Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 26/07/2017
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Mercedes Unzeta Gullón
5/01/2017

A galope con el tiempo

 

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He pasado ya, con holgura, más de medio siglo vivido y me impresiona y desilusiona constatar que no he vivido.

 

A estas alturas del recorrido es cuando nos damos cuenta de que efectivamente ese tópico de que ‘la vida es muy corta’ es una realidad. Tan corta me parece que es ahora cuando tengo la impresión de que empiezo a nacer. Ahora tengo los ojos más abiertos, los oídos más atentos, las emociones más controladas, el corazón más pausado, el cerebro más cuajado, el espíritu más abierto, el intelecto más desarrollado, la memoria más llena, la sabiduría más despierta, pero…, ¡ay ese pero! pero la carne más flácida y la energía más menguada.

 

Constato que he llegado a este punto de mi vida desbrozando, con mayor o menor entretenimiento, la maleza de mi camino para poder andarlo más airosa y más dichosa, pero resulta que cuando por fin obtengo la vía libre de impedimentos para disfrutar con plena consciencia de lo que verdaderamente significa disfrutar ¡me encuentro extenuada!

 

Los primeros cuarenta años de nuestra existencia están empleados en averiguar de qué va esto del vivir, y cómo uno puede y debe situarse en el cauce de la vida. Todo un esfuerzo dirigido a tratar de encajarse en el intrincado puzle de la civilización. Luego nos centramos en mantener el huequecito que hemos conseguido en el consorcio elegido. Y después, cuando ya lo sabemos todo, o casi todo, y queremos levantar el periscopio para otear nuevos horizontes o buscar cómo dirigir nuevos impulsos, nos encontramos que la mayor parte de nuestra energía la hemos gastado en el camino y ahora…¡sálvese quien pueda y cómo pueda!

 

Se me ocurre una fórmula desde luego utópica pero magnífica. Podría ser un buenísimo regalo de Navidad de quien corresponda. Deberían contar los años que nos tocan de vida, es decir nuestro asignado recorrido vital, a partir del medio siglo vivido: punto cero de contabilidad. Los años anteriores habría que considerarlos como tiempo de preparación, son años de aprendizaje, de una consciencia relativa, son como las prácticas de la vida; no deberían contar.

 

Y con este planteamiento naceríamos a la verdadera vida profundamente conscientes y con cincuenta años vitales y sapienzales en nuestro haber, y ¡a partir de ahí empezar a contar! Este desarrollo nos llevaría a terminar nuestra existencia con ciento cuarenta o ciento cincuenta años, pero con muchas más Navidades y primaveras en plena forma por delante para poder disfrutar física y espiritualmente de lo sabido, y en disposición de poder afrontar nuevos retos.

 

 ¿Quién no se apuntaría a este programa? Claro, esto serviría para todo aquel que no tenga tendencia a dejarse mecer por el letárgico ritmo de la colectividad, aunque con este sistema pienso que serían pocos. La población estaría llena de espíritus inquietos, libres y deseosos.

 

Positivamente pienso que el mundo iría muchísimo mejor y sería mucho más feliz.

 

Mi hijo, iluminado desde chico, ya me planteó esta cuestión muy joven. Consideraba que la sociedad estaba planteada al revés, que el Estado debería pagar la pensión a los jóvenes, que es cuando uno tiene ganas y energías para comerse la vida a bocados y que el trabajo recayera en las personas mayores, sosegadas, sabias y ahítas de vida. Es otro planteamiento.

 

Esta reflexión viene a cuento porque de nuevo se acaba otro año. ¡Otro año, uno más! Porque los años, uno tras otro, huyen a galope tendido arrastrando nuestros apasionados alientos. Los días se suceden aceleradamente con una rutina que nos anestesia. Y, casi sin darnos cuenta, nos encontramos de pronto que se nos está acabando el crédito y, a muchos como a mí, todavía nos quedan muchas inversiones por hacer.

 

No es un lamento, es un rugido. La constatación de una evidencia poco satisfactoria pero ineludible.

 

¡¡Feliz año nuevo!!

 

O témpora, o mores

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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