Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
María José Cordero
29/01/2017

Su voz imperdonable

Una esperanza ciega sin saberse de qué, es este cuento. Pero no por ello habría de perderse pues tiene cabida para cuando llegue: La esperanza todavía desesperanzada de ser amado por quien pretendes y no te corresponde, la esperanza ahora que se marchó con otro de que regrese. Una silla vacía mantiene en vilo la vida y la espera de que llegue la luz a ese deslumbramiento y supiéramos de qué.
Va acabando esta serie de 'Cuentos al alud del alumbre' que ilustran imágenes de Nuria Cadierno; hoy con esta narración de tierra caliente de María José Cordero.

 

[Img #26856]

 

 

Terminada la cena, el grupo de amigos decidió tomar un poco el aire. Se había bebido y comido de más y La Habana estaba tan radiante aquella noche de luna llena…

 

Sentir el salitre del mar cerca del Malecón y contemplar el movimiento ondulante de las olas una y otra vez, era como un narcótico; te quedabas extasiado. El abrazo de Úrsula y las risas de los demás, iban calmando la noche plácida, llena de buenos presagios, o así comentaba Ramiro que no paraba de insistir en que fuéramos a la calle Obispo, a un conocido garito para escuchar buena música.

 

¡Venga, no seáis pesados! ¡Hay un pase ahora, a las 12! Además toca Johnny, mi amigo el contrabajista. -Decía un tanto desesperado ante la parsimonia del resto del grupo -.

 

De pronto apareció ella, la bella mulata del barrio que traía loco a más de uno. No sé si fue el ron o que la noche se estaba volviendo pegajosa y desataba las lenguas y disimulaba la timidez de algunos.

 

¿A dónde va la flor del Caribe? – gritó Raúl.

 

A ti, más nada te importa. – Replicó la mujer, que se mantuvo erguida sin bajar la cabeza y dispuesta a cruzar la calle sin hacerle ningún caso a mi amigo-.

 

Ves, Úrsula, – pensaba yo – en la isla hay cosas bellas, tan bellas como tú.

 

 Pero ella no pensaba en nada, se había dejado caer sobre el hombro de Alberto que la sostenía encantado. Yo había perdido la esperanza de que me mirase siquiera. Coqueta y embarazosamente caprichosa, su belleza en nada tenía que envidiar a la que, unos segundo antes, nos había robado el aliento a todos.

 

La bella mulata incendiaba por sí misma la red eléctrica de La Habana. Era bella y grácil como una gacela y su voz, ¡ay su voz!... Cuando aquella mujer de 1,70 de estatura, se calzaba sus altos tacones, enfundándose en un ajustado vestido y cogía el micrófono, la respiración del público se detenía y el tiempo, como jugando al escondite, se paraba, interrumpiendo los pulsos de todos los presentes.

 

Entonces, comenzaban a sonar los boleros…”Tú me acostumbraste…. a todas esas cosas”, por ejemplo. O aquel otro que dice:”Acércate más, y más y más, pero mucho más”…

 

¡Diosa! Vamos a escucharte dentro de un rato. Afina la voz y danos una noche inolvidable. – Concluyó Rafael, que medio escondido entre el grupo de amigos, por pura timidez,  no sé cómo se atrevió a decirle nada -.

 

Con una limpia y sensual sonrisa  respondió Diosa, que era su nombre artístico, el cual le iba como anillo al dedo. Mientras sonreía, iba alejándose por las adoquinadas calles de la capital, moviendo sus caderas al compás de las olas.

 

No tardamos en acercarnos al local, que regentaba un amigo mío de la infancia, siguiendo la estela y el perfume que la mulata había dejado tras de sí. Esperamos casi una hora, hasta que Diosa alumbró el escenario con su sola presencia. El grupo de música latina de Johnny, el contrabajista, hacía las delicias del público. Me atreví a pedirle a Úrsula que bailara un bolero conmigo. A regañadientes accedió, supongo que prefería la compañía del niñato de Alberto a la mía, pero yo insistía: la adoraba.

 

Fue transcurriendo la noche entre bolero y bolero, la sensualidad de Diosa y mi pesadumbre al contemplar a Úrsula tan ausente de mí, tan fuera de mi mundo.

 

Semanas más tarde en la barriada, se rumoreaba que la cantante había desaparecido. Decían que si un magnate americano la sustrajo de la isla, y no por voluntad propia; al menos eso, después, era lo que oficialmente se comentó…

 

 El local se quedó tan oscuro y solitario sin ella, que mi amigo Johnny dejaba, noche tras noche, la silla vacía de Diosa sobre el escenario, a modo de reclamo, por si quisiera volver.  Ya nada volvió a ser lo mismo sin su voz imperdonable, con la que fustigábamos nuestros sentidos y nos hacía soñar, elevarnos de la tristeza, perdernos en nuestros propios sueños; sin su voz, que albergaba lo que habíamos perdido desde hacía mucho tiempo, lo único que nuestro corazón necesitaba: la esperanza.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress