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Antonio Victorino Vecino Fuertes 
19/02/2017

Astorga, años 30 (1)

De las memorias de infancia, muy detalladas en cuanto a personajes astorganos, de Antonio Victorino Fuertes nacido en la ciudad en 1932, publicaremos en las próximas semanas seis entregas que sus hijos rescataron como homenaje tras su muerte y que Antonio no llegó nunca a hacer públicas

Al ser hijo de militar, la residencia de Antonio Victorino Fuertes quedó supeditada al variable destino de su padre. La niñez (por lo tanto, la Guerra Civil) la pasó en Astorga. Comenta su hijo, Javier Vecino, que "entre sus compañeros de juego se encontraba algún Panero. Con frecuencia le oía hablar de 'batallas en Peñicas'. "Mi bisabuelo -continúa diciendo Javier- era sastre, oficio que pasaría a manos de un tío de mi padre, Jesús". Uno de los cuatro hermanos de Antonio fue el cura de Rectivía Amando Fuertes. 

 

Consecuencia de los constantes cambios de residencia estudió el bachiller en Huesca. Ya con edad laboral se trasladó para trabajar en Saltos del Sil, en Trives, Tordesillas y Ponferrada, donde fijó su residencia definitivamente. 

 

Dedicado a su esposa y familia; padre de 5 hijos y reconocido impulsor del deporte en Ponferrada (Baloncesto); presidente del Club JT durante 20 años; amante de la montaña y de la fotografía, y con Astorga siempre en su memoria.

 

 

 

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Uno vino al mundo en la refrigerada Astorga y, para mayor frescor, en el mes de enero. Una de las cuatro casas que formaban el enclave de los Juanes, ese cruce de calles entre Manuel Gullón, Prieto de Castro. San José de Mayo y la que iba a la plaza de San Julián o de los cacharros, (creo que hoy se denomina G. Franco) y que conduce a la Iglesia de Fátima. Las cuatro casas tenían sus fachadas a dos calles y precisamente el número dos de Manuel Gullón, donde habitaba mi familia, también daba a Prieto de Castro. Esa habitación fue mi primera cuna.

 

Dicen que nací frente por frente donde vivía Doña Juana Araujo y su sobrina Magdalena, sordomuda que me hacía monerías desde su mirador e intentaba hablar tratando de vocalizar con movimientos exagerados de su boca y sonidos guturales (posiblemente producto de la enseñanza en el difícil esfuerzo por hacerse entender). Había sido condiscípula del hijo del rey en el mismo centro de enseñanza para sordomudos.

 

Según cuentan, yo era de las pocas personas que la entendía y fui beneficiario de alguna perrona que me propinaba de vez en cuando, que luego invertiría en una onza de chocolate o bollo de canela en La Felicidad, confitería que regentaba Carola, de los Manrique de la Muralla, a quien, parece ser, también le caía bien. No me cabe la menor duda que Magdalena era monárquica; razones de afinidad tenía para ello, hasta el punto de “entorcharme de atributos reales” de tal modo que salía a la calle cantando (con tres años) “por Dios, por la Patria y el Rey murieron nuestros padres…o Juventudes católicas de España, galardón… etc. “ El horno no estaba para bollos, quede claro. Las propias familias podían estar divididas por ideas antagónicas y pronto llegaría el desgraciado momento de liarse a palos… “¡Un rapacín en plan reto comprometiendo a su familia!”.

 

Había alguna compensación que nivelaba la cuestión, ya que algún republicano me soltaba otra perrona para que entonara el Himno de Riego con aquella peculiar anticlerical letra: “Si supieran los curas y frailes…” Tal y como me lo contaron lo cuento. (Podía haberle quitado la plaza al pregonero).

 

Veamos las cuatro esquinas de los Juanes:

 

Doña Juana, las damas primero. Su casa formando esquina con las calles Prieto de Castro y la hoy G. Franco, por donde tenía su entrada con un portal magníficamente alicatado. Con el tiempo, en los bajos de su casa se instaló una peluquería.

 

Frente por frente la tienda de Juan Antonio del Otero, que a su vez tendría fachada con San José de Mayo, lugar al que a menudo acudía para buscar “el vino de la tierra“ para mi abuelo, cuando ya mi edad posibilitaba el hacer recados. La verdad que me costó entender aquello “de la tierra”; en principio pensaba que podía ser un vino surgido de un lugar así como Fuentencalada.

 

 

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Toribio, simpático él, (creo que tenía carnicería junto a la sastrería de mi abuelo del lado de Prieto de Castro) me decía: “Vitorino fue a por vino, rompió el jarro en el camino, pobre jarro, pobre vino, pobre culo de Vitorino” Lo de Torino era la máxima abreviatura que se permitía en aquellos tiempos. Era mi segundo nombre que aprovechaba el ínclito Toribio para decirme. "Torino, Torino que si te orino te pongo verde”... (genial, ¿verdad?... a mí me gustaba menos...)

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