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Mercedes Unzeta Gullón
26/01/2017

La mujer de Bárcenas

 

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Ha está en todos los telediarios. Rosalía Iglesias ha declarado en el juicio del caso Gürtel.

 

Sin sombreros, sin altivez,  sin aditamentos distorsionantes, por fin hemos visto su cara de frente, despejada, lavada, sencilla, una cara astorgana con ciertos aires del Teleno. En una actitud relajada, y sorprendentemente sumisa, ha ido contestando tranquilamente a las incisivas preguntas que le hacían desde el estrado.

 

Rosalía no sabe nada de los negocios de su marido, ni tiene por qué saberlo.  No es que sea tonta de simple, no, es sencillamente que no le interesa.  Absolutamente comprensible. Tiene otras cosas más interesantes en que dedicar su cabeza, su energía y su tiempo. El reparto de tareas es primario y ancestral: él trae el dinero a casa y ella se ocupa de que su casa funcione. Es simple y fácil de entender. Su marido es gerente de una gran empresa y además es ágil empresario, bueno, ella no va a estar detrás de qué negocio nuevo o qué nueva inversión ha hecho. Eso sólo pasa cuando hay muy poco y los números se contabilizan con los dedos de las manos, ahí sí porque hay preocupación; pero cuando hay mucho la preocupación desaparece y a ella la contabilidad ya no le interesa. Pero eso es natural. Eso nos pasaría a todas, bueno a todas las que somos como Rosalía que tenemos intereses personales mucho más importantes que el de inmiscuirnos en las dinámicas laborales de los maridos.

 

Teniendo un marido como Luis, inteligente y decidido, ¿quién se va a ocupar de qué? Sólo de disfrutar! No sólo entiendo a Rosalía sino que me solidarizo con ella.

 

Igualamos a todas las señoras de manos largas porque sus respuestas son las mismas: “yo no sé nada”, pero las diferentes circunstancias hacen que la misma respuesta no sea válida para todas.

 

Por ejemplo, aquel alcalde de Marbella que con un sueldo de corregidor de una pequeña, aunque próspera, ciudad,  llevaba a su casa  sacos enteros de billetones. Hombre!  Ahí la mujer puede hacerse muy la tonta y creer que esos sacos son parte de un sueldo merecido, pero es  poco creíble tanta simpleza.

 

O el chorizo de Valdemoro enriquecido de la noche a la mañana y guardando millones en los altillos de su casa o de la casa del suegro. Raro que la mujer crea que es algo normal.

 

Además, los protagonistas de estos dos ejemplos son personajes con una impronta de hombres de una gran insignificancia,  hombres inconsistentes, de cafetín de barriada, con indignos gestos de satisfacción, haciendo rijosos negocios con la mano en el bolsillo manoseando el fajo de billetes que va engordando tertulia a tertulia. Hombres que no presagian nada bueno.

 

Otra cosa es el señor Bárcenas. Su aspecto de hombre sólido, orgulloso, vigoroso,  revestido de gran dignidad (con una peineta bien puesta en su momento). Con gran personalidad y un enorme sentido de responsabilidad. Dice lo que dice cuando dice con firmeza, sin titubeos, con determinación. Sea verdad o no lo que dice es un hombre creíble por esa fuerza interior que emana en su discurso. Está jugando sus bazas, claro, pero las juega con arrojo, de frente, con la cabeza bien alta.

 

Entiendo a Rosalía y su fe ciega en el marido. Es un hombre que infunde seguridad, protección, garantía de vida. ¿De qué se tiene que preocupar o inmiscuir en los altos asuntos de sus gerencias? Un intrusismo innecesario. Es un marido perfecto y ella es feliz en su matrimonio. Su tarjeta de crédito funciona. Es suficiente.

 

No se espera que la mujer de un mecánico de taller de coches se interese por las piezas que su marido ha puesto nuevas en el coche de turno, o cuántos coches a arreglado al día. Ningún interés para la señora. Lo que le interesa a la señora es que llegue dinero asiduamente a su casa. Si el marido hace chanchullos ella no se va a enterar. Pues eso.

 

En resumen, no necesariamente la mujer tiene que estar al tanto del mundo laboral, financiero, del marido, de hecho creo que muy pocas lo están. Por ello no se puede condenar a la mujer de Bárcenas al desprecio como mujer insignificante o mentirosa, sino por el contrario hay que considerarla como mujer con intereses mucho más elevados que los del tío Gilito.

 

Nos queda el caso Borbón, pero eso es otra historia.

 

O témpora, o mores

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