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Mercedes Unzeta Gullón
7/02/2017

Infancia versus violencia

 

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Hace algún tiempo, francamente no mucho, el riguroso funcionamiento de una familia suponía un magnánimo paraguas bajo el que el niño se sentía amado y protegido. A su alrededor todo funcionaba como un reloj. El niño vivía inmerso en un ritmo de vida definido, en unos cauces de funcionamiento incuestionables, en un universo al margen del impenetrable misterio del cosmos de los adultos.

 

Ese mundo, el de los adultos, se mantenía entonces a una distancia tan grande del infantil que al niño no se le ocurría, ni por la más remota idea, incidir en él o cuestionar cualquier decisión de sus mayores. El severo misterio de los mayores otorgaba como antagonismo una fascinante calidad al mundo infantil, a su imaginación y a sus anhelos, y determinaba indefectiblemente su trayectoria de vida. Los niños teníamos marcadas unas reglas y vivíamos felices dentro de esas reglas sin preocuparnos qué había más allá de ellas. Vivíamos despreocupados y dichosos dentro de ese blando y amoroso colchón donde el orden establecido funcionaba con un engranaje metódico. La estructura familiar abarcaba no sólo a los padres sino a tíos primeros, tíos segundos, tíos terceros… primos carnales, segundos, terceros…, una extensa red de afectos que satisfacían abiertamente las vitales necesidades emocionales de niños y mayores.

 

Todo aquel mundo idílico de la infancia con muchas luces y, tal vez, alguna que otra sombra, ha cambiado. Sólo 40 años y todo ha cambiado. En el momento en que las reglas sociales se han modificado se han llevado por delante aquel mundo de misterio y plácido bienestar incuestionable. El individualismo ha roto las conexiones.

 

Ya casi (pongo el casi con benevolencia) no existe aquella pequeña sociedad familiar donde las normas reglamentaban el equilibrio y la armonía existencial.

 

Ahora la unidad paraguas ha desaparecido en un porcentaje enorme. El niño ha ido perdiendo sus derechos de niño mientras desaparecía aquel sólido cobijo bajo el que vivía despreocupado. Ahora el niño está sometido a la carga de tener que estar satisfecho cambiando de casa cada ciertos días, cambiando de padre o de madre, soportando esa falta de estabilidad tan importante para el mundo infantil. El niño vive bajo la presión de una inestabilidad emocional y social, vive en circunstancias forzadas. Se han acortado, o desaparecido, las distancias de respeto. Ya no hay misterio para él en el mundo adulto. El niño no es exigido, el niño exige. Al niño se le pone en situación de exigir y exige, y los padres, juntos o individuales, se someten a las exigencias infantiles por un cierto sentido de culpabilidad. Los niños inciden directamente en la vida y decisiones de sus padres. El poder se ha instalado en el lugar que no le corresponde. Los niños llegan a convertirse en tiranos porque han encontrado la clave de la exigencia. La autoridad de los padres se debilita, hasta el punto de casi desaparecer. Fracasan en su papel fundamental. El niño se vuelve despótico. Cada padre por su cuenta pretende llenar los huecos afectivos con una sobredimensión de lo material. Se acabó la educación familiar. Los padres viven agobiados, no saben y no pueden tomar las riendas. No tienen tiempo para los hijos. Los hijos viven desorientados, no tienen patrones de comportamiento, no saben de valores, no han conocido la disciplina, se enfrentan rabiosos a una vida que no comprenden.  Los amigos sustituyen a la familia, y un grupo de amigos desestructurados es un peligro enorme. Y como colofón a esa inestable situación están las innumerables películas y videojuegos infantiles y juveniles cargados de una espeluznante agresividad. ¿Por qué se fomenta la violencia? ¿No debería haber un control?

 

Estos chicos desestructurados, desorientados, acostumbrados a exigir y nutridos de una espantosa brutalidad y temible crueldad son la base de nuestra sociedad. Una base cada vez más violenta, como estamos viendo cada día. Una tremenda agresividad que va in crescendo en los colegios, en los jóvenes, en la calle, en las familias… padres que denuncian a sus hijos, hijos que denuncian a sus padres…

 

“La agresividad crece con una celeridad muy superior a nuestra capacidad de comprensión”, analizaba el antropólogo Rof Carballo allá por el año 1968, casi en pañales se encontraba entonces la enorme pujanza agresiva de hoy. “La agresividad”, especificaba, “tan intensa del mundo actual nace de un cierto desamparo amoroso, producido por las nuevas estructuras de la vida familiar; en cuyo caso habría que reforzar las formas de tutela infantil”.

 

Si la célula base, la neurona de la sociedad, es la familia como núcleo de educación y de valores y este núcleo ha desaparecido, o se ha distorsionado, sin que haya surgido una alternativa válida, la sociedad está en grave peligro, en muy grave peligro, tiene un cáncer neural muy severo. Una patología que habría que afrontar sin demora.

 

¡Qué lástima de paraíso perdido!

 

O témpora, o mores

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