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Claro García
2/03/2017

Muros

 

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Para Patricia Falcón

                                          

Los muros que edificas son los mismos que habitan en tu interior. Con el tiempo comprendes que la incomprensión y el desinterés que sientes hacia los otros se pueden traducir en un muro de hormigón, de piedra o de alambre de espino. El cemento y el acero son, precisamente, los materiales de los que está construido tu miedo. Un muro, al fin y al cabo, no es más que el monumento que levantamos a nuestra cobardía, a nuestra incapacidad y a nuestra ignorancia.

 

Una de las principales características de los muros es que resulta difícil ver lo que sucede al otro lado, así que terminas por despreciar lo que ignoras, y eso te va haciendo más y más pequeño. A la larga, el muro se adueña de ti. Manda en tu vida. Te levantas y miras el muro. Vuelves a mirarlo antes de acostarte. El muro es tu obra. Te posee. Te limita. El muro eres tú. Nadie puede entrar, pero tampoco puedes salir.

 

Los muros son organismos vivos que se alimentan de arrogancia, indiferencia y desconfianza. Como las gotas de lluvia que resbalan por los cristales, los muros del mundo se buscan unos a otros para unirse y hacerse más fuertes. Y lo consiguen. Alimentados por la ignorancia y regados siempre por sangre fresca, los muros florecen en condiciones adversas: crecen en bosques, ciudades, mares y desiertos. Con intención de dominar la Tierra, se dan la mano unos a otros para extenderse y prolongarse. Puedes saber dónde comienza un muro, pero jamás dónde termina. Los muros tienden a infinito, como la estupidez del que los construye.

 

Si te fijas, los muros terminan por tener siempre la cara del que los edifica. Hay muros con bigote corto y muros con bigote extendido; muros con cejas pobladas, muros con ojos achinados y muros sin cara de nada. También verás muros con aspecto de viejo abrigo militar, muros color guayabera y muros con gorra de plato.

 

Sean del Este o del Oeste, del Norte o del Sur, los muros son seres tan solitarios como quienes los han construido. Conozco muros que se han arrepentido de serlo. Muros que lloran a solas por la noche porque ni siquiera creen en sí mismos. Los más peligrosos, los verdaderamente temibles, son los que no se ven porque están hechos de palabras, silencios, humillaciones e insultos. Los ladrillos invisibles de estos muros asesinos que crecen en nuestro interior están unidos por el poderoso cemento del hambre, la religión, el color y el miedo.

 

Por grandes que sean, los muros son ignorantes y torpes. Los más sabios aprendieron hace tiempo que alguien, algún día, escribiría sobre ellos palabras eternas. Las mismas que tenemos en la cabeza. Ningún muro sobrevive a los que salen a la calle para decir que no quieren muros. Ningún muro sobrevive a los niños que juegan al balón contra él.

 

 

 

 

 

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