Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 28/03/2017
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Arnaut Daniel
4/03/2017

Maragatos por carnestolendas

El maragato es un personaje fabuloso, suena más allá de la realidad, tal vez forme parte del inconsciente colectivo de las culturas del noroeste de España, habiendo sido incluso exportado como héroe al imaginario de la Patagonia argentina. No es extraño que en estas salvas de deseos que es el carnaval el maragato emerja acá y acullá como una figura arquetípica adaptable a multiplicidad de usos y necesidades.
Este Domingo de Piñata tenemos la suerte de contemplar en Astorga las figuraciones del maragato y de la maragata que hacen por carnestolendas en la Alberca salmantina, es por ello que aprovechamos para enumerar otros posibles usos de esta 'navaja multiusos cultural' que es la figura o el figurín del maragato.

 

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La figura del maragato abunda en las mascaradas carnavalescas del noroeste de la península, pero también está presente en los carnavales uruguayos, es el caso de la ciudad de San José de Mayo que celebra el Carnaval Maragato, y no sabemos muy bien por qué, pues de las 52 familias colonizadoras que llegaron a las costas del arroyo de San José tan solo la de Benito Pérez era astorgana. Tampoco falta un tango; ’Siga el corso’, con letra de Francisco García Jiménez, que llegó a ser cantado por Carlos Gardel; dice así la estrofa del enamorado que atisba en los ojitos de una enmascarada el reverbero de su primer amor: 

 

“Y entre grito y risa,
linda maragata 
jura que la mata
la pasión por mí;
tras de los chuscos carteles
cruzan los fieles
del dios jocundo
y le van prendiendo al mundo
sus cascabeles el carnaval.”

 

No solo en el noroeste de la península Ibérica se pasea la figura del maragato y de la maragata. En los carnavales albercanos cuenta José Luis Puerto, en un artículo para la revista Folklore: “Los maragatos: Salen el Martes de Carnaval por la tarde. Y son parejas de novios montados en una caballería ('en un caballo majo'), que recorren las principales calles del pueblo para terminar en la plaza, principal espacio de celebración carnavalesca. La moza va vestida con dagalejo o con saya colorá y lleva en una mano una bolsa llena de caramelos. El mozo va vestido con el traje tradicional de serrano. Ambos van enmascarados, con un armante de alambre al que tapa la máscara de cartón que en él se sostiene, o con un pañuelo que les cubre la cara. El va montado en la caballería delante y lleva una bota de vino, con la que va convidando a aquellos con los que se encuentran. Ella va detrás y va tirando caramelos a la rebatina y va dando cigarros que también lleva. Delante del mozo, cerca ya del pescuezo, ponen a la caballería una manta-carga (un tapabocas con flecos a los dos lados y de listas colorás). Con las máscaras o pañuelos que llevan no se sabe quiénes son.”


Sobre la figura del Maragato en los carnavales gallegos, las fuentes más ilustrativas las proporciona Julio Caro Baroja en su libro El Carnaval.


Citando a Constantino Cabal, dice Caro Baroja que en Quirós aparecían en el cortejo de los aguinalderos (guirrios) entre otros personajes el ‘Maragato’, que apartaba con la fusta a los chicos. "Es un 'tocapelotas', un truhán malfamado al que la sociedad rural a duras penas incorpora como propio."

 

 

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Otro carnaval donde aparece la figura del maragato es en las mascaradas de Cotobade (Pontevedra).Lo más característico de este carnaval son las ‘foliadas’ o ‘momadas’ que van de parroquia en parroquia. En ellas participan tanto hombres como mujeres y hay máscaras de ambos sexos: Entre las máscaras masculinas se encuentran los ‘lanceros’, los ’madamitos’, los ‘vellos’, los ‘maragatos’, además de las de los oficios: ‘zapateros’, ‘barberos’, ‘limpiabotas y guardias’. Los maragatos de esta mascarada, “son máscaras grotescas que por lo general se visten con un viejo traje de soldado y una máscara fea, y a los que se grita:


Maragato pato, / rabo de la concha, / cuando el gallo canta, / maragato rincha.”


Añade Julio Caro Baroja un poco más adelante que en esta procesión los ‘maragatos’ persiguen a las mujeres, abrazando a todas las que se encuentran y restregándoles la cara con una piel de conejo. También suelen sujetar a algún mozo y llevárselo con ellos, dándole de vez en cuando algunos coscorrones.”


A excepción de los maragatos albercanos, todos los demás son figuras agresivas y oscuras, como del lado del mal, aunque sea un mal domesticado y asumido, es en la fiesta donde se expresa sin repulgos y queda marcado.

 

En la Mascarada de Viana del Bollo (Orense), cuenta Nicolás Tenorio en ‘La aldea gallega…’; citado por Julio Caro Baroja en su obra ‘El carnaval’, que el ‘Domingo gordo’ o ‘corredoiro’ las mujeres escondían los manjares de cocina, pues los  mozos del pueblo procuraban escamoteárselos. Con lo que les hurtaran, harían una merendola y luego celebraban la mascarada llamada de ‘la mula y el maragato’, en la plaza de la aldea:

 

“Debajo de una manta de caballo se colocan dos hombres; el delantero lleva la cabeza de la mula, hecha de pajas o cartón, con cabeza y ramal; el de atrás va agarrado a la chaqueta de su compañero, y ambos, agarrados, forman el cuerpo del animal, llevando puestas botas de montar o polainas para que figuren mejor las patas de la mula.. El maragato conduce el animal, y su traje va de acuerdo con el nombre, siendo tradicional la careta que lleva este, que es de madera pintada con grandes ojos, mayor boca y adornada la frente con una figura de serpiente, careta que se guarda durante el año entre los vecinos para usarla en estos días. La mula y el maragato se presentan en la plaza o sitio principal de la aldea, después de la comida, seguidos de una turba de rapaces, quien con la cara tiznada, quienes con la cintura llena de cencerros y las chaquetas vueltas del revés, y como es considerada como un animal verdadero hace lo que estos, dar coces a todos los que encuentra a su alcance. Según el testimonio de los más viejos, la mula y el maragato siempre hicieron las mismas cosas: llevar a la taberna, para que paguen una convidada, a los que montan en ella; si tropiezan con algún señor montado en la mula, conduciéndolo así al casino para que de propina, y que la mula se ponga enferma, lo cual conoce el maragato porque se tira al suelo y no quiere andar. Entonces aparece un albéitar improvisado, que la reconoce y como medicina saca de la taberna a la calle un gran ‘cunco’ de madera; el maragato corta en pedazos uno o dos panes de trigo, los echa dentro del ‘cunco’, los rocía con azúcar, vierte en el cacharro unos cuartillos de vino, lo remueve todo con la mano y lo da de comer a los que forman la mula. Con esta medicina sana el animal, lo lleva a herrar, se le escapa y corre, dando coces a diestro y siniestro, y en estas operaciones pasan oda la tarde, hasta que llega la noche y seguidos de una turba de rapaces se marchan para la casa.” 

 

 

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No siempre el maragato es un personaje oscuro y agresivo, sino que puede venir como ángel albriciador de la felicidad, en forma de rosquilla para un niño. Este es el maragato que recuerda Felipe Lorenzo del Río, de Aliste, aunque esa rosquilla fuera la última y tal vez por ello la más sabrosa hasta pasados los cuarenta días de la cuaresma.

 

 

Bibliografía: Julio Caro Baroja; El carnaval. Taurus 1965
José Luis Puerto. Los carnavales albercanos. Revista de Folklore nº 40
Agradecimientos a Julián León Velasco por sus archivos y fotografías.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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