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Catalina Tamayo / Nuria Cadierno
15/01/2017

Yo lo vi pasar

Hoy tuve un sueño, un sueño en el que era una mente y fuera de la mente vivía también con mi enamorado. Mi mente lo veía todo pero no sabía quien era nadie, ni ella siquiera. Cuando el cuerpo se asome a verse en el espejo, la mente supo que esa era yo.
Un cuento raro para saborear los intríngulis del ser, o del yo, o del yo reduplicado en otro en la multiplicidad genómica. No es una pesadilla pero os impedirá volver al sueño, a la inocencia en que vivíais. Este es el cuento de Catalina Tamayo, la joven de Carrizo, para contarnos la ilustración creada por Nuria Cadierno

 

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                                                                                 “Él pasó con otra; yo le vi pasar” (Gabriela Mistral)

 

Llovía, y desde la ventana de mi cuarto, lo vi pasar.  Pasó con otra como antes pasaba conmigo, con la cabeza alta, hablando. Reconozco que aunque ya no lo quiero, algo se removió en mi interior y sentí envidia de esa mujer. No sabría decir cómo era, pues las sombras de la tarde, ya alargadas, velaban su rostro. Solo alcanzaba a ver su cuerpo y la melena negra que se precipitaba por su espalda. Sí, era un cuerpo delgado, de ensueño, de esos que les gustan a los hombres. Parecía atenta a cuanto le estaba diciendo. Estoy segura de que las cosas que le iba diciendo, aunque no las podía oír, porque el sonido de la lluvia ahogaba las palabras, le llegaban directas al corazón, donde no hay muralla que valga. Él me habló muchas veces así, todavía lo recuerdo. Es un don que él tiene y que no se lo he visto a nadie más. Sabe cuándo tiene que decir las cosas y cómo tiene que decirlas. No es que él lo tenga todo estudiado. En absoluto. Le sale natural, como el respirar. Él es así, nació así. Para seducir. Aunque yo sabía que todo era mentira, una ilusión, me gustaba oírle, me moría porque me hablara. 

 

Vi cómo la tomaba por la cintura y la atraía hacia sí, hacia su cuerpo, que la esperaba con el deseo contenido. Lo hizo con delicadeza y decisión, todo a un tiempo, y ella, ya vencida, no pudo menos que dejarse llevar. La tenía a nada de sus ojos, podía verse reflejado en ellos. Su boca la sentía tan cerca de su boca que respiraba su aliento, dulce y tibio. Estaba al borde del precipicio, y temblaba, en cualquier momento podría caerse. Solo una palabra bastaría para que se despeñara. Dijo esa palabra y ella lo besó. Se besaron. Eran besos callados, pero sin cálculo, desordenados. Besos locos. El fuego los estaba consumiendo. Pero él no estaba dispuesto a quemarse tan pronto y se apartó de ella con ternura. No quería que se ofendiera. A ella le temblaba el deseo en sus labios, que amagaban con más besos. Todo como a mí me lo había hecho. Ya no lo quiero, es cierto, pero al recordar aquellos besos a veces me emociono y siento, como ella, que me quemo, que me abraso. 

 

Lo vi levantar la mirada hacia la ventana y aunque los visillos me protegían, me puse colorada, igual que una guinda. Me quedé quieta un momento, con la respiración contenida, hasta que él bajó los ojos. Me pregunto qué habrá pensado, qué habrá sentido, durante ese momento. En un momento se pueden pensar y sentir tantas cosas.

 

 ¿Habrá pensado en aquellas tardes, también lluviosas, en las que paseábamos por la arboleda, observando la corriente del río, mientras sobre nuestras cabezas caían de las hojas gotas de lluvia, gruesas y frías, que nos hacían reír? ¿Habrá pensado también que después de aquellos paseos me acompañaba a casa? ¿Recordaría los momentos que pasamos en el portal? ¿Y los besos que nos dimos? ¿Los recordaría? ¿Los recordaría como yo los recuerdo? ¿Y las cosas que me dijo también las recordaría? ¿O acaso no haya pensado nada ni haya sentido nada? ¿Pero es posible que lo haya olvidado todo: paseos, risas, besos? Puede que sea verdad que unos besos borren a otros besos, y que de los primeros besos no quede nada, ni tan siquiera el recuerdo. Solo de pensar que esto puede ser verdad, me muero. Y por la eternidad lo veré pasar con ella, entre nubes y estrellas, al lado de la luna. Dios mío, cómo no envidiarla. No lo quiero, es cierto, pero tal vez lo quiero.

 

Cuando cayó la noche del todo, se encendieron las luces. Vi que ellos estaban en el cono de luz amarilla que proyectaba una farola, al lado de un enorme charco, una pequeña laguna. Entonces, en el espejo del agua vi cómo se reflejaba el rostro de ella y me quedé helada: era mi rostro. Era yo con quien pasaba. Sí, era yo esa a quien hablaba, a quien besaba, a quien amaba. Y me desperté aturdida, sobresaltada. Al poco, volví a cerrar los ojos por ver si podía coger otra vez el sueño y entrar dentro de él. Pero fue inútil, no había manera de ver nada. No era posible escuchar sus palabras ni sentir sus besos. Todo se había roto y ya no se podía recomponer. Algunos sueños son así.


 

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