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Antonio Victorino Fuertes
5/03/2017

Astorga, años 30 (3)

Publicamos hoy la tercera de las seis entregas de las memorias de infancia en Astorga de Antonio Victorino Fuertes, nacido en 1932, con las que seguimos dibujando la Astorga de los años 30 a través de los escritos que sus hijos rescataron como homenaje tras su muerte y que Antonio no llegó a concluir ni a hacer públicas.

 

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Había un chico que venía los inviernos de Argentina a pasar sus vacaciones en Astorga; puede que fuera pariente de la familia de la Mercería El Cielo. Aquel muchacho 'disfrutaba' dos inviernos al año. En cierta ocasión, jugando con otros chicos, le rompieron el abrigo y camino a casa explicaba: “Vengo de jugar con los pibes, me han roto el saco y ahora voy al negosio.”


No he dicho que en la acera de la quesería estaba la pescadería La Coruñesa, antes de llegar al Cine Velasco, de la familia Gómez (procedentes de Vega de Magaz).. Un descendiente, Emilio Pedro, astorgano, lo tenemos en Zaragoza, donde ha publicado varios libros, incluso premiados, en los cuales lo poético prima y, aunque lo niega, una muda nostalgia se deja sentir en sus escritos.

 

En esta misma calle se situaba la Barbería que no recuerdo otra cosa que la Bacía colgada fuera, sobre la puerta de entrada, como anuncio que el cierzo agitaba acompañando su metálico sonido..Para entrar había que subir al menos un escalón. Afeitaba a mi abuelo y me cortaba el pelo a mí y hasta puede que le hiciera la tonsura a mi tío Amando, sacerdote en Rectivía.

 

Al finalizar la calle, en el cruce con Manuel Gullón, había otro sastre que al menos tenía dos hijos de cuyos nombres no me acuerdo; él se llamaba Valentín. Uno de los chicos sería de parecida edad a la mía.

 

Geográficamente más o menos era el entorno donde me movía, al menos siendo pequeñajo. Teniendo tres años tenía un hermano, que entonces le llamábamos 'Lelis', de Aurelio y los cuatro juntos, padre, madre y los dos críos, en el buen tiempo cenábamos temprano para salir luego a pasear por el Jardín, yo andando, claro, y mi hermano en la silla de ruedas.

 

De regreso, supongo que a las doce de la noche, íbamos a la Plaza Mayor, donde los serenos alineados frente al Ayuntamiento cantaban cuando los dos maragatos finalizaban los seis mazazos a la campana, correspondientes a cada uno. Partía cada sereno a la zona de su competencia, chuzo en mano, un aro cargado de llaves, gorra y guardapolvo gris. Recuerdo alguna vez desde la cama oir “las cuatro en punto y sereno” ó “lloviendo” y, en cierta ocasión que tenía mucha fiebre (puede que con la escarlatina o sarampión, pues tenía en la habitación casi a oscuras una miserable luz roja encendida permanentemente) a las tantas de la noche sentí a mi madre llamar al sereno : “Sereno, por favor, avise a D. Miguel que tengo al niño muy malín” D. Miguel, el médico que vivía junto a la plaza de San Julián, cerca de la funeraria de 'Pepe el fúnebre'.

 

 

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Ese día, aún hoy, lo tengo clavado en la cabeza en recuerdo permanente. Resultará cómico, pueril y desde luego increíble; pero ese día fue cuando 'le vi' paseando de un lado al otro sobre el armario de luna frente a mi cama, con las manos a la espalda, por piernas las patas de cabra, arrastrando rabo incluido y un 'je, je', con una especie de mueca por sonrisa cuando me miraba maliciosamente, como no podía ser menos... Tan pequeño era que tenía que dar media docena de pasos para recorrer tan reducido trecho. Nunca me hicieron caso cuando lo conté. La fiebre hace ver visiones, repetían. Pasados los años, estoy convencido de que aquella aparición era el Asmodeo, demonio travieso para unos, ese que te cambia las cosas de sitio en la casa y que te marea con esos cambios. Para otros es uno de los demonios más crueles. Curiosamente, tan niño no le tuve ningún temor. ¡Qué se jeringue! Ya de mayor dudé que a un canijo así pudiera castigarlo Dios trabajando en las obras del Templo de Salomón.

 

Los serenos prestaban muchos servicios aparte de la protección de viviendas y negocios; abrían las puertas, te llamaban a la hora de tomar el tren y, de vez en cuando, podían darte la hora y la situación meteorológica. En Navidades te felicitaban las Pascuas, en cuyas tarjetas podía haber expresiones rimadas de su puntual servicio cotidiano... y solían recibir el correspondiente aguinaldo. Había una canción que no se si hacía referencia a estos vigilantes nocturnos: “por la carretera sube ¿Quién sube? ¿Quién sube? Facundo con el farol…”, continuaba, claro, pero no sé como.

 

Debió suceder algún hecho extraordinario por aquellos tiempos con respecto a la aviación y al ferrocarril, pues recuerdo otra canción que decía más o menos: “El tren que corría – por la ancha vía – que pronto se fue a estrellar- contra un aeroplano – que andaba en el llano –volando sin descansar. Todo esto sucedía – sin saber cómo ni cuándo – y la máquina seguía – pita, pita caminando.” Otros cambiaban el final por “siempre castañas asando”. No me cabe la menor duda que debían referirse a Riancho, con su máquina de funcionamiento invernal de varias bandejas escalonadas. La de abajo era donde se asaban y el resto donde permanecían calentitas, para servir de inmediato. Podías acudir por una perrona de castañas para sus dos fines obligados: calentarte las heladas manos y disfrutar del sabroso producto berciano o gallego, por otra parte generador de los gases correspondientes. Había muchas casas que disponían de tambor giratorio para los magostos caseros a los que se acompañaba con vino.

 

Recuerdo de una señora que había venido del Puente Domingo Flórez, de donde procedía mi abuela Higinia, a visitarla y habiéndole servido unas castañas simplemente, con la sorna correspondiente le dijo “¡Ay, Higinia!, las castañas con vino te están muy buenas”. Seguro que a mi abuela le faltó tiempo para traer una jarra de las de Jiménez de Jamuz con el correspondiente morapio.

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Estas visitas eran frecuentes, cuya parentela solía ser portadora del aguardiente de su tierra, más conocido por 'cuturrús', que se reservaba en las casas para los dolores de barriga y de muelas, por lo que había quien estas dolencias las padecía con menos dolor del requerido por la 'crónica enfermedad'. Sí que este licor, producto de la destilación del hollejo de la uva, tenía,( y tiene) una gran aceptación con las queimadas, sus ritos y conjuros. Algo que siempre me intrigaba, el ver a los fumadores humedecer en las reducidas copas con el ardiente licor, la faria que fumaba por la parte que sostenía con los dientes. Tres compañeros inseparables, el café, la faria y el aguardiente; éste, con tantos nombres como uno quiera discurrir: Lanzallamas, agua de fuego, orujo o Aguardiente, Eau de Vie (tengo un envase petaca que lo puede confirmar).

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