Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 24/11/2017
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Sol Gómez Arteaga / Nuria Cadierno
7/01/2017

Otra vida

Cambia el tic del ojo izquierdo al derecho cuando el personaje de este cuento adopta un identidad nueva. Es un nuevo año y es el momento para proponerse una vida nueva, ¿Pero de quién? ¿La Mía, la mía de verdad? ¿La mía de otro? ¿Y si fuera de otra? 'Cuentos al alud del alumbre' entra con esta narración de Sol Gómez Arteaga sobre una ilustración de Nuria Cadierno en la recta final, una recta final levemente curvada...

 

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I

 

Al verse invadido por una riada de tics en el ojo izquierdo, Matías, azorado, abandona la comisaria sin importarle la media hora larga que lleva esperando en la cola para renovar el D.N.I.  


Ya en la calle respira hondo, sintiendo como un bálsamo el gélido aire de diciembre. Sabe que debería de volver a la oficina y, antes de que termine el año, acabar de asentar las facturas que tiene pendientes, pero no tiene ganas de verles la cara a los Judas Iscariotes de sus compañeros, que esa misma mañana, sin adivinar que les escuchaba, le han puesto como un pingajo. Espera a que el semáforo se ponga en verde para cruzar la calle y adentrarse en el Retiro. Evoca sus palabras cuando entreabrió la puerta del despacho para recoger la bufanda: “Tendrías que haber visto al guiños esperando que volvieses del café para salir él… Quince tics seguidos le conté. Un cuadro, tío”. “Lo que es es un triste” “Y un infeliz”. Rieron. Soltó el pomo sin hacer ruido y salió en estampida de la oficina. Sabe que no es muy popular, pero de ahí a ser el hazmerreír… Y lo peor es la palabra insidiosa, “el guiños”, con la que le apodan. La naturalidad con que lo decían le hace pensar que es de dominio de todos los empleados de la imprenta. ¡Qué tonto ha sido al creer que sus tics, que le sobrevienen siempre que se pone nervioso, pasan desapercibidos para los demás! ¡Pues si hasta en las fotos del carnet, que por fortuna no ha llegado a entregar, sale con un ojo abierto y el otro cerrado! Busca con la mirada un banco vacío y se sienta. Le asombra la poca gente que visita los parques por las mañanas. Gente extraña, como esa mujer vestida toda de negro que lleva una bolsa transparente con migas de pan en la mano. Observa como las palomas se arraciman en torno a ella formando un ejército gris y silencioso. Una de las palomas se le sube a la mano y picotea unas migas en el cuenco de su palma. Ella al menos tiene a sus palomas… pero él, ¿a quién tiene? De los altavoces de una furgoneta le llega el sonido de un villancico “A Belén pastores…” y siente un cansancio infinito. No, definitivamente hoy no volverá a la oficina ni avisará de que no lo va a hacer. ¡Qué les den a las insidiosas facturas y a los falsarios de sus compañeros! Echa una última mirada a la mujer de las palomas, se pone en pie y se dirige a la pensión en la que vive.  

 

 

II

 

Nada más abrir la puerta la imagen de Flora, su patrona, bañada por la claridad de la cocina en medio del sombrío pasillo, le sorprende: la cabellera rubia, por lo general impecable y recogida en un moño italiano, está suelta y enmarañada, lleva los labios sin pintar, tiene los ojos llorosos. Sin darle tiempo a reaccionar se le echa en los brazos. Le cuenta que esta mañana la llamaron del hospital diciendo que habían atropellado a un hombre que lo único que llevaba consigo era un papel con el teléfono de la pensión. 


–Es Ventura, me da la corazonada. Mire las horas que son y no ha vuelto… Pensé que era él cuando abrió la puerta. ¡Ay, Dios, ya sabía yo que un día le iba a pasar algo así! 


La cercanía del cuerpo de la mujer y el agradable olor que emana le provocan varios tics seguidos. Y aunque intenta consolarla, lo que le pase a Ventura le importa un bledo. Es más, hasta le alegra, pues le reconcome la desmedida preocupación que Flora siente hacia el otro pupilo fijo. Ventura es un vividor y un jeta que complementa su pensión por una dudosa enfermedad con trapicheos de poca monta, y pasa las noches de juerga en juerga, bebiendo sin control, para luego dormir la mona hasta bien entrada la tarde. Cien veces ha dicho Flora que es la última vez que le pone un plato de comida a ese desgraciado que le debe además varios meses de alquiler, pero él sabe, lo mismo que lo sabe Ventura, que es incapaz de echarle.  Después de cada 'ultimátum' el muy caradura aparece con un ramo de flores que la mujer, ufana, se precipitaba a colocar en un búcaro de la sala de estar. Y durante unos días, a cuenta del interesado obsequio, de nuevo reina la paz en la pensión.


–¿Se quedará a comer conmigo?


A Matías, que todos los días come solo en el salón, esta proposición le parece insólita y acepta halagado. Pasan a la cocina. Mientras la mujer pone la mesa, la observa moverse con desenvoltura, envuelto de nuevo en ese olor blando y dulce que tanto le gusta. Se ausenta un momento y su mirada queda clavada en el arbolito de navidad que reposa en la repisa de la ventana cuyas luces se encienden y apagan. Cuando regresa, lo hace peinada con su habitual moño italiano y una pizca de colorete en las mejillas. Le sirve un plato de potaje humeante, sonriéndole levemente. Comen en silencio. De postre le ofrece mazapán y, mientras lo toma, se da cuenta. Es a mazapán a lo que huele la patrona. Si él fuera Ventura le diría una lindeza al estilo de Ventura, pero como no lo es se queda callado como un muerto. Le gusta Flora, le pone, tanto, que cuando la mujer se va a la calle y deja abierta la puerta de su habitación, aprovecha para abrir los cajones de su cómoda, contemplar su ropa interior, olfatearla. Guarda bajo llave un sujetador que un día le quitó y en momentos de intimidad lo desdobla y se imagina a la mujer con él puesto, al tiempo que le susurra palabras procaces, cargadas de deseo. Sin embargo, siempre que la tiene delante, como ahora, es incapaz de decirle nada. Por eso sólo dice: 


–Esta superior… al mazapán me refiero. 


–Me alegra que le guste, es del horno de San Julián, dicen que es el mejor de Madrid. ¿Quiere más? La mujer le acerca la bandeja, y en vez de aprovechar su cercanía para cortejarla, se queda muy quieto contemplando el parpadeo del árbol de navidad. De nuevo la oye lamentarse: 


–¡Señor! No se me va de la cabeza el pobre Ventura… Creo que esta tarde me acercaré al hospital, por si acaso. 


–Yo me echaré un rato la siesta–. Pero sabe que dentro de unos instantes la olerá en su duermevela, la colmará de elogios, la moldeará imaginariamente como tantas tardes.  

 

 

III

 

Le despierta el sonido insistente del teléfono. Se dirige a la sala de estar y al levantar el auricular le cuesta reconocer la voz afónica de la patrona:


–¡Ay, Matías! Si ya lo sabía yo, me daba la corazonada, es Ventura, a pesar de su rostro desfigurado le he reconocido... Ha muerto.

  
Flora rompe a llorar con estrépito. Matías se queda un rato inmóvil con el auricular en la mano. Cuelga. Camina hacia su cuarto, pero al pasar por delante de la habitación de Ventura siente un deseo irreprimible de entrar. La estancia, limpia y ordenada gracias a la mano cuidadosa de Flora, está en penumbra. Un haz de luz rasga la habitación en dos. Se sienta en la cama, sobre la colcha de figuras chinescas. Abre el cajón de la mesita y contempla la cartera de piel de Ventura, la cartilla del banco, algunas cartas metidas en sobres, viejas fotografías, una postal reciente de Navidad en la que aparece dibujado un insólito arbolito en forma de triángulo adornado con velas y cintas de colores de las que penden panes y frutas. Hijo, tantos años sin saber de ti pero no pierdo la esperanza, por eso te escribo otra Navidad, para decirte que la casa de los tuyos sigue abierta. Tu madre que te quiere. Mira el interior de la cartera y extrae el carnet de identidad. En la foto un Ventura más joven y pulcro le mira, y es como si le estuviera mirando de verdad, pero en realidad Ventura, lo acaba de decir la patrona, está muerto. Da la vuelta al documento y comprueba que es natural de Astorga, hijo de Jonás y de Teresa, dos años menor que él. Se coloca el sombrero y la gabardina que cuelgan de una percha, se mira en el espejo y se ve distinto. Hasta le parece que se parece un poco a Ventura… ¿Y por qué no? Por su constitución física, estatura y edad, bien podría pasar por él. 


Matías, abandonado al nacer en el torno del convento de las monjas franciscanas, anhela tener una familia así, como la de Ventura. Está seguro que de haber tenido una familia como la de Ventura todo habría sido diferente. Y él también. No, esta vez no dejará pasar la oportunidad. Mientras contempla una vez más la grieta por donde se cuela la luz, siente un deseo irreprimible de apurar lo mucho o poco que le quede en la vida. Y qué mejor momento que con el año nuevo. Con estrenada determinación recoge la documentación del hombre y abandona la habitación de su vecino. En la mesa del salón deja una nota: Querida Flora. He decidido cambiar de aires. Me voy de su casa y de la ciudad. Lástima no habernos conocido en circunstancias distintas. Suyo. Matías. Llama al trabajo y tras poner a sus compañeros de vuelta y media suelta una larga y prolongada pedorreta. Con paso raudo baja las escaleras. Tan obcecado está en el tarea de sacar el primer billete de autobús que le lleve a su nuevo destino, que no se da cuenta de la riada de tics que, como una intempestiva traca de feria, le sobrevienen ahora en el ojo diestro. 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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