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José N. Fuertes Celada
7/01/2017

Dakovika II: El antihéroe como chamarilero

 

Bruno Marcos, Dakovika (Segunda parte), La saca. Manual de Ultramarinos 2016

 

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Hay un proceso de materialización en este breve escrito, cuando lo que pretende el personaje es todo lo otro: huir del mundo, desterrarse y buscar entre los escombros, entre las ratas el sentido que aún pudiera quedarle a su vida.


La historia puede leerse como un trasunto invertido del regreso de Odiseo a Ítaca. En este caso dioses y héroes se han ido de vacaciones y solo quedarían por acá los monstruos.

 
Pero las inversiones del prototipo son innúmeras en este escrito. Inversión del mundo olímpico, donde el antihéroe jamás conseguirá encontrarse y solo podrá vivir en el disfraz. Su ser será ser otro y solo ser reconocido por el animal como quien es de verdad. También el mundo en el que vive es un mundo platónico invertido, un antimundo platónico, pero no como quisiera Feuerbach para recuperar el sentido, la desazón de la tierra; sino como una situación anímica de fin de mundo.

 
La visión del humano o del pos-humano que nos proporciona Dakovika II es la de la supervivencia, no la de la vida. En el escrito se nos muestra un proceso de materialización del que la vida se separa. Al principio, hasta el capítulo cinco el personaje y narrador,- nunca sabremos su nombre, aunque sabemos de otra entrega anterior que es apodado ‘el Cuervo’- todavía persevera en la esperanza de una nueva vida, haciendo pie en su pasado al tiempo que lo pisa e impulsado por su amor a Lamieva, hija de Dakovika, el poeta: “La energía más fuerte de mi vida había sido aquella que me propulsaba a salir de lo que mi vida había sido.”


En esta quebrazón con el pasado, en esta huida de sus vidas y del mundo todavía cree ‘el Cuervo’ que puede dar orden y sentido a su vida

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Sin asideros, rotas las amarras, son presa del delirio, aprovecha los elementos que tiene más a mano para afianzarse como rey de su destino, bebe de la sangre de su herida en el cáliz de Cristo de la cripta de la basílica de San Isidoro. Se cree inmortal. Entonces entran como un Cèline desarrapado  en el mundo de la ligereza y del espíritu, mientras que el mundo que es el nuestro se queda aquí desespiritualizado, hundiéndose en su pesadez.

 

 

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Siguiendo con la plantilla de la Odisea, también aquí hay un ‘Descenso ad inferos’, un mundo este, trasunto del mundo del medio. El mundo de arriba, el que fuera ideal platónico es un basurero de CO2, sin capa de ozono, irrespirable.


No se sale de las catacumbas con sabiduría nueva, eso sí, siguen despegados de la plomiza realidad y vivirán unos capítulos en el abandonado hotel Oliden, en la plaza de la Libertad.


Todavía en este laberinto borgiano que es el antiguo hotel, va a encontrar el Cuervo,-los otros personajes son como huéspedes del personaje principal, viven adheridos a él, con vida de prestado- la huella de un hombre vivo. No se trata aquí de un pie perfecto en una playa robinsoniana, no alegra el encuentro la expectativa de una vida mejor. Se trata de un excremento odorífero, todavía humeante. Se concibe al hombre como causa del excremento y la emoción despierta el temor: “No hay nada peor para un hombre que otro hombre.” Comienza la cacería.


Todo hombre es portador de un mensaje, y un hombre muerto, asesinado, hace entrega del mismo a quién le sobrevive, a su asesino. Mensaje que inscribe en el libro de los muertos con una cruz y te señala, va a señalar ya al Cuervo, pero antes de él hay otro superviviente, otro y otro hombre más que deberían y aún no lo están, muertos.

 

El libro de los muertos tiene doble valor, primero por lo que dice: Tú eres un hombre muerto al que llaman Cuervo; segundo por lo que valga en el mercado de los objetos antiguos…


Ese libro se convierte ahora en el hilo conductor de la supervivencia, para escapar de esa increíble vida menguante,- Dakovika se encoje sin su quehacer cotidiano de escritura con el que “era capaz de ordenar el mundo desordenado, en palabras.” Palabras de las que él intentaba vivir, pero que nadie sería capaz de vivir en ellas. La belleza en ese mundo oscuro no puede entenderse como salvífica, Lamieva solo tiene de Atenea la mirada de ojos brillantes, nórdicos-.


Dakovika II es un breve escrito que en la tipología benjaminiana podría ser catalogado como ‘avisador del fuego’. Un escrito que chupa del ‘desencanto del mundo’ weberiano, donde ya no hay alternativa posible a esta civilización del cálculo, la administración, la frialdad técnica y la muerte del espíritu. “Lo que nos espera no es la floración del verano, sino ante todo una noche polar, glaciar, sombría y ruda.”

 

 

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Todavía queda una huida como una vuelta de tuerca más, se trata de la huida de la huida, frenética, hacia la propia muerte. En el siguiente coletazo de la vida asesinan, escapan ya también del asesinato de un asesinato…La escritura de Dakovita ha dejado de dar sentido a lo que ya no lo tenía, ahora ya es una escritura amontonada, en una ‘lingua ignota’…entran en una errancia de ‘clarividencia deslumbradora’. Ahora  Dakovika expresa el mundo tal como es, en“una pesadilla de claridad” digna de Arthur Gordon Pynn en la inmensidad del Ártico y nieblas sin referente: “Con…la idea cada vez más débil de una última y posible liberación vagó, como una sombra, por mi mente, y un instante después mi alma se sintió invadida por el ansia de caer; era un deseo, un anhelo, una pasión completamente irrefrenables…”


La búsqueda, la huida ejecuta ahora si fuera posible otro giro más, no es ya el amor la fuerza, pues al fin y al cabo es inane y se reduce a algún que otro coito y a las lameduras de Lamieva en la herida que ella provoca. La lame para que no cicatrice. Es el Thanatos como la otra cara o pulsión del amor, tentando la ausencia de nuestro nombre en la muerte, (en el libro de los muertos). De momento la muerte se elude matando, la muerte se nos va de las manos y en ella y en ellas se disuelve Dakovika, liquidándose como la sangre del milagro en un mundo que se desmorona. El amor se pierde con él. Lamieva tampoco cuenta para el libro de los muertos.

 

 

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Transitaron por un paisaje sin memoria ni tiempo, por el paisaje de la tierra en el día de la ira, un mundo platónico boca abajo, donde la tierra no puede ser ya amada siendo, sin embargo, lo mejor. Una tierra yerma, cubierta de una fina película de agua excrementicia… Donde el cielo, el mundo llega a la conciencia en el reflejo de esas aguas fecales. El submundo es trasunto de esta deyección, poblado de ratas. La vida es el olvido. Siguieron adelante más lejos de la confluencia de los dos ríos que irrigan la Ciudad sin Nombre hasta un Ártico sin referencias…Cunde el mar en un naufragio del que solo sobrevive el Cuervo, antiUlises tumbado en una playa con la vaga ilusión de que Nausícaa/Lamieva  lo recoja en el palacio de su padre, con la esperanza de no encontrársela ya muerta.


El regreso a la Ciudad sin Nombre, el regreso a Ítaca es el de un paria al que nadie espera; solo Argos/Karenino el perro puede ejecutar el milagro del reconocimiento, lamiéndole la herida que de golpe cauteriza. Solo Karenino sabe que es otro. Nadie sabrá que la máscara del librovejero esconde, fecundo en ardides a Odiseo.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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