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Luis Miguel Suárez Martínez
31/12/2016

Por los Ancares con los ojos abiertos a la maravilla

Recientemente se presentaba en Astorga el libro de viajes por los Ancares, 'Flor de Saúco', cuyo autor es Andrés Martínez Oria. Un libro que a decir de Javier Huerta y de Luis Miguel Suárez, quien ahora hace la reseña del libro, no desmerece de los mejores libros de viajes escritos en el los últimos 100 años, en lengua española

Andrés Martínez Oria, Flor de saúco, Astorga, Centro de estudios Astorganos “Marcelo Macías” / Instituto de Estudios Bercianos, 2016, 211 pp.

 

 

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Andrés Martínez Oria ya se había acercado a la literatura de viajes con un libro espléndido, Flores de malva (2011), donde relataba sus andanzas por la comarca de la Sequeda siguiendo la estela de los versos de Leopoldo Panero. Con Flor de saúco, publicado por el Centro de Estudios Astorganos 'Marcelo Macías y el Centro de Estudios Bercianos en una loable empresa de colaboración, da cuenta de un viaje por la comarca de los Ancares realizado a comienzos del verano de 2006. El viajero sale en tren de Astorga una tarde de tormenta y tras apearse en Ponferrada prosigue en autobús hasta Vega de Espinareda. Desde allí se iniciará el itinerario propiamente dicho, que a lo largo de cinco días —entre el 19 y 23 de junio—, le llevará desde el valle de Finolledo hasta el pueblo de Piornedo, ya en la vertiente gallega. 

 

 

Como recuerda Martínez Oria, “la aventura no es más decisiva por el tamaño del riesgo o lo remoto del escenario sino por la intensidad del sentimiento que la animó” (p. 13). De este modo, enlaza con la mejor literatura española de viajes contemporánea, en particular con el Cela del Viaje a la Alcarria. Este magisterio se reconoce de forma explícita en el preámbulo cuando el viajero confiesa leer unas páginas del escritor gallego para ir disponiendo el ánimo para el camino. Pero no se trata de una mera imitación, por eso Martínez Oria marca algunas distancias con su modelo: si este se inclinaba más por la literatura que por la verdad de lo acaecido en sus viajes, él ha procurado que en su libro “saliera la vida vencedora” (p. 9); o lo que es lo mismo, la verdad. En algún momento se citarán otros nombres de escritores viajeros, como Gil y Carrasco o Ramón Carnicer.

 

Hay en el capítulo inicial, además, otra importante declaración de intenciones: “El viajero solo quiere andar y ver, sin más pretensiones. Andar, no con pies de plomo sino ligeros, y ver el mundo por donde va con los ojos abiertos y un poco de emoción, porque sin emoción no hay empresa que valga la pena. No se le pida ni espere de él nada más, no quiere ser analista ni estudioso, pero tampoco quiere ir con los sentidos negados a la maravilla” (p. 14).

 

 

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Con esa disposición de ánimo y con esta humildad se interna el viajero por los caminos de los Ancares. Y no cabe duda de que la emoción acompaña su mirada a los paisajes que jalonan el itinerario, a veces tan escarpado que agota las fuerzas y los ánimos hasta tal punto que, en su propias palabras, “dan ganas de decir hasta aquí hemos llegado” (p. 42).

 

El caminante adereza sus impresiones sobre el panorama con breves y sabrosas  notas sobre los nombres de las plantas y sus virtudes (pp. 94-95, 192-193, etc.) y con diversos apuntes de toponimia o de historia sobre los lugares y los pueblos que visita, y cuyos rincones escudriña buscando siempre el más leve detalle de interés. En otras ocasiones contrasta lo que observa con lo que escribieron otros viajeros sobre estas tierras: por ejemplo, Hans Gadow (pp. 62-63), que visitó Burbia allá por 1895; o Eugenio de Salazar (pp. 162-165), que se alojó hace más de quinientos años en Tormaleo, fuera ya de esta comarca, pero cuyas donosas observaciones pueden servir para reconstruir el posible modo de vida de Balouta por aquellos tiempos, etc. Todas estas informaciones históricas y lingüísticas, siempre breves y pertinentes, contribuyen también a la amenidad del relato.

 

Junto a las tierras están sus gentes, más bien escasas en la mayoría de los pueblos y de muy variada condición. Entre ellas queda constancia de algunos nombres propios: José de Penoselo, Higinio de Lumeras, Manolo de Candín, Olga de Puente de Sorbeira, etc.; aunque quizás destaque sobre todos la figura de Rutilio, personaje digno de una novela y que corrobora el aserto de que en ocasiones la realidad supera a la ficción. De los diálogos con algunos de ellos —en algún caso casi divertidos monólogos (pp. 135-139)— surgen recuerdos, confidencias, reflexiones o anécdotas desternillantes que sirven para aliviar las fatigas del camino. Ciertamente a lo largo de esta excursión por los Ancares se advierte la amenaza de la despoblación y el abandono; no obstante, unos pocos pueblos al menos parecen resurgir, de  manera que queda al final un halo de esperanza: “En Ancares aún puede florecer la vida, como lo hace la naturaleza en esta primavera espléndida”, resume el propio caminante (p. 181).

 

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Hay sin duda vida y verdad en estas páginas, aunque sin menoscabo de la literatura, pues el estilo de Martínez Oria viene a mostrar su magistral dominio del lenguaje. Es de destacar, en este aspecto, tanto la riqueza del léxico como la variedad de tonos, desde el más lírico —véase, por ejemplo, esa oración al castaño milenario de Villasumil (p. 111)— hasta el más desenfadado, presente en muchos diálogos y anécdotas, donde brilla el ingenio, el humor y la ironía. Brillante resulta asimismo ese ejercicio creativo — muestra también de sus saberes filológicos, que con tanto tino ha sabido dosificar a lo largo de todo el libro— del último capítulo en el que se relatan dos historias (pp. 199- 203) que mezclan el gallego, el leonés y el castellano. Así pues, aquel propósito enunciado por el autor en el preámbulo de que la vida debía salir vencedora ha de tomarse como un rasgo de humildad, pues al final la vida y la literatura alcanzan en Flor de saúco un perfecto equilibrio. 

 

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