Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 25/03/2017
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Eloy Rubio Carro / Nuria Cadierno
5/02/2017

Miedo del miedo

Este es el último miedo insoportable, incomposible de los 'Cuentos al alud del alumbre'. Un sueño sintomático, como los de Freud, quiere llegar al día. Es mejor no saberlo y se apaga la luz. Con esta narración de Eloy Rubio Carro se termina la serie que hizo cuento de las ilustraciones de Nuria Cadierno

 

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La casa en la que vives es nueva y grande, una casa de pueblo hecha con materiales nobles, piedra y madera. Entarimado de eucalipto que cruje a los cambios de temperatura.

 

Una casa grande alberga tantos cachivaches, pues los amigos te regalan todo aquello que no querrían tirar, pero que ya no quieren; y tú por no despreciarlo lo vas acumulando sin que te vaya a ser de utilidad, una especie de almoneda de los amigos.

 

Esos enseres se apilan, se colocan en cierto orden, pero lo mismo que la madera cruje, las cosas se desbordan, caen, tilintean los frascos vacíos en medio de la noche; se vence una sartén puesta encima de las demás sartenes y espeteras. El día en una casa así suele ser más silencioso que la noche, pues cuando llega la noche vives más atento a los presuntos pies, al entarimado que cruje secuencialmente con los pasos que echa de menos.

 

Muy a menudo, para aprovechar la noche dormías una siesta nocturna, nunca sabías, ahora que no te permitías los cafés, si esa siesta terminaría en un reposo hasta el nuevo día. Te podías tumbar a eso de las 12 y a las dos te despertarían frente al ordenador las imágenes hipnagógicas que en él se te aparecen. Cada vez, desde la implantación de estos artefactos, se te hacía más difícil emprender una lectura atenta y continuada de un libro. Tal era su poder de fascinación.

 

Comprobaste que si en tal situación apagabas el ordenador, la habitación cobraba otra dimensión, como si ya fuera de otro mundo al habitual, y que por ello te impelía a hacer otras cosas…

 

Despierta o dormida de vez en cuando bajabas al piso de abajo, donde estaba la cocina, para tomar un vaso de leche con galletas o cocinar algo.

 

El último lunes, luego de la siesta nocturna y de comprobar en Facebook la aceptación de tus últimas fotografías, fuiste a la cocina a prepararte un vaso de leche con cacao y mojar unas galletas. Saliste de la cocina al salón-comedor y allí, sentada a una mesita de ‘anca de rana’ te dispusiste a comer las galletas. La calle quedaba a unos cinco metros a tu derecha y se podía ver a través de los dos ventanales que estaban sin sus contras. Era aún verano y en el pueblo nunca pasaba nadie que sintiera curiosidad de mirar al interior de la casa.

 

Por el rabillo del ojo divisaste algo extraño, una sombra inusual por debajo del farol situado en la fachada de la casa de enfrente; miraste entonces más atentamente y allí lo viste, un sujeto apoyado en la pared; sin duda alguna te había estado mirando, la luz a tu izquierda que venía de la cocina le facilitaba el contraluz, habría seguido tus movimientos.

 

Al principio te agachaste y reptaste hacia la ventana de la derecha, a la otra ventana se accedía desde el descansillo de la escalera y te habría dejado en evidencia. Con temor elevaste los ojos por encima del alféizar, lo justo para verle; allí permanecía, abozaleado, impertérrito, como si no hubiera pestañeado jamás. Te pegaste a la pared entre las dos ventanas y desde allí te dirigiste a gatas hacia la cocina para apagar la luz. Volviste a rastras de nuevo a la ventana y a esa distancia de poco más de cinco metros le pudiste ver más claramente, sin el temor de que te estuviera viendo: Nada; seguía sin moverse. Así permaneciste un largo tiempo, como unos 20 minutos y al comprobar su actitud de maniquí, sin pestañeos, decidiste abrir la ventana e interpelarle:

 

¡Qué haces ahí espiándome, ahora mismo llamo a la policía!

 

Nada de nada, no respondía, a esa distancia, bajo la luz del farolillo parecía estar mirándote. Sacaste el puño por entre las rejas y le dijiste: espera ahí que ahora voy. Reculaste y saliste al patio por una puerta que quedaba detrás, a la derecha de la entrada de la cocina y de ahí corriste hacia la calle y viste la pared de nuevo a la luz del farolillo, ahora sin nadie. Te acercaste al lugar por si veías algún rastro, fuiste un poco más lejos, paseando hasta la ermita y no viste nada de extraño. Volviste a entrar en casa y otra vez desde la ventana del salón lo volviste a ver. De nuevo lo amenazaste con el móvil mientras llamabas a la policía.

 

Permaneciste atenta un rato por descubrirle algún movimiento, algún ruido -ahora que, como de día, no se oía absolutamente nada-; nada, ningún tic, ninguna reacción a tus imprecaciones, nada. Le hiciste unas fotografías y el interruptor de la máquina rompía la noche de su silencio y oíste entonces un ruido de motor de coche que creíste de la policía. Por ello te envalentonaste y saliste a la calle justo en el momento en que llegaba el coche policial. Debajo de la farola seguía sin haber nadie.

 

Al descargarte las fotos en el ordenador comprobaste lo que ya temías, que la farola iluminaba la calle y el ventanuco sobre la pared, pero que allí no se veía a nadie.

 

A la noche siguiente a pesar de haber dormido mal no te echaste la siesta. Esperaste a que todos se acostaran y con la cámara preparada bajaste al piso de abajo, bajaste con la luz apagada y pegada a la pared para no ser vista. Nada, solo la luz del farol amarilleaba la calle y la pared con su ventanuco. Dejaste la cámara sobre el alfeizar y subiste al estudio. Recostada en un diván, mantenías apagada la luz y de cuando en cuando volvías a mirar. Nada, nadie.

 

De pronto unos ladridos que venían del sueño te despertaron, subías una larga cuesta en bici, era la anochecida y entreviste al pastor en la cuneta de la izquierda con una linterna intermitente como la tuya. El rebaño se estaba aún incorporando a la carretera y lo hacía en dos brazos, uno junto al pastor y el otro más arriba; habías sobrepasado al pastor cuando el otro brazo del rebaño, el de más arriba, había ocupado la vía, hiciste ademán de parar, cuando oíste desde atrás: sigue. Apretaste la pedalada y fuiste hacia las primeras ovejas que recularon junto con las demás del grupo hacia la ladera. Seguías pedaleando, 72, 73, 74, 75.

 

Te deslumbraba el sol que se ocultaba por la montaña y oíste por detrás un raspar rítmico, apresurado; miraste y eran dos mastines que venían persiguiéndote y te ladraron; el delantero negro con las fauces pingonas. Dijiste ¡ay! y sin dejar de mirarlos te saliste de la vía con la intención de bajarte y protegerte con la bicicleta. Volviste a decir ¡ay! sin dejar de mirarlos y los perros se callaron, se frenaron a dos metros de ti y se fueron.

 

Al despertar, sería la misma hora que el anterior día, te incorporaste lentamente, te echaste a andar por el pasillo en dirección a la ventana de abajo, donde quedara la máquina de fotos. Bajaste a oscuras, pegada a la pared, con miedo de hacer ruido; al llegar abajo lo viste al cruzar la ventana del escalón, te pegaste contra el paredón entre las dos ventanas y agachada, casi reptante te acercaste a donde permanecía la cámara. Lo viste como ayer, impertérrito, en la línea mortal del equilibrio, sin pestañear, sin asomarse a tu mirada. Llevaba un mastín pardo sujeto de una correa, abriste la ventana y el mastín empezó a ladrarte, las fauces negruzcas como las del sueño. En ese momento les disparaste con la cámara, mientras el individuo sequía sin hacer nada. Otra vez llamaste a la policía y otra vez llegaron para contemplar en esta ocasión un mastín que se iba en retirada.

 

Te volviste a disculpar, diciéndoles que hacía un momento había un hombre con el mastín, que este no había dejado de ladrar.

 

Subiste al estudio y descargaste las fotografías; efectivamente según las viste allí estaba el perro encolerizado y nada más.

 

Al tercer día ya habías comprendido los protocolos de la aparición. Hubieras dormido hasta la hora señalada, pero no te dejaba la inquietud, los niños habían estado especialmente ruidosos y peleones a lo largo del día y tu marido dormía como era su costumbre desde las diez.

 

Cada poco te asomabas por ver si lo veías, pero nada. Cuando fueron las tres de repente allí estaba. La noche bufaba como un gato, había llovido y su escopeta te apuntaba desde el reflejo húmedo de la calle. Apenas te atreviste a levantar la cámara, la pusiste en el modo de gran angular y sin asomarte, la pegaste al cristal, disparaste y disparaste; pero en el visor él seguía sin aparecer. Volviste a hacer unos cuantos disparos. De pronto quebró el cristal de la ventana y pensaste que había hecho uso de la escopeta. Te quedaste tumbada, te retiraste fuera de su campo de tiro y esperaste a que algo pasara; el viento ululaba, los perros permanecían callados, el sapo y la gotera glo, glo, glo. Cuando pudiste pensar reptaste hacia la escalera. Miraste desde una esquina si seguía allí. Viste que se había ido. Regresaste entonces a por la cámara y miraste las fotografías pero nada, tampoco esta vez nada.

 

Ya de mañana contemplaste en el ordenador toda la serie desde el primer día: la ventana en la pared y la calle iluminadas del lunes, el mastín desaforado en sus ladridos del segundo día y de nuevo la ventana en las de la noche última.

 

Haciendo un zoom sobre la ventana descubriste justo por encima de ella, el brazo inútil de una antigua farola que habían dejado allí cuando colocaron las nuevas.

 

Te acordaste entonces de la técnica de Batut. Recientemente habías leído una narración sobre la búsqueda de la propia identidad mediante el procedimiento Batut: para conseguir un ‘retrato tipo’ se tenían que superponer  en un mismo negativo las imágenes de los distintos rostros; había, eso sí, que mantener la escala, la iluminación y el punto de vista para evitar que ninguno de los retratos dominase sobre los demás. El resultado era siempre una imagen sorprendente, el llamado ‘Retrato tipo’ o ‘Retrato de lo invisible’.

 

Te pusiste entonces sobre el ordenador y fuiste superponiendo imágenes, primero viste los ojos de los dos mastines que reflejaban la última claridad de la anochecida, ascendían la cuesta en plena carrera con las fauces abiertas, en el momento del ladrido; luego atrás en la foto, abajo del todo, un individuo impertérrito, oscuro, un guardador de rebaños, un dibujo de los distintos rostros de su colectivo, desolladores de animales, quemadores de hierba, idolatras con el gusto por el sacrilegio. Los perros se veían cada vez más cerca, amenazadores y el pastor te apuntaba con el báculo cuya contera metálica usurpaba el último disparo de lumbre del sol.

 

Faltaba aún por superponer a estas imágenes las visiones del último día; pero tuviste miedo de ver algo insoportable. Tuviste miedo del miedo y apagaste el ordenador.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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