabio por la vida, por la vita beata.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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