Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/10/2017
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Tomás Valle Villalibre
19/01/2017

Tránsito entre drogas

 

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Soy consciente que  muy pocos jóvenes leerán este artículo, pero aun así siento la necesidad de contar la historia  de Jorge, un joven al que conocí en su adolescencia y que el día Navidad escribió el último renglón de su vida en la cama de un hospital. Su historia no es muy diferente de la de otros jóvenes que he llegado a conocer cuyo patrón  se repite, aunque en ocasiones hayan recorrido itinerarios diferentes, pero que a fin de cuentas les han llevado irremediablemente al poli-consumo.

 

 

La adolescencia siempre ha sido una diana perfecta. La inestabilidad emocional en esa edad es más intensa y el ansia por traspasar fronteras mucho mayor. Jorge estaba en esta etapa cuando comenzó, como otros muchos, con borracheras de fin de semana, y casi sin darse cuenta pasó a las pastillas. Tenía dieciséis años cuando tomó las primeras y en cuestión de semanas ya había probado de todo, marihuana, éxtasis líquido, ‘trippies’ y, al final, cocaína. Sus padres, como muchos otros, no se estaban dando cuenta de la adicción de Jorge, confundían sus síntomas con los propios de la adolescencia. Siempre fue un chico rebelde, mal estudiante y se pasaba horas delante del televisor o la videoconsola. Un horizonte vital para muchos jóvenes que caen en las drogas. Cuando se dieron cuenta que su hijo estaba enganchado a las drogas ya era tarde.

 

 

No hacía falta que él fuera a buscarla. Se la ofrecían. Treinta euros el gramo era su precio y la cuestión era aguantar al menos tres días de marcha sin dormir. Comenzó haciéndose ocho rayas con ocho gramos, pero el cuerpo le iba pidiendo más. A los dieciocho el consumo ya era diario ¿Y el dinero? Robo de joyas a su madre, dinero, peleas en casa, de todo. A plena luz del día reventaba lunas de los coches para sustraer objetos de su interior, otras veces cogía un destornillador y se iba a robar cascos de moto para venderlos. No le gustaba lo que hacía, pero lo hacía, necesitaba dinero. Un montón de ‘comas’ hicieron que tocara fondo y decidiera estudiar un modulo de ayudante de cocina, un oficio que le gustaba  y en el que estuvo trabajando durante un tiempo. Pero las drogas regresaron a su vida y engulló en poco tiempo todas las promesas de futuro. La cocaína, hizo que se volviera más agresivo y descarado, siempre estaba insatisfecho, y podía pasar de la euforia a la ira en cuestión de segundos. La heroína le hacía transitar por mundos irreales de bienestar.

 

 

Todo le daba igual, se alejó aun más de la familia, se fue de casa y su día consistía en deambular por las calle sin rumbo fijo, a la búsqueda de dinero para pillar sus dosis. Engancharse es demasiado fácil y caer en la marginalidad también.

 

 

Jorge acabó en la calle, durmiendo en un parque, en una plaza o bajo un puente, tapado con su manta y por colchón unos cartones. Más de la mitad de su dentadura había pasado a la historia por culpa de la droga, apenas tenía fuerzas para estar en pié, vio gente morir de sobredosis y, sin embargo se negaba a recibir ayuda. Decidió que su vida debía apagarse, se abandonó, no se sentía con fuerzas para intentar salir.

 

Las drogas habían podido con él y no quería hacer sufrir más a la gente que lo quería. Me dicen que al día siguiente de su muerte apareció un ramo de flores en el lugar donde solía dormir, con un mensaje “tus padres que siempre te han querido, no te olvidarán”.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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