Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 27/03/2017
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Sol Gómez Arteaga
9/02/2017

Del amor y otros milagros

 

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“Son las cosas de la vida, son las cosas del querer,

No tienen fin ni principio, ni tien cómo ni por qué”.

 

La festividad de San Valentín de Terni, o Día de los enamorados que se celebra el 14 de febrero, más allá de ser un reinvento de los grandes almacenes, tiene su intríngulis y su historia. La instaura el papa Gelasius I en el año 496 como prohibición a la fiesta pagana celebrada en Roma desde antiguo llamada nada menos que lupercalia. En ella las mujeres esperaban ser golpeadas por los lupercos o luperci (sacerdotes-lobos elegidos anualmente entre los ciudadanos más ilustres de la ciudad) con látigos hechos de piel de cabras y perros, mojados en la misma sangre de los animales, en la creencia de que este ritual les otorgaba fertilidad. Sin embargo, no sería hasta 1382 cuando el escritor inglés Geoffrey Chaucer escribe un poema titulado el ‘Parlamento de los pájaros’, (el poema habla de cómo el 14 de febrero las aves y los humanos se unen para encontrar una pareja) cuando se instituye como tal.

 

Del amor, de las cosas del querer, se ha dicho tanto que habría que preguntarse qué es lo que no se ha dicho ¡Cuántos ríos de tinta han corrido por su causa, cuantas canciones, películas y obras de arte en general ha inspirado! Sí, porque junto con la muerte (eros y thanatos son dos caras de una moneda) es un tema universal que afecta universalmente al género humano. Es además una pasión alta, que altera el ánimo, nos hace, como dijo el poeta, atrevernos, desmayarnos, estar furiosos, que exacerba los sentidos, -las personas cuando están enamoradas pierden el apetito, adquieren una sensibilidad especial en las yemas de los dedos, oyen campanas y no saben dónde, se quedan embobadas mirando las formas caprichosas de las nubes, el discurrir del agua, el silencio, la nada, el vuelo etéreo de un diente de león-, que produce a veces cambios involuntarios y drásticos en las personas, pasando de la euforia al enfado y de la risa al llanto en un tris, que puede hacer mucho daño si no es correspondido, y llevar a enfermar a quien lo padece, -los estados de melancolía, los delirios pasionales, erotómanos, la celotipia, objeto de la psiquiatría, dan buena cuenta de ello-, e incluso conducir a la muerte. Se ha demostrado científicamente que el síndrome de Takotsubo o del corazón roto, cuyos síntomas son los mismos que los del ataque cardíaco, surge como consecuencia de un brusco desengaño amoroso, y la literatura, trasunto de vida, da buena cuenta de muertes por amor a través de personajes como Dido en la Eneida, Calisto y Melibea, Romeo y Julieta, el joven y apenado Werther o la vehemente Ana Karenina.

 

Pero a pesar de que el amor es una enfermedad de las mas jodidas y contagiosas, como muy bien constató Galeano en su Diagnóstico y Terapéutica, que ni el agua bendita, ni el polvo de hostia ni el diente de ajo pueden impedir, y sobre la que aún no se ha inventado vacuna infalible que la prevenga, tiene también sus defensores, que de todo hay en la viña del señor.

 

Son esos loquitos, -de enamorado a loco, dice el refrán, va poco-, que tocados por la flecha de Cupido tatúan el nombre de la amada y el suyo propio en chopos centenarios, inventan un lenguaje amoroso críptico, que solo ellos conocen, y enarbolan contra viento y marea la bandera de su Causa asentada en el principio inamovible de que solo quien ama vive y vibra y sueña y vuela.

 

Son esos loquitos que bebieron el veneno por licor suave, que paladearon de la alegre primavera el dulce fruto, y que, ebrios y felices y adictos,  ya no pueden dejar de probar, día y noche, noche y día, entregados a la pasión más humana, pero también más desenfrenada.

 

Quien lo probó, palabra de poeta, lo sabe.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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