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Mercedes Unzeta Gullón
16/03/2017

Hablemos de Michi (3)

 

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Hablo de Michi Panero porque últimamente se ha lanzado al vuelo mucha información sobre él por personas que apenas le conocían, haciendo uso de su imaginería. Hablo de Michi por salir al paso de las palabras fantaseadas de los aparecidos ilusionistas. Fantasmas buscando oportunidades.

 

Michi ha vivido una gran soledad no sólo en sus últimos años de Astorga sino durante toda su vida.

 

Si, era un hombre en soledad pero no solitario. Había llegado a ser rico en amistades pero nunca acabó de encontrar su íntimo lugar.

 

En la familia era el pequeño, el de menos peso para sus mayores. Cuando pudo escoger su camino renunció a seguir su impulso vital haciendo dejación de su capacidad intelectual abrumado por la intensa actividad de sus hermanos. El mundo frívolo que escogió para interpretarse, como alternativa, no le satisfacía ni le llenaba pero le mantenía en un nivel de audacia mental. Su primer matrimonio fue una farsa, su segundo una equivocación. El proyecto de la Casa Panero era el único impulso verdadero en su vida que le iba a dar sosiego a su espíritu.

 

Llegó a Astorga con grandes esperanzas y verdaderas ilusiones, y alquiló un pisito en una calle céntrica. Dos habitaciones un saloncito, cocina y cuarto de baño. Lo justo.

 

La familia había desaparecido. Más allá de los dos hermanos, que era como nada, había vacío.

 

Su hermano más afín, Leopoldo María, perdió muy pronto lo que podría llamarse la sensatez, por lo que Michi perdió muy pronto la conexión fraternal con este hermano cercano y admirado. Leopoldo María llevaba ya tiempo recluido en Canarias pero de vez en cuando se escapaba de la cautividad de aquella isla para presentarse en Madrid. Michi, con gran esfuerzo, debido a su poco saludable estado físico, tenía que hacerse cargo de él y de reintegrarle a su rincón canario. Le resultaba penoso física y mentalmente.

 

Juan Luis nunca fue un hermano cercano, pero es natural, casi no convivió con sus hermanos porque vivió con los abuelos maternos gran parte de su adolescencia y juventud. Era una persona presuntuosa y fantasma. Cuando se murió el padre él tomó las riendas de la familia ocupando el puesto vacante al lado de su madre, parece que de una manera un tanto arbitraria. Michi se lamentaba de que vendió la biblioteca de su padre en Latinoamérica. También me contó con desconsuelo, cuando todavía estábamos maquinando en Madrid nuestra vuelta a Astorga, que el día que le detectaron el cáncer de paladar, asustado, llamó a Juan Luis como único familiar cercano en el que podía desahogar su angustia y su hermano mayor, Juan Luis, le colgó el teléfono sin más, sin una palabra balsámica. No le importó lo más mínimo. No había afecto familiar en su espíritu.

 

Michi tenía buenos amigos. Él se quejaba de que sus amigos madrileños no venían a verle, que le habían abandonado, y así se sentía, abandonado. En su inactividad astorgana añoraba enormemente a sus amigos. Es verdad, no venían a verle. Les tenía agotados a todos. De todas formas yo trataba de hacerle ver que no se podía quejar de amigos puesto que estos desalmados amigos que le tenían tan desatendido, como él se quejaba, habían establecido un sistema de turnos para pagarle el piso astorgano. Eso era algo extraordinario y de una lealtad muy a considerar. Ojalá todos tuviéramos amigos que en una necesidad nos pagaran el piso, le indicaba con pleno convencimiento y con persuasión para tratar de neutralizar su sentimiento de rencor. Una buena amiga, I.O., fue la última y la que alargó su turno de pago hasta el final.

 

En Astorga tenía a Angelines. La chica que había servido en casa de sus padres en Madrid, cuando eran pequeños, y que en uno de los veranos de la familia en Castrillo de las Piedras se enamoró de un chico del pueblo vecino y acabó casándose con él y viviendo en Astorga. Esta señora, cariñosa y servicial, le cuidaba con amor y le hacía la casa y la comida, los sustanciosos y variados purés que era lo único que podía comer por su deterioro del paladar y dientes. Michi le tenía mucho afecto y apego pues la conocía desde la infancia y la consideraba como de la familia. Se sentía muy arropado por ella, con ese sentimiento evocador de calor familiar de infancia.

 

La otra persona en la que se apoyaba era en mí. Pero mi momento estaba lleno de actividades y de estrés por estar poniendo en marcha un negocio que no dominaba. Su inactividad tropezaba con mi tremenda actividad. Quería venir a vivir conmigo, no le gustaba vivir solo, pero en ese momento, y muy a mi pesar, yo no podía ocuparme las veinticuatro horas de él. Le traía a comer a casa, luego el reposo, tumbados hablando, y, al caer la tarde le llevaba a su casa.

 

Consideramos la idea del ingreso en una residencia y decidimos ir a ver si nos gustaba una, bueno, si le gustaba sobre todo a él, pero lo que menos nos pareció fue cálida y agradable. Salimos espantados.

 

Mientras tratábamos de organizar la infraestructura vital sus expectativas funcionales en Astorga se iban desvaneciendo en el tiempo.

 

El video llenaba sus soledades.

 

O témpora, o mores

 

 

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