Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/09/2017
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Mercedes Unzeta Gullón
12/01/2017

Menos caramelos y más fantasía

.

[Img #26549]

 

 

Hace una semana fue el día de Reyes. Qué despertar lleno de ilusiones es el de este día para los niños y qué alegría para los padres de los niños que están deseando ver la cara que ponen sus hijos cuando abran este o aquel paquete.

 

Qué felicidad aquella época de inocencia.

 

Pero yo quiero hablar de las Cabalgatas. La noche de Reyes es indefectiblemente una noche de misterio, de anhelos, de incertidumbres, de grandes agitaciones para la infancia, y también, por correspondencia, para los adultos que tienen que sostener ese misterio con sus entusiasmos y afanes.

 

La Magia de esa noche empieza en las Cabalgatas. Es imperativo asistir a media tarde con los hijos, nietos o sobrinos a ver llegar a la ciudad correspondiente a los Reyes Magos de Oriente cumplidamente engalanados y rodeados de paquetes y riquezas que se suponen van a repartir. Estas Cabalgatas, con los tres Reyes entronizados en lo más alto de sus carrozas y con toda la fanfarria alrededor, tienen un primordial motivo, muy específico: suministrar más aderezos emocionales a la rebosante fantasía de los niños.

 

La filosofía sobre este acontecimiento es evidente, el fin último está claro, pero…, yo veo un importantísimo pero en la realización de este cometido, que al fin y al cabo es la parte más importante, y me pregunto ¿por qué la imaginación ha ido aplacando su vigor hasta quedar en un estado prácticamente inexistente? ¿Dónde están esos elementos que tendrían que avivar la fantasía de los niños? ¿Por qué se ha suspendido cualquier vestigio de misterio?

 

Concreto. Unas carrozas, que ha de suponerse que vienen de Oriente (hay que mantener la leyenda), cuyo engalanamiento es cuestionable en cuanto a glamuroso o imaginativo, que avanzan remolcadas cada una por un coche cualquiera, mondo y lirondo, sin ningún aditamento, y con un conductor y un hijo de copiloto con unas caras de aburrimiento imposibles por, supongo, tener que ir a dos por hora, evidentemente tienen poquísimo de misterioso, y mucho menos de ilusionante.

 

Y si ya el vehículo me parece a mí que da muy poco la talla en cuanto a los parámetros convenidos como necesarios para la situación, lo que ya me parece fuera de todo orden de ensueño y misterio es el hecho fundamental en el que se han convertido todas las Cabalgatas del pequeño mundo. La terrible moda de tirar caramelos a destajo. Puñados y puñados de caramelos que obligan a los niños, y también a muchos padres, a tirarse al suelo a empujones para recoger del asfalto, y en la nocturna y prieta oscuridad a ras de los múltiples zapatos, la mayor cantidad de caramelos con gran cuidado de que no les pisen las manos. También hay quien desde la carroza, paje o angelito, los tira con tanta fuerza, quizás con saña, que obliga a los concurrentes a sortear los proyectiles para preservar cualquier incidente poco conveniente en un ojo. No sé de dónde vino esta moda con tan poco glamuroso atractivo.

 

El hechizo, la fascinación, la sugestión que deberían suscitar esos misteriosos Reyes, que para eso vienen, es reemplazado por las ansias de coger numerosos caramelos. Es decir, en lugar de mirar para arriba embelesados a esos enigmáticos y exóticos reyes dando soltura a su imaginación, se incita a los niños a tirarse por los suelos a empujones para llenarse los bolsillos de golosinas, incluso a pelearse por ellas. Aunque hay quien ha resuelto de una manera muy práctica este problema y para sacar mayor provecho de este mágico momento  ponen en marcha ese espíritu de superación siempre alerta que es materia innegable de los listos y triunfadores, y van preparados, niños y grandes, con enormes bolsas de plástico, o paraguas que ponen al revés, para recoger al vuelo con más comodidad la mayor cantidad de esos dulces volanderos. Vergüenza ajena me dio verlo.

 

En fin, no es muy difícil, ni hace falta mucho dinero, ni muchos medios, para poner un poco más de imaginación en conseguir despertar mayor fantasía en los sueños de los niños. Niños y caramelos no tiene por qué ser una dicotomía indisoluble, ni mucho menos, para conseguir su felicidad.

 

Mi deseo para este año (a quien corresponda) es que no se deje morir la fantasía.

 

O témpora, o mores.

 

 

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress