Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 23/04/2017
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Bruno Marcos
31/12/2016

Los antidonjuanes

Siguen los Cuentos al Alud del Alumbre, y en este caso es un polvo de ojos o de estrellas, un polvo desenamorado, fulgente casi como la maldición de ver nuestros deseos cumplidos, así el caso de Grenouille, aplastado por el deseo de las multitudes. La narración de Bruno Marcos parece acompañar a la viñeta de Nuria Cadierno, aunque tal y como la cuenta realmente la elude, la desacompaña (o no deja de acompañarla si la elusión es presencia impostergable) desde la palabra primera, desde el primer canto de gallo o de pipirigallo en el que tras equivocar la idea del diluvio, vuela la liebre a posarse

 

[Img #26390]

 

 

A mi padre, Bruno.

 

A mi padre le bailaban los ojos como a mí. Le temblaban a derecha e izquierda sin parar con un hipnótico efecto que ahora han calificado como una peculiaridad anatómica que muy pocas personas han tenido. Mi padre tenía un éxito excepcional con las mujeres como yo. Dondequiera que fuera las dejaba encandiladas, prendidas a sus ojos móviles como yo. Las tuvo a puñados como yo. Predominaban las guapas, las mujeres especiales que habían roto corazones a diestro y siniestro, incluso las casadas olvidaban a sus maridos soñando con un hombre cuyos ojos titilaban como las estrellas. Lo mismo me ha ocurrido a mí. Casi siempre fue agradable, incluso cuando las mujeres empezaron a hacer daño a otras mujeres para quedarse con uno de nosotros tuvo su encanto. Los enredos se producían constantemente y sólo era posible deshacerlos desapareciendo, poniendo tierra o mar por medio. En algunas ocasiones las amantes de mi padre y las mías colisionaban sin saber muy bien qué hacer ni unas ni otras. Algunas se hacían amigas y compartían su admiración por nosotros y sus ansias por realizar su amor con nosotros que, al mostrarnos distantes o simplemente ignorándolo, no hacíamos sino alimentar su lumbre.

 

Aquellos ojos nos volvían tan guapos y tan especiales ante la mirada de las mujeres que aquello nos unía enormemente, aquella peculiaridad anatómica hacía que fuéramos mucho más que padre e hijo, éramos dos seres raros perseguidos por mujeres que huíamos sin saber a dónde y sin esperanza de vernos libres. Allá adonde llegábamos había más mujeres que se enamoraban de nosotros. Ese tipo de vida acabó por entristecernos y por llenarnos de melancolía pero los ojos no paraban de titilar, de enviar al mundo su belleza. En muchas ocasiones fingíamos estar meditabundos o incluso dormidos para poder bajar los párpados y que la fuerza arrebatadora de nuestra mirada no siguiera enamorando al mundo ‘ad infinitum'. 

 

Durante una larga temporada usamos, día y noche, gafas de sol. Cuando la luz escaseaba las gafas ahumadas nos obligaban a movernos a tientas y a parecer ciegos. A consecuencia de ello llegamos a alumbrar la disparatada y brutal idea de cegarnos de verdad para vivir tranquilos aunque fuera a costa de padecer tan gran minusvalía. Pero  desechamos la automutilación porque, además de la minusvalía, perder aquellos ojos titilantes haría finalizar nuestra relación tan especial al desaparecer el elemento esencial que nos hacía dos en uno y uno en dos y acabaríamos ciegos y distanciados y solos. Un buen día nos hartamos de las gafas oscuras y nos negamos a perder la intensidad del mundo, los colores y las luces, la nitidez y el brillo de las cosas y las tiramos por la ventana. Entonces fue el caos, al salir a la calle las mujeres se derretían ante nosotros. Empezamos a despreciarlas, a odiar su deseo de nosotros, a considerar sus fantasías de nuestro amor como algo pueril y egoísta, algo ajeno a nuestra vida ya sombría y comenzamos a ser crueles con ellas, más que nada por espantarlas y por desahogarnos. Ni siquiera nos aprovechábamos de la circunstancia con las más guapas porque nos daban igual, incluso rabia. 

 

Poco después aparecieron dos mujeres muy bellas pero muy tristes en la mesa de un café de una estación ferroviaria a la que, huyendo, habíamos llegado una noche de invierno en la que la nieve bajaba lentamente desde la oscuridad del cielo. Nos sentamos enfrente. Una de ellas cruzó su mirada con la de mi padre y aún se puso más triste de lo que estaba. “Entiendo -dijo- el calvario que ha tenido que ser para usted tener esos ojos tan hermosos”. La otra mujer guapa asintió con la cabeza. Miré a mi padre y mi padre me miró a mí. Sus ojos se pararon en el centro. Dejaron de bailar a izquierda y derecha. Me arrimé a su rostro para ver los míos reflejados en la esfera de los suyos y los vi pararse también. Miramos a la vez a las dos mujeres e instantáneamente se volvieron feas.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress