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Mercedes Unzeta Gullón
23/02/2017

Hablemos de Michi (2)

 

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La leyenda de los Panero nace, como todas las leyendas, de un hecho histórico, en este caso, de la aparición de una película muy particular (yo diría familiar): la película del Desencanto. Con el paso del tiempo ese episodio y sus integrantes, como en todas las situaciones en las que se forja una leyenda, son interpretados, imaginados, exagerados y utilizados como fundamento de una determinada cultura.

 

La sociedad actual ha ido sustituyendo a los ‘santos eclesiásticos’ por otros personajes  más cercanos a los que venerar. Parece que está necesitada de unos mitos más actuales, y mucho más familiares, que los dioses sobrenaturales o extraordinarios de los griegos, romanos o cristianos.

 

Las leyendas y los mitos sirven para reafirmar los valores de una sociedad, y estamos en el punto en que esas leyendas y esos mitos se centran en lo que ahora es más importante que nada en esta vida: en los famosos. Ser famoso ya supone ser un ídolo. Y… ¿qué es ser famoso?, pues tan sencillo como salir en los medios de comunicación de una manara insistente diciendo algo o no diciendo nada. Sólo es necesario estar siempre presente.

 

Ha ido creciendo en este mundo nuestro una incomprensible espiral de fans (fanáticos) cuyo interés primordial es seguir las absurdas e intrascendentes actividades de personajes, por lo general absolutamente mediocres, en los múltiples medios de información. Da pena verlo.

 

No es el caso de Michi, en cuanto a mediocridad, pero sí en cuanto a que era un personaje con una lucidez al servicio de una actitud banal en la vida.

 

Michi tenía muchas cosas que decir porque era una persona inteligente y reflexiva, pero decía poco. Como hermano pequeño su personalidad se fue dibujando bajo la brumosa densidad intelectual y personal de su hermano mayor, Juan Luis, al que consideraba un mediocre escritor y poco afectivo hermano; bajo la caótica inteligencia vital e intelectual de su segundo hermano, Leopoldo María, al que consideraba muchísimo por su capacidad intelectual y sus trabajos pero de quien las circunstancias pronto le distanciaron; bajo las levedades del ser de su queridísima madre quien pretendía, con decisión obstinada, posicionarse en un papel intelectual equiparable al de los hombres de su casa, empezando por su consagrado marido, buscando quizás emular (naturalmente a la española) a una Simone de Beauvoir en su relación erudita con Sartre, pero sin tener ninguna altura de pensamiento ni de ilustración; y por último bajo la marca indeleble de la familia, bajo el peso fantasmal de la figura y la obra de su padre, peso que, por otra parte, aplastó a todos los integrantes de la estirpe por igual.

 

En esta atmósfera de competitividad intelectual familiar, Michi, quien era de todos el más equilibrado y muy facultado para escribir, decidió no hacerlo. Confesaba su renuncia a escribir (aunque era lo que más le hubiera gustado) cuando era muy joven por la presión que le suponía la atmósfera intelectual de la familia. Él era el pequeño y sus hermanos ya habían hecho camino en ese ámbito antes de que él pudiera ponerse en marcha.

 

Esta dejación de su máxima inquietud y gran potencial le supuso una íntima frustración vital que le llevó a optar, entonces, por posicionarse personalmente en una actitud superficial como defensa a su vulnerabilidad. Era un hombre lúcido, rápido ingenioso, casi siempre mordaz y muy sensible. Un arma de doble filo que puede servir para vivir del cuento -en una sociedad con innegable apetencia de cuentos- un tiempo, puede que un tiempo largo, pero siempre limitado, por mucho talento que se tenga.

 

Michi tenía en Madrid un grupo de amigos que sostenían su andadura, sobre todo después de la muerte de su madre. La actividad social, donde siempre destacaba por su agudeza, decidió que sería su modus vivendi. De ahí, de esa actividad, salió la idea de la película que, según contaba Michi, se le ocurrió a él en una lúcida noche de ingenio, y rápidamente convenció e ilusionó a su amigo Jaime Chávarri de llevarla a cabo, pero luego fueron con el cuento a Elías Querejeta quien no se interesó para nada en el tema. Entre los dos entusiastas amigos consiguieron llevar al productor a casa de Michi, es decir, a casa de su madre, y Querejeta al conocer a Felicidad detectó un personaje muy particular e interesante, digno de hacer algo con ella. Y ahí empezó todo.

 

El Desencanto ha marcado la vida de Michi y creo sinceramente que ha sido su perdición. Los otros dos hermanos ya tenían iniciado el recorrido en sus vidas, estaban situados en un camino muy marcado cuando se filmó la película, pero Michi estaba buscando su rumbo y el Desencanto le situó en esa particular clase de personaje de leyenda e hizo de él un mito que para nada le favoreció. Se dejó arrastrar por esa especie de oleada de famoseo, que con poco esfuerzo adquieres resultados notorios, y que si no tienes marcada una línea sólida que sortee ese ímpetu, el impulso te arrastra hacia la nada. Y ahí se quedó Michi.

 

Yo entonces cubría periodísticamente las actividades culturales de la capital para un periódico catalán y, naturalmente, me obligaba a asistir a esos actos que solían, y suelen, ser a última hora del día. Siempre encontraba a la estrella Michi rodeado de los personajes más importantes en el mundo de la cultura que me presentaba muy ufano. Era su ocupación: docto activista social.

 

 Pero el personaje que se creó para boquear en la vida le absorbió de tal manera que acabó por inutilizarle.

 

O témpora, o mores

 

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