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Mercedes Unzeta Gullón
2/03/2017

Estrategia femenina

 

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Hay mujeres tontas y otras que se hacen las tontas, como hay hombres tontos y otros que han aprendido a hacerse los tontos.

 

El hacerse la tonta es una estrategia sagaz que históricamente ha utilizado la mujer  para sobrevivir dignamente. Se trata de una maña avispada para conseguir, sutilmente, unos fines precisos sin apenas esfuerzo. Esta habilidad supedita, naturalmente, la vanidad a la finalidad, por eso a los hombres les ha costado más adoptarla, porque tendrían que renunciar a su más preciada expresión. Aunque, últimamente,  han visto que sacrificando esa virtud de fantasía, que les mantiene tan erguidos, podían conseguir  infinitamente mejores resultados en sus metas.

 

Como ilustración: yo soy mujer, se me pincha una rueda del coche. Sé que para cambiarla tengo que sacar el gato del maletero, levantar el coche con él, aflojar las tuercas, sacar la rueda pinchada y poner la de repuesto. El funcionamiento es claro. Pero no me apetece nada mancharme las manos y ponerme a hacer todos esos trajines, así que pongo cara de compungida y espero a que un varonil hombre, con su animosa gallardía, se apiade de mi desvalida situación, se pare y con mucha diligencia me cambie la rueda. En poco tiempo aparecerá un hombre arrojado que afrontará la situación con desenvoltura. Finalmente, él se quedará satisfechísimo de haber demostrado su firme energía y haber podido sacar del apuro a una mujer desamparada y yo, mujer, me quedaré encantadísima de tener resuelto mi problema sin esfuerzo ninguno. ¿Eso es ser tonta o ser lista? Eso es ser listísima.

 

Este ejemplo es un poco de antes porque ahora llamas al seguro y te cambia la rueda, pero ilustra estupendamente la teoría que expongo.

 

También hemos utilizado mucho nuestra faceta de tontas con la Guardia Civil cuando  nos pillaban en una infracción y trataban de ponernos una multa. Ahí uníamos tontería con seducción. Antiguamente funcionaba bastante para librarnos de la multa, ahora es más difícil que cuele.

 

Nuestros maridos y nuestros hijos son hoy nuestras víctimas más cercanas. Que el ordenador me funcione es básico, pero el saber cómo llegar a que todo funcione no me interesa. Me hago la tonta para que mis hijos me resuelvan. Lo mismo con los teléfonos y sus múltiples aplicaciones.

 

Estos son simples ejemplos ilustrativos pero es aplicable a otros muchos ámbitos. No es que no tengamos ‘capacidad de’ es que no tenemos ‘necesidad de’. Punto.

 

Antropológicamente hablando la mujer comparada con el hombre es más incisiva, más rápida, mucho más inteligente en el universo emocional, más perspicaz.

 

Así, si el hombre utiliza su fuerza la mujer su instinto. Si el hombre necesita demostrar, exhibir,  ostentar, la mujer camuflar, disfrazar, disimular. Es pura genética.

 

Esperanza Aguirre es una perfecta muestra de mujer que se hace la tonta, pero los fines de esta actitud no son tan inocentes como los anteriores porque los beneficios es a costa de los contribuyentes. Esta mujer, con cargo público, alardea de ser una head hunter, es decir cazatalentos, pero sus hombres de confianza, que ella ha elegido, han mangoneado y se han enriquecido a costa de su puesto, es decir, ha tenido muchos chorizos a su cargo, pero ella nunca sabe nada. Ella que exhibe su inteligencia y audacia personal y política no tiene pudor en hacerse la tonta. En este caso su utilización  endémica deriva en un abuso total de sus responsabilidades.

 

Los hombres han visto que da muy buen resultado eso de “no sé, no sabía” y han empezado a utilizarlo a destajo. Podemos oírlo a la panda de las tarjetas black, al insigne Urdangarin y a todos  estos mangantes de las distintas variedades de tramas. Los hombres han visto el buen resultado que da esta estrategia y la han adoptado sin recato. Han copiado nuestra arma más clandestina.

 

Dicho esto, podemos admitir que hacerse la tonta o el tonto tiene doble juego. El primero y más antiguo, como táctica tradicional (podríamos afirmar genética), inofensiva, poco presuntuosa y muy audaz de la mujer para salir airosa en sus objetivos, a la que se le debería rendir todos los honores de estrategia. El segundo, muy actual, como actitud cobarde, desesperadamente cobarde para salvar el pellejo y eludir responsabilidades (como todos estos que no quieren admitir sus fechorías).

 

En el hecho de ser tonta, o tonto, el peso de la responsabilidad cae sobre el actor o sujeto agente. No se puede remediar, el que es tonto es tonto y no hay vuelta de hoja.

 

Sin embargo en el hecho de hacerse la tonta, o el tonto, la responsabilidad pasa al espectador o sujeto paciente, que es quien tiene que asumir o admitir esa postura.  De estos cada vez hay más en la versión farsante, y, desde luego, a nadie nos gusta que nos tomen por tontos.

 

Evidentemente hablo de mujeres de mi generación. Hoy las mujeres jóvenes van muy por delante de estrategias.

 

O témpora, o mores

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