Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 26/05/2017
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Isabel Llanos
23/02/2017

Yo, mí, me, conmigo

 

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Impaciente. Siempre lo he sido. Esperaba con impaciencia a que mi viejuno  PC se abriera con la lentitud de tripas llenas, de espacio limitado, tan sobrecargado de cosas como mi cabeza, ya que hoy ¡por fin! me pide el cuerpo escribir. Y me bulle por dentro. Y eso, para mí es maravilloso. Yo no soy una persona de escribir con hábito, yo no puedo hacerlo si no lo noto en las entrañas, con necesidad de parto, con ímpetu por salir. Y no soy de partos programados, no señor. Soy más bien de romper aguas cuando menos lo espero, cuando más inoportuno parece ser: cuando no tengo un boli y un papel a mano, y entonces, escribo en mi cabeza, intentando retener las ideas, las sensaciones, las emociones,…para poder plasmarlas luego. A veces lo consigo… pero incluso así, cuando no me subo en el torrente que me arrastra, como cuando alguna vez hice barrancos, entonces ya no me sirve, el agua está calmada y ya sólo puedo chapotear. Es como cuando me preguntan qué mar me gusta más, y no puedo obviar que me atrae irremediablemente la bravura del norte, con esos paisajes escarpados donde el verde y el azul hacen el amor creando piezas únicas. Así que hoy tengo suerte. Noto estas entrañas rebullendo y me pongo a escribir. A escribir de verdad, de la manera que yo siento que es honesta para mí. Y esa es sin dejar que mi cabeza piense y sólo para, sólo escriba [Interrupción. Maldito teléfono. Aprendizaje: apagarlo para próximas veces. Y ahora mismo “modo avión”] 

 

Recuperar el egoísmo por los momentos propios es algo que vuelvo a descubrir hoy. Hace meses que estoy parada. Mi cuerpo, con el que siempre he tenido una extraña relación, ─ o una relación enfermiza, en cuanto a que le culpo de muchas vivencias, al que he castigado en numerosas ocasiones, al que le paso la responsabilidad de algunas circunstancias─, me ha frenado una vez más. Hoy escribía (porque una cosa es que escriba a torrente abierto, como me gusta, como me excita, y otra es que plasme pensamientos en un papel, y eso lo hago a diario, aunque para mí son cuestiones diametralmente opuestas), lo dicho, hoy escribía las veces que en mi vida estaba en un proyecto o un itinerario y mi cuerpo puso el freno. ¿Quién es el sabio? ¿Él por frenar? ¿Yo por enfrentarlo? ¿Yo por someterme? No hace tantos años, va para unos cinco, uno de los numerosos profesores que he tenido la fortuna de encontrar en mi camino, M. Graham Smith , me dijo “escucha a tu cuerpo”. Siempre he pensado que yo no le escuché…pero que mi cuerpo sí, porque desde entonces recuperó un poder que le había negado, y se ha dedicado a tomar el rumbo de mi itinerario vital: cuando yo tenía unos planes o algo programado, iba él y ¡zasca! pues ahora te fastidias porque te duelo, me rompo, me pongo febril o te hago notar que ya no tienes una edad…para ciertas cosas. “Be water, my friend”, vale, que lo pillo, que me deje llevar…aunque no sea mi carácter, que eso de dejarme llevar precisamente lo ‘llevo’ muy mal.

 

Pero como lo de explorar y salirme de los terrenos conocidos siempre me ‘ha puesto’ mucho, lo pruebo, y me someto. Y esta vez, con la muñeca izquierda bien rota, pues miro a ver si lo consigo, eso sí, con algún atisbo de rebeldía, porque es como dejar de fumar, que uno lo intenta, pero mientras, si la situación es demasiado sensual para sucumbir, pues se pega una calada aunque luego no la descuente en el cómputo de días de abstinencia. 

 

Retomo, pues. Recuperar el egoísmo por los momentos propios. ¿Qué son los momentos propios? Para mí son esos momentos en los que decido con egoísta deleite lo que me apetece hacer de manera totalmente hedonista y juguetona. Me hacen sentir muy libre. Muy conectada conmigo misma y con mi esencia. Y hoy elijo tomarme una capsulita de ellos. Hay un sol brillante en un cielo limpio, no hay demasiado ruido de tráfico (mi piso está en una transitada y céntrica calle de la Ciudad Condal), he apagado el móvil y me deleito en este casi silencio. Pienso en este verano. Simplemente, y sin avisar, me desconecté como unos diez días del mundo. Avisé a las personas (pocas) que podrían preocuparse verdaderamente por mi ausencia, es decir, a aquellas que, en caso de que viviese rodeada de gatos avisarían a la policía temerosa de que hubiese muerto y estuviese siendo su alimento antes de que el olor de la putrefacción de mi cuerpo alertase a mis vecinos, y desaparecí…de la vida conectada, porque seguía haciendo mi vida cotidiana, pero mi teléfono no estaba operativo, no subí nada a las redes ni compartía imágenes, ni contestaba al timbre de mi casa ni ningún correo. Solo yo conmigo misma. ¡Madre mía cuando reconecté…qué agobio de mensajes acumulados en todas partes! ¿Somos nuestros o somos de los demás?

 

¡Cómo me gusta estar sola! Y viajar sola es más allá de un placer. Hay personas que nacieron para convivir, y luego estamos los que nacimos con otras pretensiones. Escuchar a mi cuerpo me pone en situación de convivencia conmigo misma, y cuando uno es tan vicioso de la soledad, hasta uno mismo se molesta, se hace intenso. Lo ideal sería una soledad etérea y silenciosa. No sé, quizás esa sea la fórmula de la muerte, pero, la verdad, no tengo prisa por averiguarlo.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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